miércoles, 16 de marzo de 2011

EL TORO DE INTERECONOMÍA Y LA FIESTA NAZIONAL

Lo de identificar España con la efigie del toro manda cojones, como si en este país, ya que se trata de eso, no existieran figuras como Cervantes, O Paco de Lucía, o Séneca, o Velázquez, o incluso Marianico el Corto. Es uno más de los muchos discursos surrealista/folklóricos de una derecha delirante, aceradamente empeñada en la existencia de complots –no sabemos si judeomasónicocomunistas- contra la integridad nacional, cosa que a este humilde cronista, ácrata ferviente y a la vez orgulloso defensor de la cultura en lengua española –lunfardo incluído- toca bastante los cojones. ¿Otra vez el rollo de España como unidad de destino en lo Universal, con pestazo mefítico a brazo incorrupto de Santa Teresa, régimen nazicatólico avant la lettre, cerrado y sacristía y paredón para los desafectos al régimen que defienden personajes como Jiménez Losantos y César Alonso de los Ríos y otros ilustres tertulianos encorbatados? Naturellement, mes amis. “Losantos es un fenómeno”, dice alguien anónimo en un mensaje. De eso no cabe la menor duda: un fenómeno de feria. El Hombre Elefante de la derechona dura, esa que gusta tanto a la Iglesia Católica de toda la vida, la de los autos de fe, la que pactó con Hitler, la misma que de tener cierto grado de poder –aparte del de petarle el culo a los niños con la venia de sus superiores- probablemente llevaría a cabo una limpieza ideológica de órdago, a sangre y fuego y mazmorra, como en los buenos viejos tiempos de Torquemada.

El toro ibérico como símbolo aglutinador de todo un país que es precisamente más rico no por supuestos afanes de unicidad, sino por su variedad geográfica y cultural, desde las costas de Finisterre al Cap de Creus, desde Cádiz a Fornells, desde Irún a la isla de La Palma. Por no hablar de lo que realmente nos vertebra, en el sentido orteguiano: el idioma. Desde Seattle a Pekín, desde Tromsö a Punta Arenas. Una cultura heteróclita, efervescente, tentacular, poliforme, inmortal como algunas de sus predecesoras, consecuencia de la lenta decantación de múltiples mestizajes, de vocación mundial y largo aliento histórico, etnográfico, filológico y filosófico, que a estos cenutrios de mente más corta que un suspiro parece molestar, cual patada en los cojones, mientras se beben unas cañas en un debate televisivo (al menos la idea es original, graciosamente castiza, dejando a un lado la caspa). España es mucho más que la efigie simbólica de un toro bravo. Hasta el perfil de Quevedo les hubiera quedado más digno. Están, como siempre, perdidos en las alcantarillas de la historia, chapaleando en la mierda como ratas rabiosas, de discurso apocalíptico y pseudopatriotero y salvapatrias (no recuerdo quién dijo aquello de que el patriotismo era el último refugio o recurso de los infames: cito de memoria y a vuelapluma), demonizando a una izquierda que, por cierto, tampoco es un modelo de probidad ni de coherencia ni de honestidad (chorizos hay en todas partes), pero que tampoco creo que tenga nada contra los toros. O contra el Toro, con mayúscula. El mismo que ahora pace en las muy políticamente correctas y saneadas y fértiles dehesas de la burocracia de la Unión Europea sin decir literalmente ni mu.

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