Nueve de la noche de un viernes de junio cualquiera. Está uno en sus cosas, facebookeando, tomando notas, saboreando una copa bien merecida mientras entra por la ventana una brisa cristalina, dulce como un manojo de alfileres refrescantes, en un estado de perfecta soledad, mientras abajo en la cala el suave oleaje hace bailar las luces de posición de los barcos desde los que llegan voces de borrachos hartos de sardinas tirándose al mar nocturno asperjado por la luz de la luna, y suena el teléfono. Es un editor de Madrid del que no daré el nombre: regenta una casa bien conocida, a nivel nacional e incluso hispanoamericano, que ha publicado un buen catálogo de literatura contemporánea y clásica que no tiene nada que envidiarle a nadie. Es un editor de los que se arriesgaban, más preocupado por la calidad de la obra literaria en sí que por el balance de ventas, algo heroico en estos tiempos de mercachifles del best seller infumable en los que sin embargo es un jodido milagro que alguien aparte de Belén Esteban lea libros. Y me dice el buen señor que está interesado en publicar un libro de cuentos mío titulado La cárcel de la noche, relato que por cierto el buen lector puede encontrar por capítulos entre el batiburrillo de posts que uno tiene publicado en Libro de Arena o en Luces Clandestinas. Una leve euforia, un pequeño chispazo, nada en especial. Ha sonado por fin la flauta, me digo; la voz del editor es pausada, su discurso amable; cuando un editor te llama por teléfono a las nueve de la noche, es que se toma en serio su trabajo, y no se le puede adjudicar la etiqueta de mercader-oficinista con horario de 10 a 6 (o ni eso) que suele ser la regla general en este país de Ferias de Sevilla, Rocíos sin blanca paloma, puentes como acueductos y días del Escritor (¿?) y demás zarandajas.
Y de pronto me suelta que por el módico precio de 4850 euros puede enviarme 400 ejemplares de mi obra –sobre una tirada de 2000- para que yo, personalmente, me encargue de distribuirla y venderla, 4850 euros de nada, total, el sueldo de un mes, calderilla, lo que yo me gasto en tabaco de pipa cada vez que voy al estanco de la calle 56 esquina Quinta Avenida de Mahón, que es una megalópolis fascinante a orillas del puerto natural más grande del Mediterráneo. Y me digo: vamos a ver, ni soy puta ni tengo más cama que la mía. ¿Desde cuando un escritor tiene que hacerle el trabajo al editor que encima se va a llevar la parte del león a la hora de hacer números? No se trata de una editorial de las que han florecido como setas en los últimos años, que primero te piden el fajo y luego te publican lo que te sale de los cojones (así están las librerías, rebosantes de mierda como una alcantarilla atorada; cualquiera es escritor hoy en día, sabiendo redactar gilipolleces), o que te hacen vender durante la presentación del libro un mínimo de cien ejemplares después de no haber hecho ni el huevo a la hora de darle publicidad al libro –ediciones Atlantis, sin ir más lejos; claro que al final acabé estafando a los estafadores, que por cierto están en el Rai-. Se trata de una editorial de prestigio, como ya he apuntado, de las que años ha decían sí o no, y punto pelota, y que al menos ha tenido la gentileza de perder unas cuantas horas en leer algo que yo he pergeñado a mi manera, artesanal, descuidada, inconstante, y sobre todo, con los cojones en la mesa, porque no sé escribir de otro modo. Y después de una charla sosegada con este buen hombre, después de explicarle la absoluta imposibilidad de llevar a efecto lo que me propone, salvo que se conforme con descontar semejante pastizara de las ventas de la primera edición, o que me mande algo que quiera traducir –lo cual me deja con dos trabajos, y ya está bien- para hacérselo a cambio de lo otro, cuelgo el teléfono, me sirvo una copa, enchufo a Mozart y me quedo rumiando dudas. Es como si Planeta te dijera: OK, danos 300.000 euros en metálico y el próximo Premio es tuyo. ¿Hasta dónde ha llegado esta puta crisis, que hasta editores serios y de probada solvencia –son muchos años editando clásicos contemporáneos- te piden financiación antes de arriesgarse? ¿Dónde están monstruos como Mario Muchnik y compañía, a los que les importaba un cojón de pato el índice de ventas? Y leo cosas sobre ese esperanzador 15 M, y 19 J, y veo imágenes de gente muy cabreada tomando calles y plazas, y noto un hormigueo en esta sangre jacobina y ácrata, y me congratulo de no andar por las calles de Madrid aunque apoye con todas mis fuerzas a este movimiento social sin precedentes. Más que nada, porque acabaría metiéndole fuego a todas editoriales después de gastarme 4850 euros en whisky, putas y marisco, para después exiliarme al lejano norte celta y traducir mis sobras completas al gaélico. Conozco una imprenta en Galway que tiene muy buenas ofertas. Y la regenta una pelirroja que está más rica que el copón.
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lunes, 20 de junio de 2011
sábado, 18 de junio de 2011
FIESTA DE CADÁVERES
...este cautiverio vegetal de la sangre.
EZRA POUND
Ahora lo veo claro, mientras te vas hundiendo en el asfalto y la máquina ciega del absurdo te toma medidas de tuerca a acoplar, sin más: tu horizonte, el horizonte, se te aproxima, y no es exactamente lo que acaso habías imaginado; siento que tu sangre se congela noche a noche, copa tras copa, mientras voy nimbándome de luz a golpe de lágrima, como un ángel oligofrénico, previo trago de hiel; mientras entregas tu cuerpo -y quién sabe si también parte de tu alma, y jódanse por siempre los putos teóricos babosometafísicos- a manos, a labios que no te aman, y yo, al otro lado del espejo, eyaculo gruñendo en coños que detesto, y doy consuelos, y entrelazo mis dedos con dedos condenados al olvido ya de antemano, y me mojo con tus lágrimas inconfesables, las que no podré olvidar nunca, las que nunca he visto, tus lágrimas de soledad y miedo y asco y odio -sien pensar en mi asco, en mi odio, en mi soledad, en mi miedo-.
Y siento el absurdo en toda su magnitud, tus amaneceres con desgana; puedo tocar y toco, con dedos de viento, tus párpados cansados, rozar -qué dolor- tus rizos húmedos a la luz primera que viene cada día a revelarte el inframundo donde vives; besar tu piel encendida, aspirar el olor a sueño y sábanas que aún se demora en tu piel mientras te encaminas hacia dónde, hacia qué rutina enloquecedora, hacia que frutos a largo plazo, en ese lugar donde el rocío, cada mañana, es una torva miríada de lágrimas de alquitrán, de sangre, de gasolina, de babas, donde los árboles crecen de uniforme gris, donde la vida muestra sus rostros más despiadados -qué sentido tiene allí la palabra piedad-, donde fanatismos y papanatismos tienen sus templos, sus cátedras, sus museos, sus parlamentos, y hasta su copón bendito repujado en oro -oro templado en sudor, en sangre anónima, en saliva, en lágrimas que jamás lograrán borrar la tinta de las estadísticas-; ese lugar donde, simplemente, la humanidad no cotiza en bolsa y donde puedes morir en cualquier momento porque lo exige el guión -todos somos figurantes- sin que a nadie importe más de unas lágrimas, más de diez pañuelos, previo ataúd, previa oración por tu alma. "Era tan joven", dirán luego algunos.
Cómo acallar el miedo, cómo atemperar la cólera, cómo amortiguar mis cabezazos contra todos los espejos.
Nadie está exento de tanta estupidez, del tic tac del reloj -qué aparato tan inocente, me cago en Dios- que constantemente nos recuerda qué constantemente nos recuerdan los imbéciles de turno que la batalla por esquivarlos del todo, absolutamente y para siempre está perdida, que mañana he de salir a la calle a seguir en esta fiesta de cadáveres -también hay para mí la posibilidad de una navaja, de una rueda de camioón, de una bala perdida, de un largo etcétera (a lo mejor acabo en el despacho de un Ministerio), a buscar una excusa, la excusa de turno, la justificación de por qué sigo aquí. Y eso que los que no paran de ladrar con impecable correción política y de lamer las botas de sus amos todavía no me han encerrado en una de sus perreras-modelo.
Pero todo llegará.
Como la puta Semana Santa.
EZRA POUND
Ahora lo veo claro, mientras te vas hundiendo en el asfalto y la máquina ciega del absurdo te toma medidas de tuerca a acoplar, sin más: tu horizonte, el horizonte, se te aproxima, y no es exactamente lo que acaso habías imaginado; siento que tu sangre se congela noche a noche, copa tras copa, mientras voy nimbándome de luz a golpe de lágrima, como un ángel oligofrénico, previo trago de hiel; mientras entregas tu cuerpo -y quién sabe si también parte de tu alma, y jódanse por siempre los putos teóricos babosometafísicos- a manos, a labios que no te aman, y yo, al otro lado del espejo, eyaculo gruñendo en coños que detesto, y doy consuelos, y entrelazo mis dedos con dedos condenados al olvido ya de antemano, y me mojo con tus lágrimas inconfesables, las que no podré olvidar nunca, las que nunca he visto, tus lágrimas de soledad y miedo y asco y odio -sien pensar en mi asco, en mi odio, en mi soledad, en mi miedo-.
Y siento el absurdo en toda su magnitud, tus amaneceres con desgana; puedo tocar y toco, con dedos de viento, tus párpados cansados, rozar -qué dolor- tus rizos húmedos a la luz primera que viene cada día a revelarte el inframundo donde vives; besar tu piel encendida, aspirar el olor a sueño y sábanas que aún se demora en tu piel mientras te encaminas hacia dónde, hacia qué rutina enloquecedora, hacia que frutos a largo plazo, en ese lugar donde el rocío, cada mañana, es una torva miríada de lágrimas de alquitrán, de sangre, de gasolina, de babas, donde los árboles crecen de uniforme gris, donde la vida muestra sus rostros más despiadados -qué sentido tiene allí la palabra piedad-, donde fanatismos y papanatismos tienen sus templos, sus cátedras, sus museos, sus parlamentos, y hasta su copón bendito repujado en oro -oro templado en sudor, en sangre anónima, en saliva, en lágrimas que jamás lograrán borrar la tinta de las estadísticas-; ese lugar donde, simplemente, la humanidad no cotiza en bolsa y donde puedes morir en cualquier momento porque lo exige el guión -todos somos figurantes- sin que a nadie importe más de unas lágrimas, más de diez pañuelos, previo ataúd, previa oración por tu alma. "Era tan joven", dirán luego algunos.
Cómo acallar el miedo, cómo atemperar la cólera, cómo amortiguar mis cabezazos contra todos los espejos.
Nadie está exento de tanta estupidez, del tic tac del reloj -qué aparato tan inocente, me cago en Dios- que constantemente nos recuerda qué constantemente nos recuerdan los imbéciles de turno que la batalla por esquivarlos del todo, absolutamente y para siempre está perdida, que mañana he de salir a la calle a seguir en esta fiesta de cadáveres -también hay para mí la posibilidad de una navaja, de una rueda de camioón, de una bala perdida, de un largo etcétera (a lo mejor acabo en el despacho de un Ministerio), a buscar una excusa, la excusa de turno, la justificación de por qué sigo aquí. Y eso que los que no paran de ladrar con impecable correción política y de lamer las botas de sus amos todavía no me han encerrado en una de sus perreras-modelo.
Pero todo llegará.
Como la puta Semana Santa.
miércoles, 8 de junio de 2011
HOMENAJE A FRANCIS SCOTT FITZGERALD
No es difícil imaginárselo solitario en su casa de una playa californiana, visitado de vez en cuando por su amante, empeñada en reencauzar su vida de alcohólico inveterado que odia escribir guiones, basura barata para el Hollywood de los treinta que no obstante necesita para poder seguir pagándose esas botellas de whiskey con las que ha decidido alfombrar su particular via crucis autodestructivo. Uno se lo imagina pensando en Zelda, su mujer, encerrada en un manicomio de Maryland, a tres mil millas del sol, de las playas, de los chalets con palmeras en el jardín, del trasiego de las calles de Los Ángeles, de todo el glamour superficial de ese Hollywood que detesta desde las ruinas de su inteligencia minada de alcoholes y dolor, de ruina y locura. El mismo hombre que firmó docenas de relatos que en su día le pagaron a precio de oro, el mismo que se hizo rico y famoso antes de cumplir los veinticinco años, el que vivió la fastuosidad de la Costa Azul francesa y el París donde Hemingway cazaba palomas en los parques para poder comer, el mismo que escribió aquello de “pagar cada vez más dinero por el privilegio de moverse cada vez más despacio”, o “el problema es que cuando estás sobrio no aguantas a nadie, y cuando estás ebrio nadie te tolera” (Suave es la noche). Scott Fitzgerald, a sus cuarenta años, es un hombre acabado que no puede dormir sin alcohol, que no puede ni atarse los zapatos sin un par de copas, que se ha convertido en una fuente de la que ya no mana el generoso torrente de la inspiración, la riqueza verbal de una literatura casi sin parangón entre sus coetáneos, con la excepción de un William Faulkner que apenas obtendría ingresos de sus obras a lo largo de su vida pero que sería galardonado con el Nobel unos quince años después. Las olas rompen susurrantes en la playa de Malibu y Scott Fitzgerald, ojeroso, el rostro antaño atractivo hinchado por el alcohol y los barbitúricos, contempla su sombra en las aguas calmas del Pacífico con una copa en la mano aún temblorosa y recuerda los gritos de Zelda, las peleas, la policía acudiendo en la noche alertada por algún vecino escandalizado, el diagnóstico de los doctores: esquizofrenia aguda. La misma Zelda que no quiso casarse con él hasta que no se hiciera con una posición económica; la misma Zelda a la que amó con locura y de la cual la locura le fue despojando inapelablemente; la misma Zelda que brillaba en las fiestas de Cannes o Saint Moritz o Nueva York aureolada de lentejuelas, plumas y champagne, flapper por excelencia de una época de despreocupada locura y abundancia material, de dólares tirados al viento de las orquestas de jazz, de los casinos, de los grandes hoteles. Scott Fitzgerald, descalzo en la arena de la orilla bajo un tibio sol de otoño, su sombra acariciada por las olas, bebe parsimoniosamente. Sobre su mesa de trabajo, borradores de guiones, el manuscrito inacabado de El último magnate, una botella de whiskey casi vacía. Su única preocupación es conseguir otra, acabar de una vez, rematar una vida de la que hace tiempo que prefiere despedirse. Como Jay Gatsby, no puede desprenderse del pasado. Nadie puede desprenderse del pasado. Pero en lo más hondo de sí mismo sabe que no será únicamente una sombra a la orilla del mar lo que habrá de quedar de él. Y esboza una leve sonrisa.
SOBRE NIÑOS, LINCES, COFRADES Y OBISPOS
Se hablaba mucho, en los días preprimaverales del 2009, de la campaña del bebé en peligro de extinción, al que se comparaba con el lince ibérico. todo bien visible por televisión, en los periódicos, en gigantescos carteles a lo largo y a lo ancho de todo el territorio nacional. Hasta en las hojas parroquiales. Las cofradías de Sevilla organizando campañas anti-aborto. El tema tiene miga, válgame Dios. ¿Pero quién se han creído que son? ¿Es que se fuman las encíclicas del Vaticano? ¿No tienen bastante con irse de putas en semana santa, entre procesión y procesión, entre borrachera y borrachera, entre besapiés y besamanos, entre bautizo y bautizo, entre bodorrio y bodorrio, entre estafa y estafa? Debe de ser la crisis; pero una crisis de neuronas. Una crisis de encefalogramas planos. Desde luego, los ideólogos de la Conferencia Episcopal, empezando por el aguililla sombría de R.V, deben de haberse pasado con el frasco de Ribera del Duero bendito en uno de esos banquetes que se dan de vez en cuando -y que rematan en alguna casa de niñas a las que supongo que les rogarán encarecidamente que no utilicen condón-, para dar ejemplo a las familias que no llegan a fin de mes ni a tiros o acaban dándose una vueltecilla por Cáritas mientras Sus Ilustrísimas les encargan copones de plata repujada con zafiros a algún joyero de Córdoba con cuenta en Cajasur, que como es bien sabido, es un banco de lo más laico. Tanto, que hay ex alcaldes socialistas que se han calzado la sotana ideológica, todo sea por una pasta gansa a fin de mes. La Iglesia habla, respecto de los niños ibéricos en peligro de extinción, de crisis moral, de crisis de valores, de crisis de fe. Lo dicen asiduos practicantes de la doble o triple moral, a los que los valores del Banco Vaticano les van de puta madre, y subiendo, y que no tienen más fe que el dinero. Crisis. Lo que hay es una crisis de desvergüenza como una deflagración atómica, y eso lo sabe hasta el cura de mi parroquia, quien me dice que aunque mi alma está condenada por escribir en un castellano demasiado claro y además no vaya a misa ni borracho, en el fondo soy buena persona. Y en cuanto al bebé del anuncio, mejor que se extinga. Al fin y al cabo en este mundo sobra gente, empezando por obispos sinvergüenzas y cofrades trincones que se meten donde nadie los ha llamado: los mismos que que luego apelan a la libertad de expresión para defender sus ideas son los mismos que desearían ver amordazada toda libertad de expresión. Y encima hay que soportarlos en semana santa, con tambores y trompetas e insignias en la solapa del traje y apestando a manzanilla de Sanlúcar. Que se lo digan si no a las santísimas putas, que conocen muy bien aquel adagio gallego: "Carallo teso non cree en Deus".
viernes, 27 de mayo de 2011
EL TORO DE INTERECONOMÍA Y LA FIESTA NAZIONAL
Lo de identificar España con la efigie del toro manda cojones, como si en este país, ya que se trata de eso, no existieran figuras como Cervantes, O Paco de Lucía, o Séneca, o Velázquez, o incluso Marianico el Corto. Es uno más de los muchos discursos surrealista/folklóricos de una derecha delirante, aceradamente empeñada en la existencia de complots –no sabemos si judeomasónicocomunistas- contra la integridad nacional, cosa que a este humilde cronista, ácrata ferviente y a la vez orgulloso defensor de la cultura en lengua española –lunfardo incluído- toca bastante los cojones. ¿Otra vez el rollo de España como unidad de destino en lo Universal, con pestazo mefítico a brazo incorrupto de Santa Teresa, régimen nazicatólico avant la lettre, cerrado y sacristía y paredón para los desafectos al régimen que defienden personajes como Jiménez Losantos y César Alonso de los Ríos y otros ilustres tertulianos encorbatados? Naturellement, mes amis. “Losantos es un fenómeno”, dice alguien anónimo en un mensaje. De eso no cabe la menor duda: un fenómeno de feria. El Hombre Elefante de la derechona dura, esa que gusta tanto a la Iglesia Católica de toda la vida, la de los autos de fe, la que pactó con Hitler, la misma que de tener cierto grado de poder –aparte del de petarle el culo a los niños con la venia de sus superiores- probablemente llevaría a cabo una limpieza ideológica de órdago, a sangre y fuego y mazmorra, como en los buenos viejos tiempos de Torquemada.
El toro ibérico como símbolo aglutinador de todo un país que es precisamente más rico no por supuestos afanes de unicidad, sino por su variedad geográfica y cultural, desde las costas de Finisterre al Cap de Creus, desde Cádiz a Fornells, desde Irún a la isla de La Palma. Por no hablar de lo que realmente nos vertebra, en el sentido orteguiano: el idioma. Desde Seattle a Pekín, desde Tromsö a Punta Arenas. Una cultura heteróclita, efervescente, tentacular, poliforme, inmortal como algunas de sus predecesoras, consecuencia de la lenta decantación de múltiples mestizajes, de vocación mundial y largo aliento histórico, etnográfico, filológico y filosófico, que a estos cenutrios de mente más corta que un suspiro parece molestar, cual patada en los cojones, mientras se beben unas cañas en un debate televisivo (al menos la idea es original, graciosamente castiza, dejando a un lado la caspa). España es mucho más que la efigie simbólica de un toro bravo. Hasta el perfil de Quevedo les hubiera quedado más digno. Están, como siempre, perdidos en las alcantarillas de la historia, chapaleando en la mierda como ratas rabiosas, de discurso apocalíptico y pseudopatriotero y salvapatrias (no recuerdo quién dijo aquello de que el patriotismo era el último refugio o recurso de los infames: cito de memoria y a vuelapluma), demonizando a una izquierda que, por cierto, tampoco es un modelo de probidad ni de coherencia ni de honestidad (chorizos hay en todas partes), pero que tampoco creo que tenga nada contra los toros. O contra el Toro, con mayúscula. El mismo que ahora pace en las muy políticamente correctas y saneadas y fértiles dehesas de la burocracia de la Unión Europea sin decir literalmente ni mu.
El toro ibérico como símbolo aglutinador de todo un país que es precisamente más rico no por supuestos afanes de unicidad, sino por su variedad geográfica y cultural, desde las costas de Finisterre al Cap de Creus, desde Cádiz a Fornells, desde Irún a la isla de La Palma. Por no hablar de lo que realmente nos vertebra, en el sentido orteguiano: el idioma. Desde Seattle a Pekín, desde Tromsö a Punta Arenas. Una cultura heteróclita, efervescente, tentacular, poliforme, inmortal como algunas de sus predecesoras, consecuencia de la lenta decantación de múltiples mestizajes, de vocación mundial y largo aliento histórico, etnográfico, filológico y filosófico, que a estos cenutrios de mente más corta que un suspiro parece molestar, cual patada en los cojones, mientras se beben unas cañas en un debate televisivo (al menos la idea es original, graciosamente castiza, dejando a un lado la caspa). España es mucho más que la efigie simbólica de un toro bravo. Hasta el perfil de Quevedo les hubiera quedado más digno. Están, como siempre, perdidos en las alcantarillas de la historia, chapaleando en la mierda como ratas rabiosas, de discurso apocalíptico y pseudopatriotero y salvapatrias (no recuerdo quién dijo aquello de que el patriotismo era el último refugio o recurso de los infames: cito de memoria y a vuelapluma), demonizando a una izquierda que, por cierto, tampoco es un modelo de probidad ni de coherencia ni de honestidad (chorizos hay en todas partes), pero que tampoco creo que tenga nada contra los toros. O contra el Toro, con mayúscula. El mismo que ahora pace en las muy políticamente correctas y saneadas y fértiles dehesas de la burocracia de la Unión Europea sin decir literalmente ni mu.
sábado, 14 de mayo de 2011
CENSORES
Es tan alucinante –y al mismo tiempo tan tristemente previsible- que un organismo público censure el contenido de una página web dedicada a la opinión, a la poesía, a la literatura o al simple –y noble, y valiente- hecho de compartir sueños e inquietudes en una sociedad de cibernautas solitarios, que no queda sino el placer de reírse a carcajadas y consignarlo por escrito. No recuerdo quién dijo que la escritura era el arte de repetir lo evidente; probablemente ese lúcido cascarrabias que fue, que es, Thomas Bernhard. Tal vez me equivoque, pero en fin. Repetir lo evidente. Tomar aire antes de lanzarse a las en ocasiones fangosas piscinas de la realidad. La censura ya es triste como coño de abadesa, e igual de inútil: censurar palabrotas a chavales que viven ahítos de violencia, ungidos de mala leche, atravesados de videojuegos y noticias empapadas en sangre y películas en las que se glorifica un fascismo ramplón de pistolazo, metralleta y bomba, chavales que se han acostumbrado a agredir físicamente a sus propios padres –hay incluso un programa de televisión sobre ello-, y que consumen pornografía como en otros tiempos se consumían gominolas o pipas, y que saben que ni la policía puede tocarlos, gozando de una impunidad guasona, sonriente, espontánea. Chavales que saben de cocaína más que de Lope de Vega y de marcas de alcohol barato bastante más que de lírica contemporánea. Esta estúpida censura, decía, solo pone de manifiesto el ejercicio de un poder supuestamente otorgado en las urnas por millones de ciudadanos de un estado de derecho, en este caso de la autonomía más poblada de España.
Claro que es más que dudoso que esos ciudadanos hayan votado el derecho a que sus gobernantes ejerzan tal censura, máxime cuando disfrutamos de un Gobierno en el que según no paran de cacarear por activa y por pasiva lo que debe primar es la transpariencia, la integridad, la honestidad. Y ahora, el descojone: correcto que se persigan cosas como la pornografía infantil, los contenidos racistas y xenófobos (que no tienen ya sentido en una sociedad multirracial y multicultural como es, y siempre ha sido, la española), la apología del terrorismo, etc. Hasta ahí todo bien. Pero que se censure a alguien por el hecho de utilizar palabrotas –falta de ponderación en el vocabulario- (que vienen en el D.R.A.E), o recursos como la ironía o el sarcasmo a la hora de expresarse en una página web, manda cojones. Sin olvidar que una sociedad que no sabe reírse de sí misma está doblemente enferma.
Se aduce que desde las bibliotecas públicas los menores pueden tener acceso a estos contenidos, y por lo tanto el sistema bloquea ciertas páginas. Si uno se da una vuelta por cualquier biblioteca pública de España, los usuarios de ordenadores no son precisamente críos de 6 años recién despojados del chupete, sino chavales jóvenes que responden al perfil descrito más arriba, o que simplemente están intentando hacer algún trabajo, o niñas escribiendo correos electrónicos o mensajitos al noviete al que acaban de dejar en el banco del parque, o señores/ señoras/ señoritas de las más diversas edades consultando cualquier cosa. No hay niños de teta al pie del teclado.
Lo que sucede es que los responsables de cultura de la Junta no suelen darse un paseo por las bibliotecas como no sea con motivo de alguna inauguración o presentación de lo que sea, es decir, con la sana intención de posar para la foto de turno (foto que nadie va a censurar, por supuesto, salvo tal vez alguno de los medios de comunicación ligados a la oposición).De modo que se limitan a ordenar desde sus despachos que se vigile, modelo Gran Hermano (o Gran Jermano, disho en andalú) el amperaje de la corrección política de los contenidos a los que el usuario pueda tener acceso. Y no estoy hablando de bajarse de Internet orgías en Tailandia (o en Las Rozas) con menores de catorce años, sino de echarle un vistazo a blogs donde se utilizan, con la libertad que supuestamente garantiza la Constitución, palabras más o menos contundentes, pero tan castizamente españolas como los toros o el día de las Fuerzas Armadas. Expresarse libremente es un derecho, como el de tener una vivienda digna o un puesto de trabajo y no ser discriminado por razón de edad, sexo, raza o creencias políticas o religiosas. Pero estos señores, sencillamente, parece que se ciscan en todo ello, alegremente, con la impunidad que les confiere el haber sido votados en las urnas. O dicho en fino: que se están cagando tranquilamente en la puta madre que nos parió a todos, y aquí no pasa nada.
La democracia es una cosa muy seria, señores, y con las cosas de comer no se juega. Lo digo sobre todo por ustedes, que comen de puta madre a cargo de mi bolsillo y del de unos cuantos millones de vecinos. En tanto que pago impuestos, exijo mi derecho a poder verle una teta a Carla Bruni desde un ordenador de biblioteca pública o de enseñarle a mis hijos la profunda hermosura y plasticidad de un idioma que ciertos meapilas insisten en convertir en tibia leche desnatada. Los mismos que prohibirían a gente como Don Francisco de Quevedo, o al maestro Pérez Reverte, con toda su descarnada valentía sin concesiones. Los mismos que luego se cabrean si salen a la luz las facturas de marisquerías de lujo, tiendas exclusivas, billetes de avión y estancias de hotel con campo de golf y spa incorporado, sin contar las putas que todos, absolutamente todos, incluyendo al mendigo de la esquina, pagamos a base de impuestos directos o indirectos, sea en la ventanilla/ guillotina de hacienda o sea con el cartón de vino comprado en la tiendecilla del barrio. Eso por no hablar de trapicheos con multinacionales o traficantes de armas o de droga que financian lo que haya que financiar a cambio de.
Censores que no quieren ser censurados. Y no nos detendremos ahora en la censura ideológica con que nos insultan ciertas televisiones, emisoras de radio, editoriales, periódicos o mafias de la fe.
En resumen: pobrecita la puta que los parió a todos, llamada democracia. Le han salido hijos chulos.
Claro que es más que dudoso que esos ciudadanos hayan votado el derecho a que sus gobernantes ejerzan tal censura, máxime cuando disfrutamos de un Gobierno en el que según no paran de cacarear por activa y por pasiva lo que debe primar es la transpariencia, la integridad, la honestidad. Y ahora, el descojone: correcto que se persigan cosas como la pornografía infantil, los contenidos racistas y xenófobos (que no tienen ya sentido en una sociedad multirracial y multicultural como es, y siempre ha sido, la española), la apología del terrorismo, etc. Hasta ahí todo bien. Pero que se censure a alguien por el hecho de utilizar palabrotas –falta de ponderación en el vocabulario- (que vienen en el D.R.A.E), o recursos como la ironía o el sarcasmo a la hora de expresarse en una página web, manda cojones. Sin olvidar que una sociedad que no sabe reírse de sí misma está doblemente enferma.
Se aduce que desde las bibliotecas públicas los menores pueden tener acceso a estos contenidos, y por lo tanto el sistema bloquea ciertas páginas. Si uno se da una vuelta por cualquier biblioteca pública de España, los usuarios de ordenadores no son precisamente críos de 6 años recién despojados del chupete, sino chavales jóvenes que responden al perfil descrito más arriba, o que simplemente están intentando hacer algún trabajo, o niñas escribiendo correos electrónicos o mensajitos al noviete al que acaban de dejar en el banco del parque, o señores/ señoras/ señoritas de las más diversas edades consultando cualquier cosa. No hay niños de teta al pie del teclado.
Lo que sucede es que los responsables de cultura de la Junta no suelen darse un paseo por las bibliotecas como no sea con motivo de alguna inauguración o presentación de lo que sea, es decir, con la sana intención de posar para la foto de turno (foto que nadie va a censurar, por supuesto, salvo tal vez alguno de los medios de comunicación ligados a la oposición).De modo que se limitan a ordenar desde sus despachos que se vigile, modelo Gran Hermano (o Gran Jermano, disho en andalú) el amperaje de la corrección política de los contenidos a los que el usuario pueda tener acceso. Y no estoy hablando de bajarse de Internet orgías en Tailandia (o en Las Rozas) con menores de catorce años, sino de echarle un vistazo a blogs donde se utilizan, con la libertad que supuestamente garantiza la Constitución, palabras más o menos contundentes, pero tan castizamente españolas como los toros o el día de las Fuerzas Armadas. Expresarse libremente es un derecho, como el de tener una vivienda digna o un puesto de trabajo y no ser discriminado por razón de edad, sexo, raza o creencias políticas o religiosas. Pero estos señores, sencillamente, parece que se ciscan en todo ello, alegremente, con la impunidad que les confiere el haber sido votados en las urnas. O dicho en fino: que se están cagando tranquilamente en la puta madre que nos parió a todos, y aquí no pasa nada.
La democracia es una cosa muy seria, señores, y con las cosas de comer no se juega. Lo digo sobre todo por ustedes, que comen de puta madre a cargo de mi bolsillo y del de unos cuantos millones de vecinos. En tanto que pago impuestos, exijo mi derecho a poder verle una teta a Carla Bruni desde un ordenador de biblioteca pública o de enseñarle a mis hijos la profunda hermosura y plasticidad de un idioma que ciertos meapilas insisten en convertir en tibia leche desnatada. Los mismos que prohibirían a gente como Don Francisco de Quevedo, o al maestro Pérez Reverte, con toda su descarnada valentía sin concesiones. Los mismos que luego se cabrean si salen a la luz las facturas de marisquerías de lujo, tiendas exclusivas, billetes de avión y estancias de hotel con campo de golf y spa incorporado, sin contar las putas que todos, absolutamente todos, incluyendo al mendigo de la esquina, pagamos a base de impuestos directos o indirectos, sea en la ventanilla/ guillotina de hacienda o sea con el cartón de vino comprado en la tiendecilla del barrio. Eso por no hablar de trapicheos con multinacionales o traficantes de armas o de droga que financian lo que haya que financiar a cambio de.
Censores que no quieren ser censurados. Y no nos detendremos ahora en la censura ideológica con que nos insultan ciertas televisiones, emisoras de radio, editoriales, periódicos o mafias de la fe.
En resumen: pobrecita la puta que los parió a todos, llamada democracia. Le han salido hijos chulos.
sábado, 9 de abril de 2011
LA MALTRATADORA DE PERROS
En este mundo hay ciertos despropósitos, pozos de crueldad inhumana que no tienen nombre, recovecos de la realidad de los que le hacen a uno decirse que como baje Dios algún día le pego dos hostias. Se imagina uno una casa de suburbio a las afueras de una pequeña ciudad de New Jersey, bajo un cielo de hollín y aguanieve, rodeada tal vez de bosques, no lejos de la I-95 que atraviesa toda la costa Este desde Maine hasta Florida. Se imagina uno una sala de estar caótica, mal iluminada, con latas de cerveza y petacas de ginebra rodando por el suelo, papeles, colillas, fotografías de un exmarido rotas pero vueltas a remendar de alguna manera en un ataque de remordimiento, sombras por todas partes, olor a retrete atascado, a compresas olvidadas y alimentos podridos en el cubo de la basura, tan lleno, tan feraz, tan maravillosamente pleno de delicias como la cabeza de un eurodiputado; se imagina uno tal vez fotos de niños colgadas en pasillos y dormitorios oscuros, la sombra de las ramas de los árboles azotados por el viento del Atlántico deslizándose sobre la colcha de camas vacías para siempre. Y a esta mujer dándole una paliza a un cachorro de pitbull en pleno salón, zarandeándolo, el animal un muestrario de cicatrices con el rabo encogido entre las patas, gimiendo más allá del miedo, más allá del terror, de la angustia, de la incomprensión. La mujer ha estado privándolo de alimentos durante días, el animal se ha visto obligado a beber en los charcos del jardín, tiene pulgas por todas partes, es como la prefiguración de un cadáver. Y de todo esto se entera uno por los telediarios a la hora de comer: la mujer, por lo visto, ha sido sentenciada a 18 meses de cárcel después de que uno de sus vecinos, algún buen samaritano de esos que tanto abundan en los suburbios de las ciudades industriales de Estados Unidos, la viese arrojando al animal a un contenedor de basuras y la denunciase por ello. Bajo el aguanieve.
Un maltratador merece poco respeto, y por desgracia tenemos ejemplos a patadas. De maltratadores y maltratadoras, ojo: la llamada ley de violencia de género es muy injusta para muchos hombres que son víctimas de denuncias por falsos malos tratos por parte de sus parejas, y hasta hay casos de algunos que acaban en la cárcel. Es para cagarse en Dios en cuatro idiomas, pero bueno. Ése no es el tema. Ahora, alguien que maltrata a un animal indefenso, sea cual sea el charco de mierda en el que naden sus sesos, sea hombre o mujer, no tiene perdón: está mancillando algo sagrado. Algo noble. Algo infinitamente superior a la inmensa mayoría de los seres humanos que pueblan este por otra parte maravilloso planeta. En alguna parte leí que cuando muere un ser humano tal vez muera un hijo de puta en potencia o cause baja un cabrón menos, pero que cuando muere un animal el mundo se hace un poco peor. No se puede decir de forma más gráfica.
Afortunadamente, este no ha sido el caso de este cachorro de pitbull, que fue rescatado del container de la basura y ahora es objeto de atenciones en un centro de recuperación. Hay miles de familias dispuestas a adoptarlo. Hasta aquí todo bien.
Lo malo es que volveremos a ver, o a leer, noticias parecidas muy de vez en cuando, tal vez en alguno de esos días en que uno ha logrado reconciliarse de algún modo con la existencia. Y volverán, no las oscuras golondrinas, sino los putos negros nubarrones, a ensombrecernos la luminosidad del día y el concepto que a veces casi llegamos a tener sobre la raza humana en general. Que es muy inferior a la canina, por supuesto, aunque sea con gloriosas excepciones.
Un maltratador merece poco respeto, y por desgracia tenemos ejemplos a patadas. De maltratadores y maltratadoras, ojo: la llamada ley de violencia de género es muy injusta para muchos hombres que son víctimas de denuncias por falsos malos tratos por parte de sus parejas, y hasta hay casos de algunos que acaban en la cárcel. Es para cagarse en Dios en cuatro idiomas, pero bueno. Ése no es el tema. Ahora, alguien que maltrata a un animal indefenso, sea cual sea el charco de mierda en el que naden sus sesos, sea hombre o mujer, no tiene perdón: está mancillando algo sagrado. Algo noble. Algo infinitamente superior a la inmensa mayoría de los seres humanos que pueblan este por otra parte maravilloso planeta. En alguna parte leí que cuando muere un ser humano tal vez muera un hijo de puta en potencia o cause baja un cabrón menos, pero que cuando muere un animal el mundo se hace un poco peor. No se puede decir de forma más gráfica.
Afortunadamente, este no ha sido el caso de este cachorro de pitbull, que fue rescatado del container de la basura y ahora es objeto de atenciones en un centro de recuperación. Hay miles de familias dispuestas a adoptarlo. Hasta aquí todo bien.
Lo malo es que volveremos a ver, o a leer, noticias parecidas muy de vez en cuando, tal vez en alguno de esos días en que uno ha logrado reconciliarse de algún modo con la existencia. Y volverán, no las oscuras golondrinas, sino los putos negros nubarrones, a ensombrecernos la luminosidad del día y el concepto que a veces casi llegamos a tener sobre la raza humana en general. Que es muy inferior a la canina, por supuesto, aunque sea con gloriosas excepciones.
jueves, 7 de abril de 2011
DELICATESSEN
Aún no me explico cómo pudimos acabar allí; tal vez fuera por que Madrid es una ciudad enlaberintada, porque íbamos aballestados de gin-tonics, porque la luz equívoca del crepúsculo andaba engolfada de neones y sombras. La chica se llamaba Carla, era brasileña y experta en la danza del vientre: había tenido ocasión de comprobarlo en mi habitación del hotel hacía unas horas, en una debacle de sudor y efluvios sexuales, de visiones de su melena oscura y rizada entre mis piernas, de sus piernas perfectas como un crepúsculo sobre el mar. No recordaba dónde ni cómo la había conocido, pero tenía una certeza: no tenía alma de mercenaria. No estaba conmigo por dinero.
El caso es que entramos allí, en aquel restaurante denso de decoraciones Luis XV, caobas, consolas, retratos, más parecido a un anticuario que a otra cosa, y pedimos el menú. Carla me hablaba de su infancia en Bahía mientras yo repasaba la lista de gilipolleces habituales y pedía una botella de Chateau Lafitte para acompañar el maremágnum de cosas como las perdices escabechadas al estragón con salsa de mostaza en emulsión de trufa con pimientos del Périgord y anchoas del cantábrico levemente acompañadas de un toque de cimborrio de obispo romano, o algo así. El maître, ceremonioso como un pirata a punto de pegar el sablazo, no nos quitaba el ojo de encima. Aquello era como sentarse a cenar en algún sitio del Boulevard Housmans. Por algún sitio sonaba música de Mozart, un concierto para flauta y arpa. Carla hablaba con su suave deje brasileiro y yo me sentía el hombre más afortunado de la Tierra. Era cantante y tenía la belleza de una modelo. Era un puro regalo del azar, y yo lo sabía.
Cuando nos sirvieron aquellas miniaturas –y el vino no era gran cosa: he bebido cartones de Don Simón todavía mejores, con más bouquet-, casi nos descojonamos de la risa ante la mirada calibratoria del maître, que probablemente no podía explicarse cómo no hacíamos reverencias ante semejante despliegue de delicatessen. Al final no nos terminamos ni el vino. Carla tenía un concierto aquella noche en un local de Lavapiés y yo tenía toda la intención de verla, escucharla, y de verla de nuevo, esta vez desnuda, en mi habitación de hotel, y de volver a escucharla, pero no cantando fados, sino gimiendo mientras me la follaba a lo bestia. Al día siguiente yo tenía un viaje de negocios a Barcelona y no sabía cuándo podría volver a verla, ni si el azar volvería a ser tan generoso. De modo que pedí la cuenta. Trescientos pavos por dos tapas de nueva cocina y media botella de vino. De propina dejé una sonrisa, eso sí.
Cuando salimos de allí fuimos a buscarnos un par de bocatas de calamares. Todavía estábamos hambrientos. Y no pude dejar de pensar en la de mariconadas que hoy se tienen por alta cocina, y que no pasan de ser tapas pretenciosas a precio de diamante.
Y una vez saciada el hambre, en una típica tasca aledaña a la Plaza Mayor, tanto el concierto de Carla como el resto de la noche fueron gloriosos. Por supuesto, me encargué de que le dejaran una docena de rosas rojas en la habitación del hotel.
Y jamás volví a verla.
El caso es que entramos allí, en aquel restaurante denso de decoraciones Luis XV, caobas, consolas, retratos, más parecido a un anticuario que a otra cosa, y pedimos el menú. Carla me hablaba de su infancia en Bahía mientras yo repasaba la lista de gilipolleces habituales y pedía una botella de Chateau Lafitte para acompañar el maremágnum de cosas como las perdices escabechadas al estragón con salsa de mostaza en emulsión de trufa con pimientos del Périgord y anchoas del cantábrico levemente acompañadas de un toque de cimborrio de obispo romano, o algo así. El maître, ceremonioso como un pirata a punto de pegar el sablazo, no nos quitaba el ojo de encima. Aquello era como sentarse a cenar en algún sitio del Boulevard Housmans. Por algún sitio sonaba música de Mozart, un concierto para flauta y arpa. Carla hablaba con su suave deje brasileiro y yo me sentía el hombre más afortunado de la Tierra. Era cantante y tenía la belleza de una modelo. Era un puro regalo del azar, y yo lo sabía.
Cuando nos sirvieron aquellas miniaturas –y el vino no era gran cosa: he bebido cartones de Don Simón todavía mejores, con más bouquet-, casi nos descojonamos de la risa ante la mirada calibratoria del maître, que probablemente no podía explicarse cómo no hacíamos reverencias ante semejante despliegue de delicatessen. Al final no nos terminamos ni el vino. Carla tenía un concierto aquella noche en un local de Lavapiés y yo tenía toda la intención de verla, escucharla, y de verla de nuevo, esta vez desnuda, en mi habitación de hotel, y de volver a escucharla, pero no cantando fados, sino gimiendo mientras me la follaba a lo bestia. Al día siguiente yo tenía un viaje de negocios a Barcelona y no sabía cuándo podría volver a verla, ni si el azar volvería a ser tan generoso. De modo que pedí la cuenta. Trescientos pavos por dos tapas de nueva cocina y media botella de vino. De propina dejé una sonrisa, eso sí.
Cuando salimos de allí fuimos a buscarnos un par de bocatas de calamares. Todavía estábamos hambrientos. Y no pude dejar de pensar en la de mariconadas que hoy se tienen por alta cocina, y que no pasan de ser tapas pretenciosas a precio de diamante.
Y una vez saciada el hambre, en una típica tasca aledaña a la Plaza Mayor, tanto el concierto de Carla como el resto de la noche fueron gloriosos. Por supuesto, me encargué de que le dejaran una docena de rosas rojas en la habitación del hotel.
Y jamás volví a verla.
miércoles, 6 de abril de 2011
DENUNCIE USTED
Sea solidario con el Estado, pobrecito, que no solo vela por nuestros intereses sino que va a acabar teniendo vela en todos los entierros: denuncie usted anónimamente a su vecino si lo ve fumando en zona no autorizada o arrojando colillas al suelo. Qué prestancia soviética o filonazi de leyes antitabaco, promulgadas precisamente en unos momentos históricos en que la crisis económica plantea enfrentarse a problemas bastante más urgentes que la demonización de los fumadores. El grado de soplapollez, dicho con todas sus letras, de esta leguleya, fascistoide, atrabiliaria movida es casi el remate perfecto de la gestión babosamente paternalista y fascistoide de un gobierno evidentemente ineficaz. A los más de cuatro millones de parados que navegan entre la cotidiana zozobra y la ubicua desesperanza cotidiana por las calles españolas, sólo les faltaba que les prohíban fumar mientras apuran su café con leche o se dan coraje para afrontar la miseria cotidiana con una copita de aguardiente en su bar de toda la vida. O que los denuncie la vecina por aplastar una colilla bajo su balcón. Hasta los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado debieran protestar por semejante grado de regresión, en el aspecto nicotínico, a la más negra, pútrida, esperpéntica España de hace unas décadas. Claro que no lo harán: al fin y al cabo seguirán cobrando sus nóminas gracias, en buena parte, al dinero que el Estado recauda gracias al irredento empeño consumidor de los fumadores de pro, que se dejan la pasta alegremente a pesar de la prohibición. Lo de seguir trincando a cuenta del ciudadano –que no es lo mismo que trincar al ciudadano- nunca será susceptible de ser prohibido, quod decet. Así nos luce el pelo. Los pulmones son un asunto estrictamente privado. Y que luego no nos venga la Ministra de Sanidad hablando de gastos de tratamiento. ¿Le ha preguntado alguien a ella cuál es su presupuesto mensual en cremas de maquillaje o gambas a la plancha o modelitos de Versace? Venga ya, coño. Van a venir a robar a la cárcel, a estas alturas.
lunes, 21 de marzo de 2011
REIVINDICACIÓN DE LA PALABROTA
El hecho de no cogérsela con papel de fumar a la hora de escribir no excluye el vuelo lírico. Las palabrotas, los tacos, lo soez, lo guarro, el hablar clara y sencilla y llanamente que tanto molesta a los jilgueros del puritanismo no está exento de poesía. Y es que a estas alturas del vuelo, después de cosas como el nazismo, o Irak, o Bush, o las soplapolleces que dicta el papa desde detrás de sus cristales blindados anti muertos de hambre, después de la injusticia cotidiana y ubicua que sufre el hombre en muchas partes del mundo, todavía hay puritanos del lenguaje, defensores de una cierta lírica de la nada, del verso blanco hasta en los artículos de opinión que requieren, por tratamiento y tema, de grado o por fuerza, de un lenguaje más contundente. Todavía hay clérigos de la soplapollez adorando al Cristo de las Buenas Formas, mamporreros del Libro de Estilo, doctores de la lírica a lo Pemán que se escandalizan de que la mejor manera de decir mierda sea precisamente escribiendo “mierda”, y no “las humanas heces”, talibanes literarios para los que un amanecer en la ciudad únicamente puede estar poblado de los gorjeos de los pájaros en el parque mientras la aurora tiene una tonalidad rosácea, al estilo de Homero, y nunca se preguntan cómo ve la cosa esa mujer embarazada que se despierta sin hogar un día más, y encima encima de un charco de sus propios vómitos o de sangre cortesía de la paliza que le han dado cuatro hijos de puta con la cabeza rapada. Sic transit gloria mundi.
En fin, como diría el sabio, hay gente pa tó. Solo que uno se descojona leyendo cartas al director, correos de Internet, blogs de opinión en los que airados lectores deploran y afean el estilo directo libre, sin más, que utilizan ciertos articulistas, poetas, escribidores y demás, porque utilizan palabrotas. Señores, las palabrotas también son hijas del diccionario. Son tan castellanas como “inmarcesible” o “sublime”. Y en la mayoría de las ocasiones no son tan neblinosas ni tan volátiles ni tan inconsútiles. Son palabras. El puritanismo aquí no vale para nada; nunca valió para nada, excepto para dar carta de crédito a la imbecilidad de la corrección política o el pensamiento único, que es lo conveniente para morralla como los políticos en mundo de gente cada vez más desesperada. Y cabreada. Gente a la que se la suda que los pajarillos canten al amanecer o que el vestido de la nieta de Maripuri López del Copón fuese de un blanco níveo. Lo cual que al loro, señorías. Y de paso, léanse el Diccionario Secreto de Camilo José Cela y dejen ya un poco el Diez Minutos como libro de estilo.
En fin, como diría el sabio, hay gente pa tó. Solo que uno se descojona leyendo cartas al director, correos de Internet, blogs de opinión en los que airados lectores deploran y afean el estilo directo libre, sin más, que utilizan ciertos articulistas, poetas, escribidores y demás, porque utilizan palabrotas. Señores, las palabrotas también son hijas del diccionario. Son tan castellanas como “inmarcesible” o “sublime”. Y en la mayoría de las ocasiones no son tan neblinosas ni tan volátiles ni tan inconsútiles. Son palabras. El puritanismo aquí no vale para nada; nunca valió para nada, excepto para dar carta de crédito a la imbecilidad de la corrección política o el pensamiento único, que es lo conveniente para morralla como los políticos en mundo de gente cada vez más desesperada. Y cabreada. Gente a la que se la suda que los pajarillos canten al amanecer o que el vestido de la nieta de Maripuri López del Copón fuese de un blanco níveo. Lo cual que al loro, señorías. Y de paso, léanse el Diccionario Secreto de Camilo José Cela y dejen ya un poco el Diez Minutos como libro de estilo.
miércoles, 16 de marzo de 2011
EL TORO DE INTERECONOMÍA Y LA FIESTA NAZIONAL
Lo de identificar España con la efigie del toro manda cojones, como si en este país, ya que se trata de eso, no existieran figuras como Cervantes, O Paco de Lucía, o Séneca, o Velázquez, o incluso Marianico el Corto. Es uno más de los muchos discursos surrealista/folklóricos de una derecha delirante, aceradamente empeñada en la existencia de complots –no sabemos si judeomasónicocomunistas- contra la integridad nacional, cosa que a este humilde cronista, ácrata ferviente y a la vez orgulloso defensor de la cultura en lengua española –lunfardo incluído- toca bastante los cojones. ¿Otra vez el rollo de España como unidad de destino en lo Universal, con pestazo mefítico a brazo incorrupto de Santa Teresa, régimen nazicatólico avant la lettre, cerrado y sacristía y paredón para los desafectos al régimen que defienden personajes como Jiménez Losantos y César Alonso de los Ríos y otros ilustres tertulianos encorbatados? Naturellement, mes amis. “Losantos es un fenómeno”, dice alguien anónimo en un mensaje. De eso no cabe la menor duda: un fenómeno de feria. El Hombre Elefante de la derechona dura, esa que gusta tanto a la Iglesia Católica de toda la vida, la de los autos de fe, la que pactó con Hitler, la misma que de tener cierto grado de poder –aparte del de petarle el culo a los niños con la venia de sus superiores- probablemente llevaría a cabo una limpieza ideológica de órdago, a sangre y fuego y mazmorra, como en los buenos viejos tiempos de Torquemada.
El toro ibérico como símbolo aglutinador de todo un país que es precisamente más rico no por supuestos afanes de unicidad, sino por su variedad geográfica y cultural, desde las costas de Finisterre al Cap de Creus, desde Cádiz a Fornells, desde Irún a la isla de La Palma. Por no hablar de lo que realmente nos vertebra, en el sentido orteguiano: el idioma. Desde Seattle a Pekín, desde Tromsö a Punta Arenas. Una cultura heteróclita, efervescente, tentacular, poliforme, inmortal como algunas de sus predecesoras, consecuencia de la lenta decantación de múltiples mestizajes, de vocación mundial y largo aliento histórico, etnográfico, filológico y filosófico, que a estos cenutrios de mente más corta que un suspiro parece molestar, cual patada en los cojones, mientras se beben unas cañas en un debate televisivo (al menos la idea es original, graciosamente castiza, dejando a un lado la caspa). España es mucho más que la efigie simbólica de un toro bravo. Hasta el perfil de Quevedo les hubiera quedado más digno. Están, como siempre, perdidos en las alcantarillas de la historia, chapaleando en la mierda como ratas rabiosas, de discurso apocalíptico y pseudopatriotero y salvapatrias (no recuerdo quién dijo aquello de que el patriotismo era el último refugio o recurso de los infames: cito de memoria y a vuelapluma), demonizando a una izquierda que, por cierto, tampoco es un modelo de probidad ni de coherencia ni de honestidad (chorizos hay en todas partes), pero que tampoco creo que tenga nada contra los toros. O contra el Toro, con mayúscula. El mismo que ahora pace en las muy políticamente correctas y saneadas y fértiles dehesas de la burocracia de la Unión Europea sin decir literalmente ni mu.
El toro ibérico como símbolo aglutinador de todo un país que es precisamente más rico no por supuestos afanes de unicidad, sino por su variedad geográfica y cultural, desde las costas de Finisterre al Cap de Creus, desde Cádiz a Fornells, desde Irún a la isla de La Palma. Por no hablar de lo que realmente nos vertebra, en el sentido orteguiano: el idioma. Desde Seattle a Pekín, desde Tromsö a Punta Arenas. Una cultura heteróclita, efervescente, tentacular, poliforme, inmortal como algunas de sus predecesoras, consecuencia de la lenta decantación de múltiples mestizajes, de vocación mundial y largo aliento histórico, etnográfico, filológico y filosófico, que a estos cenutrios de mente más corta que un suspiro parece molestar, cual patada en los cojones, mientras se beben unas cañas en un debate televisivo (al menos la idea es original, graciosamente castiza, dejando a un lado la caspa). España es mucho más que la efigie simbólica de un toro bravo. Hasta el perfil de Quevedo les hubiera quedado más digno. Están, como siempre, perdidos en las alcantarillas de la historia, chapaleando en la mierda como ratas rabiosas, de discurso apocalíptico y pseudopatriotero y salvapatrias (no recuerdo quién dijo aquello de que el patriotismo era el último refugio o recurso de los infames: cito de memoria y a vuelapluma), demonizando a una izquierda que, por cierto, tampoco es un modelo de probidad ni de coherencia ni de honestidad (chorizos hay en todas partes), pero que tampoco creo que tenga nada contra los toros. O contra el Toro, con mayúscula. El mismo que ahora pace en las muy políticamente correctas y saneadas y fértiles dehesas de la burocracia de la Unión Europea sin decir literalmente ni mu.
viernes, 17 de diciembre de 2010
MIERDA
No soy analista político porque no necesito pasarme la vida viendo sesiones en el Congreso, almorzando con criminales de foto y rueda de prensa, o tertulianizando en directo por televisión para comprobar la textura, la solidez o licuefacción, versatilidad y omnipresencia de la mierda que nos rodea. (Probablemente me echarían a patadas después de mi primera intervención). O para comprobar el pestazo que nos envuelve a todos a pesar de la sobreabundancia de perfumes de marca que utilizan estos señoras y señores –seamos políticamente correctos- para disfrazar el tufo nauseabundo que desprenden. Ellos y la realidad. La política no es más que un largo hastío salpicado de sonrisas de circunstancias, cuando no de sangre; los matices los añade la nacionalidad de las soplapolleces que uno oye. Bastan unos minutos ante el televisor. El arte de no decir nada, de no hacer nada. Y sobre todo, de saber que nada es factible aparte de dejar que el horror florezca por omisión. Es un derrotismo de largo aliento con sonrisas postizas en el que a los bienintencionados y a los novatos se los zampan en menos tiempo del que tarda una puta experta en calibrar las posibilidades del bolsillo de un posible cliente. Los políticos nuevecitos son como aquella gente que se lanzó a las calles de París en el 68, pero con la sabiduría anticipada de que el pantano acabará por tragárselos con la impiedad del sol en verano en un pueblo sin agua. (Y lo del pueblo sin agua acabará por ser una realidad tangible –y literal- dentro de muy pocos años). Se pasea uno por los acantilados con la libertad suprema de olvidarse de todo contemplando la lámina rizada de las aguas, la espuma en las rocas, las extensiones de arbustos espinosos y árboles a los que décadas de exposición al viento ha acabado haciendo crecer torcidos –qué paralelismo con algunos prohombres-, y trata de olvidarse de todo eso que sabe no obstante materia feraz para escribir, mina inagotable de posibilidades de esperpento, y le da gracias a los dioses porque exista más mierda además de la que uno caga en filosófico aislamiento tras la puerta del water. Porque es que basta con oír y ver lo que la gente dice y hace para comprobar a qué niveles ha llegado la cosa, sobre todo cuando uno entra en un bar o en unos almacenes de Cáritas o ve a la policía desalojando mendigos de ciertas calles de ciertas ciudades. España, como siempre, va tan bien que vamos a tener que emigrar a Inglaterra. Total, vamos a estar igual. Con los criminales jodiendo la marrana, sin jamón y sin euros.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
POSTALES ALBAICINERAS
Los verdaderamente ricos de Granada, los que huyen del horror inmobiliario que empieza en la Gran Vía, con el horroroso edificio de cristal del Banco de Santander en la Plaza de los Reyes Católicos, los que de verdad disfrutan de la soledad armoniosa de las fuentes y jardines entre muros de piedra, entre hiedra y flores, viven en el Albaicín, con todo su tipismo y su turismo de cámara fotográfica y bermudas, de burros subiendo o bajando estrechas cuestas o paseando por el Mirador de San Nicolás, entre hippies de litrona y canuto, vendedores de quincalla, universitarias que pasan de ir a la universidad, o algún gitano viejo en zapatillas comiéndose el potaje directamente de la olla sentado a la puerta de su casa, como un marqués, escoltado de moscas cuando hace buen tiempo. El Albaicín es una amalgama de pobreza y opulencia, de bohemia y estudios de arquitectos, casas ruinosas, zambras de lujo y moros que se dedican a choricear móviles, cámaras y carteras a punta de navaja, traficantes, putas disimuladas en los vanos de las puertas, lejos del neón de los clubs de carretera, de las de toda la vida, tabernas flamencas, cuevas llenas de japoneses en trance a los que se les roba ceremoniosamente y se les da cante en vena, de traficantes de hachís, de libaneses, sirios, marroquíes, argelinos, turcos, irakíes que deben sentirse como partícipes de una supuesta Reconquista a la inversa, de ingleses a lo Gerald Brenan un poco despistados, haciendo estudios antropológicos sentados en una terraza de San Miguel Bajo, de músicos callejeros amadrinados quizá por alguna nueva rica que acaba de instalarse en un carmen con jardín lleno de cipreses, de restaurantes como la cueva de Alí Babá, de poetas, pintores, escultores, mendigos y señoras de pastelería fina y dedo meñique extendido mientras se toman el café con las amigas. El Albaicín es una ciudad dentro de la otra ciudad, Granada, que se ha convertido en algo tan insustancial como una plantación de bloques de pisos, adosados y chalets devorando la Vega que la circunda. Claro que otras ciudades no tienen la Alhambra, con los guardianes de altas cumbres que son los picachos de la Sierra, ni los Jardines del Generalife, ni el Sacromonte, que es el vecino pobre del Albaicín, con sus cuevas habitadas por hippies dicen que trasnochados –todo lo que no sea vivir con hipoteca está trasnochado, por lo visto- ni el Paseo de los Tristes siguiendo el curso del río Darro, ni la calle Calderería, que baja desde la Iglesia de San Gregorio, reventona de teterías y tiendas de especias, verdadero zoco de la parte baja de este pequeño reino de Taifas. El Albaicín es el encanto de lo histórico al margen de una ciudad histérica y en quiebra permanente que ya solo sueña con el Ave; el dédalo de sus callejuelas empinadas, de sus plazas recoletas, de sus muros coronados de esquirlas de vidrio que celan patios donde crecen los cipreses, los castaños, los robles, los pinos, la hiedra, la buganvilla, la celindonia, el magnolio, las rosas, los álamos, la música que de pronto llega en ráfagas al torcer una esquina, a cubierto del viento gélido de Sierra Nevada, un nocturno de Chopin, un estudio de Brahms, una sonata de Schumann, o incluso un solo de trompeta de Chet Baker, un arpegio que se mezcla con el contundente aroma de unos huevos fritos con migas y chorizo. Sublimidad de la música, sublimidad de lo terrenal. Lírica de los huevos fritos con migas y chorizo y las sonatas de Mozart a través de un balcón entreabierto donde se adivinan medias luces, techos artesonados, bibliotecas privadas, tal vez la silueta de alguien cómodamente arrellanado en un sillón con una copa de buen whisky y un volumen de Proust en el regazo. El Albaicín lleva siglos cayéndose a pedazos pero bulle de vida: ha visto correr sangre por sus empedrados y acequias y ha visto las lluvias innumerables del tiempo lavar esas mismas sangres. Ha oído el eco metálico de los alfanjes y las cimitarras y los mandobles y los sables entrechocándose, el paso quedo de una sombra encapuchada que oculta una daga, la voz insinuante de la prostituta desde el vano de una puerta, el eco de un disparo en la noche, el grito de agonía de alguien que yace atado a una mesa ensangrentada; ha oído la lenta carcoma en la techumbre de casonas venerables y chabolas pululantes de piojos y ratas, el craquelarse de paredes y puertas, el retumbar de un trueno sobre las espadañas de las iglesias precedido de un arabesco de rayos en la tiniebla de la noche, las voces de los pregoneros, los vendedores, los aguadores, los afiladores. Ha visto al hombre más poderoso de la Tierra asomado al mirador de San Nicolás para contemplar una puesta de sol y ha visto ponerse en sol en los ojos del hombre más triste, también asomado a ese mirador con media botella de vino barato entre sus piernas ateridas de frío. El Albaicín acaso requiere de una morosidad proustiana para ser descrito, novelado, lirificado, aun en una pequeña parte, porque es infinito. Sus gentes dicen “bajar a Granada” como si se tratase de un sitio más que lejano, ajeno. El tiempo y la luz tienen otra densidad, otra textura. Jeringuillas en las plazoletas, turistas tomando fotos, gitanas de mantilla sorteando charcos en las tardes de otoño, un pintor y su caballete en la Plaza Larga, asediado de terrazas y niños inquisitivos y gritones. El arquitecto en su estudio, inclinado sobre su mesa de dibujo, el ama de casa tendiendo la ropa en una azotea con las mejores vistas de la ciudad, la anciana encorvada, de bastón y luto y ráfaga de orines rancios, que vuelve de la tienda de la esquina bolsa en mano, el camarero alemán, o árabe, o gitano, que pasea entre las mesas cargado de tazas y vasos vacíos, políglota y ojo avizor, el músico que rasguea unos compases y entra en Bob Dylan con una voz mucho mejor que la de Dylan acompañado de un perro pastor alemán de ojos inteligentes con un pañuelo confederado al cuello, la vendedora de romero acosando al foráneo, el carterista que aprovecha las aglomeraciones, la pareja despistada que consulta un mapa bajo un arco mozárabe, la imponente y abrupta y bellísima panorámica de la sierra que duele en el corazón del poeta que pasea como un mendigo anónimo recolectando monedas de luz acuñadas en sombra. Inaprehensible, tornadizo y eterno. Eso es el Albaicín/Albayzín. Eso en lo que uno siempre se queda corto a la hora de dar unas breves pinceladas, como al tratar de recuperar la luz de los amores idos de las atroces ciénagas del tiempo.
miércoles, 16 de junio de 2010
EL MUNDIAL DE FÚRBOL, O MERIENDA DE BLANCOS
Debo ser el enésimo plumífero que se atreve a asperjar unas gotas de vitriolo sobre el magno acontecimiento que estos días se está llevando todas las cuotas de pantalla –y de neuronas supervivientes- del país: el mundial de fútbol en Sudáfrica. Imagino que no estarán jugando en los townships, esos infinitos y laberínticos arrabales de chabolas entre mierda, fango, cadáveres de ratas, serpientes, tarántulas, basura y otras cosas exquisitas, de las que perfuman el tocador de la tía Gloria, la de los collares y la alacena modelo refugio antiatómico y los mil euros mensuales en cremas tonificantes. Debo ser, sí, el enésimo cronista del absurdo que se lanza sin complejos a la piscina: que sin panem et cicenses, que si tal que si cual, Pascual. Total: el país está tan bien, en manos tan solventes, que para qué preocuparse de sacarlo adelante. Primero el ocio y luego el negocio, que como es de recibo, hay que dejar en manos de papá Estado, mientras los niños y las niñas se sientan hipnotizados ante el televisor para evadirse de realidades ingratas y atrabiliarias que producen indigestión a los que han conseguido comer ese día (a otros no los atienden en Cáritas o el párroco les niega ayuda porque la niña, que no tenía para condones, se ha quedado embarazada: cosas de la crisis). Y es que la cosa está muy mala, que dicen los castizos y los del canal Intereconomía, esos que se quejan de sufrir un complot por parte de los medios de izquierda: me pregunto a qué izquierda se referirán, si en realidad hoy en día todo es derecha neoconservadora y ultraliberal, incluyendo a los sindicatos, que ya no negocian otra cosa que la cantidad de vaselina a utilizar por los trabajadores a la hora de la siempre bienvenida sodomía empresarial. No, hombre, no: cómo nos van a quitar el fútbol/fútbol, patrocinado y pagado con un hermoso tanto por ciento de los beneficios que el ciudadano medio se deja en cervezas o telefonía móvil. Es usted un fascista y un moralista y un reaccionario, don Miguel. Que hay que aprovechar estas tardes tan fresquitas de junio en que no hay ni moscas en la calle para zambullirse en la gloriosa marea roja de la selección española de fútbol, que la parienta está muy jodida y los niños insoportables porque no hay dinero para una nueva PlaySatation, y mire usté, ya no me llega para un coche más grande que el de mi vecino, porque resulta que me he quedado en paro. Lo cual que me voy a zampar todos los partidos del mundial antes de que tenga que vender la tele de plasma para emigrar a Dubai y trabajar construyendo rascacielos por 600 euros al día, como dijo ese buen hombre al que detuvo la policía por incomprendido, ya sabe usted que lo que sale en la tele va a misa, don Miguel. De modo que dedíquese a lo suyo, que es releer al Plutarco ése, y déjenos disfrutar hozando como cerdos en la inmundicia de este mundial de ricos que se celebra en un país donde a los jugadores no se los meriendan los negros de milagro, porque tienen cajas fuertes en los vestuarios y van con guardaespaldas. Que lo de la crisis no es tan grave mientras haya fútbol todos los días, y Zapatero es un bendito. No sea usted tan pesao, y tómese una mahou fresquita.
miércoles, 9 de junio de 2010
ARTISTAS ENGAGÉS (CON AMERICAN EXPRESS)
Qué facil es vivir la bohéme con la billetera reventona de tarjetas de crédito y billetes de 500 y viñedos en el Ampurdán, o Empordá, que diría ese fino maestro de la ironía que fue Josep Pla, el mismo al que Aznar, que decía hablar catalán en la intimidad, no ha leído en su puta vida. Qué facil es que el público -sobre todo el femenino, teniendo en cuenta de quienes hablo- te adore, aunque el recital o bolo de turno lo pague el partido en el poder, sea el PSOE, el PP, IU o El Partido Unificado de Amas de Casa Seguidoras de Belén Esteban (ministra apócrifa de Cultura) y Contrarias al Hombre que es un Guarro Infiel Machista Maltratador Borracho Inmaduro Descreído (PUACSBECHGIMMBID) -suena a password de esas webs de estafadores que pululan por ahí-. Qué fácil es decir Sufro Busho por la doliente, mísera humanidad para la que escribo mis canciones, bien armado de Johnnie Walker pata negra, putas complacientes a 300 la hora y amigos lameculos prestos a recoger las migajas -y los condones usados- del festín, amén la la nieve sobrante sobre un CD de Violeta Parra, y encima presentar candidatura para alcalde de tu pueblo. Qué facil es abrirse de piernas ante el Patio de Monipodio del mundillo literario de los premios concedidos de antemano por los coleguillas que te consideran uno más en el Olimpo cutre de los poetas consagrados, es decir, por los que escriben, como diría Umbral, a cuproníquel el verso, y dictan conferencias minuciosamente refritas -sobre textos escritos cuando no tenían ni pa pipas- en su habitación de hotel de cinco estrellas, para que te chupen bien las almorranas, cuando no otras partes non sanctas, que diría el enterao de un blog cercano. Esa lucidez a prueba de bombas, esa coherencia insobornable, digna de Angelina Jolie y Brad Pitt -o de Zapatero, o del otro, ya puestos-, ese compromiso social a base de champán y ostras y ediciones de lujo, esos abrazos a Fidel Castro o a Jordi Pujol, esa impunidad a la hora de partirle en la cara un vaso de whisky a una admiradora que solamente quiere un autógrafo y que probablemente se habrá gastado una pasta en discos de los susodichos, comparable a la de tanto hijo de puta que anda suelto, y respetado, y si me apuran hasta elegido democráticamente en las urnas de ste país de cernícalos, mamarrachos y navajeros hijos de su madre, muerta de vergüenza a los 56 años de edad. Estafadores de lujo, comparables a los dueños de constructoras de tantas casas que se les caen encima a sus compradores después de haber hipotecado hasta las bragas de sus bisnietas, quienes probablemente tendrán que meterse a hetairas de lujo para acabar de pagar un amasijo de ruinas -eso sí, con vistas al mar-, al comisario jefe de la brigada antinarcóticos, vulgo estupas, que se construye unchalet de un millón de euros con jacuzzi y lumis incluidas, además del correspondiente bmw blindado -seguro que todo eso sale de su sueldo de funcionario-, a la directora de geriátrico en cuyas manos cae un señor con Alzheimer o sencillamente con miedo a que lo usen de cenicero los celadores, o lo envenenen las cocineras, o lo encierren a oscuras atado a a una cama privado de agua y comida hasta que se cague encima de miedo, o la diñe directamente, lo cual puede evitar firmando "unos papelillos, puro trámite, don Jesús", que lo dejarán más pelado que la mojama y probablemente tirado en un banco de la Plaza del Copón Bendito. Estafadores comparables a los de las grandes corporaciones alimentarias que se ponen de acuerdo en subir los precios de cosas como el pan o los huevos o la leche o el pollo y luego nosotros no tenemos nada que ver, es que la materia prima, es que el petróleo, es que es que, y perdonen ustedes, y el personal, que ya andaba bien jodido por el culo, descubre el inigualable privilegio de que le metan una polla por la boca a la hora de ir al supermercado. Estafadores comparables a los bancos, que te cobran hasta por estornudar en un cajero automático y nunca cometen errores, nunca se equivocan, siempre funcionan con solvencia, con eficacia, con imparcialidad, tengas 3 o 33 o 333.000.000 de euros.
Estoy hablando de gente que forma parte de la banda sonora de muchas vidas, que son maestros en su oficio, que incluso -se puede decir- han guiado la forma de pensar y de vivir de mucha gente y han moldeado una cierta manera de sentir, percibir, contemplar la realidad. Estoy hablando desde la rabia y la nostalgia anticipada de saber que el tiempo devorador, que decía Shakespeare, acabará inapelablemente por arrebatárnoslos, aunque su música, sus letras, sigan ahí. Estoy hablando de gente a la que admiro a pesar de todo. Estoy hablando de alguien que nos echó a todos de un bar de Granada para alquilarlo por una noche para él, sus músicos, sus camellos y sus lumiascas, lo cual está muy bien; pero es que que yo disfrutaba de la tan cantadísima libertad de tomarme una copa donde me diera la gana, y aquel gesto se pareció más bien a un ademán fascistoide. Quod erat demonstrandum. Y son los mismos que luego se cabrean, tal como está el patio, porque la gente se ha aficionado a bajarse sus obras de Internet. No se puede estar en misa y repicando. No puede cagarse uno en el dinero, en la mercadotecnia, en las discográficas, en el capitalismo en general, y luego pagar una ronda en el bar del Palace o de Maxim´s con American Express Platino. La misma que te ha proporcionado un océano de gente que te admira y te respeta. Y hasta te imita.
Estoy hablando de gente que forma parte de la banda sonora de muchas vidas, que son maestros en su oficio, que incluso -se puede decir- han guiado la forma de pensar y de vivir de mucha gente y han moldeado una cierta manera de sentir, percibir, contemplar la realidad. Estoy hablando desde la rabia y la nostalgia anticipada de saber que el tiempo devorador, que decía Shakespeare, acabará inapelablemente por arrebatárnoslos, aunque su música, sus letras, sigan ahí. Estoy hablando de gente a la que admiro a pesar de todo. Estoy hablando de alguien que nos echó a todos de un bar de Granada para alquilarlo por una noche para él, sus músicos, sus camellos y sus lumiascas, lo cual está muy bien; pero es que que yo disfrutaba de la tan cantadísima libertad de tomarme una copa donde me diera la gana, y aquel gesto se pareció más bien a un ademán fascistoide. Quod erat demonstrandum. Y son los mismos que luego se cabrean, tal como está el patio, porque la gente se ha aficionado a bajarse sus obras de Internet. No se puede estar en misa y repicando. No puede cagarse uno en el dinero, en la mercadotecnia, en las discográficas, en el capitalismo en general, y luego pagar una ronda en el bar del Palace o de Maxim´s con American Express Platino. La misma que te ha proporcionado un océano de gente que te admira y te respeta. Y hasta te imita.
lunes, 24 de mayo de 2010
UN GENTLEMAN INGLÉS, O LA VENGANZA DE LA LANGOSTA THERMIDOR
Se me aparece en el recuerdo como una especie de mezcla entre Chesterton y Charles Laughton, pero en más guapo. Corpulento, vestido con ropa de marca muy veraniega, el vello cano en los brazos morenos y fuertes, impecablemente afeitado, oliendo a loción cara, de tres cifras, rolex de titanio en la muñeca, casi siempre acompañado de su mujer, de la que no recuerdo el nombre, pero sí que más que alcohólica era directamente cirrótica, por eso que irónicamente puede llamarse justicia poética, o exacto contrapunto huxleyano: una especie de espantapájaros caquéxico al que el aliento le apestaba a alcohol incluso desde antes de levantarse, y que picaba entre bebidas, como quien dice. Podía permitírselo: su marido, este gentleman inglés, era uno de los reyes de la comida congelada en su país. No menos de siete Visas Platino, American Express, Mastercards Oro, etc, adornaban coloridamente su billetera, siempre reventona de billetes. Se llamaba Dennis. Un conocido mío tenía la vaga idea de que aquel paquidermo canoso y dicharachero –todo lo dicharachero que puede ser un inglés de los Midlands- estaba interesado en invertir en negocios en España; concretamente, montándole a él un restaurante para que se lo llevara, y así poder mandar a la mierda al jefe para el que trabajaba, en un puerto muy conocido de Baleares, y en cuyo restaurante conoció por casualidad a nuestro gentleman. Este humilde cronista fue invitado a su mesa por sus conocimientos de inglés, que sorprendieron mucho a aquel lector contumaz de su paisano Shakespeare, a quien no conocía ni de oídas en la escuela. Su expresión era de una como ironía hierática; era sardónico, certero, directo. Contra un fondo de yates fondeados más allá de las mesas, del paseo marítimo y de las brigadas de borregos de bermudas y gorrita preceptivas en cualquier puerto mediterráneo, era de ver a aquel probo ciudadano británico comiendo dorada a la sal a dos carrillos mientras su pobre mujer daba buena cuenta de las reservas de vino blanco de la casa, que mi conocido iba extrayendo concienzudamente de varios tetrabriks y enfriando, ya embotellado, en las cámaras frigoríficas de la cocina. “This is an excellent wine”, decía la desgraciada, a quien no era difícil adivinarle el porqué de su alcoholismo inveterado.
Por contemporizar, por echar una mano a mi conocido, me tragué varios exabruptos, es decir, opiniones sinceras sobre aquel sujeto. Ahí quedó casi todo. Uno de tantos, ininteresante, que no paraba de alabar las virtudes del trabajo duro –sus manos desmentían taxativamente tal aserto, dado su buen estado-, de la constancia, el ahorro, la diligencia, la sagacidad y la honradez. Pero lo mejor vino varios días después, cuando me lo crucé en el puerto de Es Castell; paseaba solo y se lo veía un punto sombrío. Educadamente le pregunté por su mujer; educadamente me contestó que no se encontraba muy bien; educadamente me invitó a “unas tapas”, y educadamente acepté, entre otras cosas porque tenía hambre y poco dinero, aunque no me apetecía en absoluto la trivialidad revestida de falsa seriedad que su conversación prometía. Atardecía sobre la cala cuando nos sentamos en un restaurante y las tapas acabaron por convertirse en una suculenta cena a base de langosta, jamón y blanco de Rueda. Y casi llegó a caerme simpático cuando le pregunté, como quien no quiere la cosa, cuál era su ideología política. Le atizó un trago a su whisky –estábamos ya en los postres-, y dijo, casi sonrojándose:
-Yo soy del partido que me dé de comer.
Y me acordé entonces de los idealistas de la política, que ya casi no abundan en España, de la frase de que en todas partes cuecen beans, y de la puta madre de la langosta, una de cuyas pinzas casi me parte un diente al intentar romperla, dejándome una esquirla dolorosamente clavada en un rincón inaccesible de mis encías. “Esto te pasa por sentarte a comer con un pragmático”, creo que pensé.
Por contemporizar, por echar una mano a mi conocido, me tragué varios exabruptos, es decir, opiniones sinceras sobre aquel sujeto. Ahí quedó casi todo. Uno de tantos, ininteresante, que no paraba de alabar las virtudes del trabajo duro –sus manos desmentían taxativamente tal aserto, dado su buen estado-, de la constancia, el ahorro, la diligencia, la sagacidad y la honradez. Pero lo mejor vino varios días después, cuando me lo crucé en el puerto de Es Castell; paseaba solo y se lo veía un punto sombrío. Educadamente le pregunté por su mujer; educadamente me contestó que no se encontraba muy bien; educadamente me invitó a “unas tapas”, y educadamente acepté, entre otras cosas porque tenía hambre y poco dinero, aunque no me apetecía en absoluto la trivialidad revestida de falsa seriedad que su conversación prometía. Atardecía sobre la cala cuando nos sentamos en un restaurante y las tapas acabaron por convertirse en una suculenta cena a base de langosta, jamón y blanco de Rueda. Y casi llegó a caerme simpático cuando le pregunté, como quien no quiere la cosa, cuál era su ideología política. Le atizó un trago a su whisky –estábamos ya en los postres-, y dijo, casi sonrojándose:
-Yo soy del partido que me dé de comer.
Y me acordé entonces de los idealistas de la política, que ya casi no abundan en España, de la frase de que en todas partes cuecen beans, y de la puta madre de la langosta, una de cuyas pinzas casi me parte un diente al intentar romperla, dejándome una esquirla dolorosamente clavada en un rincón inaccesible de mis encías. “Esto te pasa por sentarte a comer con un pragmático”, creo que pensé.
DE MAÎTRES IBICENCOS Y OTRAS ESPECIES MORISCAS
Normalmente suele uno encontrarse a estos especímenes algo cabizbajos, casi menguados, entre la general algarabía de los bares del pueblo, apurando un resto de cerveza calentorra o un cubata furtivo, del mismo calibre de los que se bebían con quince años, que probablemente no hayan podido pagarse siquiera, aunque nunca se sabe y en todo hay excepciones y en algunos sitios se cuecen más habas que en otros. O a la sombra prácticamente inexistente del parque, solitarios, ensimismados, contemplando con nostalgia las botellas vacías en las papeleras, fumando el penúltimo cigarrillo antes de volver a una casa inhóspita donde aguarda, con suerte, una improbable mujer o unos hijos que contribuyen a la ruina familiar con su particular ruina de licenciados sin trabajo u obreros víctimas de la crisis en la que nos han metido los siete magníficos hijos de puta de siempre, sean de Moncloa, la Casa Blanca o la Banca Morgan. Son los grandes nostálgicos de épocas que nunca existieron, aquellos gloriosos días en que eran emigrantes en Ibiza y tenían el sagrado privilegio de atender, en calidad de camareros o cocineros, a bellas extranjeras de piernas tostadas y delicuescentes y a poderosos ricachones con reloj suizo de oro en la muñeca y yate abarloado en el muelle; aquellas gloriosas temporadas en que sudaban la gota gorda, anónimos y malolientes entre las blancas multitudes abigarradas de la isla ibicenca, apurando cervezas que casi no podían permitirse en los bares de moda, hediendo a sudor de cocinas y brillantina apresurada frente a un espejo de cuarto de personal, antes de recoger los bártulos, incluyendo a la mujer y los niños pequeños, y volver a la sagrada miseria familiar del pueblo, que en este caso es La Puebla de Cazalla, provincia de Sevilla. Son los reyes apócrifos de la caldereta de langosta que se zumban, en realidad, los políticos, y que ellos rara vez tuvieron la suerte de catar: tal vez los que acabaron dedicándose al tráfico de drogas sí, pero no el común de ellos, el que te larga, en la barra del bar de la esquina pululante de moscas –empieza el verano andaluz de cinco meses y medio que a este humilde cronista toca tanto los cojones- o a la sombra propicia de una palmera raquítica, cerveza o porro en mano, que en realidad ha sido maître durante muchos años. Nadie ha sido camarero, freganchín, albañil o pescador en Ibiza de entre todos los emigrantes de la Puebla de Cazalla. Todos han sido maîtres. Nadie ha sido puta antes que fraile recluido en las listas del paro. Tal vez deberían cobrar, aventuro humildemente, un subsidio de la Junta por dar constructivas charlas a los chavales que van al parque a escuchar música a todo trapo mientras se ponen ciegos de alcohol barato sobre la magnificencia de un puesto de trabajo en Baleares. O ir a ver al alcalde y a sus concejales y ofrecerles sesudas conferencias, que podrían ser retransmitidas en directo por la televisión local, sobre la ética laboral, honestidad en el trabajo y amplia experiencia, en seis idiomas, del tito Curro, que ahora no encuentra quien le dé chamba ni recogiendo ajos y al que ya no le fían en el bar. Que para algo son maestros. Digo yo.
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