domingo, 10 de abril de 2011

EL ABUELO FRANCISCO Y OTROS FAMILIARES

De mi abuelo Francisco, el de la Puebla de los Infantes, que al decir de algunos había sido un gigante despótico aficionado al vino y a las cartas, no conservaba yo demasiados recuerdos; había muerto atenazado por la diabetes y la ceguera, sin piernas, en una silla de ruedas verde que yo solía empujar a veces calle arriba, en un traqueteo casi fuera de control, hasta el bar de Julián, que en tiempos le había pertenecido a él, y donde lo dejaba aparcado frente a una frasca de vino áspero, rumiando la amarga frustración de no poder ver nada mientras viejos o no tan viejos conocidos y parientes se echaban un dominó o una partida de cartas y mi abuela Pilar se quedaba en la casa, tal vez preparando la comida o cosiendo alguna cosa con sus pequeñas manos regordetas y estropeadas o charlando con la vecina, Eusebia Jiménez, a la que a estas alturas, de seguir con vida, tal vez hayan canonizado los prebostes del Vaticano. Supongo que, como tantas otras beatas recalcitrantes, tendría sueños eróticos con un Jesucristo de larga melena y barba y piel atezada, curtida de calvarios, al que chuparle los dedos de los pies y otras partes menos sanctas de su anatomía.
Mi abuelo era un ser tronante, brusco, muy de campo, con aliento a cebolla cruda y tinto, completamente calvo bajo su sempiterna gorra de paño, que llamaba “niña” a mi abuela, que ciertamente tenía una estatura de proporciones infantiles y de la que se decía –o tal vez yo pudiera haberlo visto con mis propios ojos en alguna vieja fotografía sepia de las que había arrumbada por los cajones y las cómodas- que había sido muy guapa, como una figura de porcelana a la que la vida hubiese acabado maltratando como acaba por maltratarnos a todos, pero que conservaba una vitalidad de hierro. Era lo más opuesto a mi otra abuela, Eloísa, que pudiera concebirse, algo que durante mi infancia, de alguna confusa manera, yo ya había percibido, como percibía que aquella vieja casa de pueblo, con su desván lleno de cajas destripadas, baúles y muebles que habían pertenecido a mis padres durante los cuatro o cinco años que estuvieron casados, no tenía nada que ver con la inmensidad de la casa de mi abuela en Granada; como percibía, también, que la gente de aquel pueblo, sus modales, su fisonomía, su acento, eran diferentes: todo lo era. Los olores, los sonidos, la luz en las calles, las proporciones de las cosas, los rebaños de ovejas que pasaban todas las tardes frente a la puerta de la casa con un tintineo de esquilas pespunteado de balidos, el olor de la leche que nos vendían los vecinos del número 17 y mi abuela hervía cada tarde, la costumbre de sentarse en sillas a tomar el fresco en la misma acera, los vecinos o parientes que entraban y salían de la casa. En Granada, los vecinos y parientes no entraban en casa con aquella espontaneidad campechana, sino que más bien parecían ser recibidos después de solicitar audiencia, con toda la grave ceremoniosidad que exigía un protocolo no escrito, salvo cuando el apellido era Rodríguez Acosta, que en aquella época –no sé hoy en día-, no sólo abría las puertas de las casas, sino también la de los bancos, los despachos oficiales, el Obispado, los burdeles y todos los ojos del culo de la ciudad. En La Puebla de Los Infantes, mis primos y primas venían a verme con naturalidad, a jugar, a invitarme a pasear o a comer a sus casas, incluso a pescar en el pantano del Retortillo, y yo me sofocaba de timidez, como el pequeño burguesito descolocado que era en aquella esquizofrenia de cambios de domicilio y vacaciones interminables de verano, de Navidad, de Semana Santa. No es que fueran dos mundos diferentes; eran dos planos diferentes de la existencia por los que yo transitaba con la mansedumbre de un niño de corta edad más aficionado a los libros y cómics de Tintín, Astérix y Obélix, Mortadelo y Filemón, que a la vida social. El trato con otros niños me ponía nervioso, era como una amenaza. A todos les gustaba jugar al fútbol, y yo lo odiaba, y cuando me invitaban a jugar siempre acababan diciéndome que era malísimo, y me sentía el ser más torpe y desdichado del mundo –yo entonces era gordito y de estatura por debajo de la media y las niñas nunca parecían fijarse en mí, aunque en realidad yo casi nunca me fijaba en ellas. Es mucho más tarde cuando las mujeres pasan del status de extraterrestres, a secas, al de extraterrestres más o menos previsibles, pero por aquel entonces, evidentemente, yo ni siquiera sabía todavía lo que es hacerse una paja-. Creo que hasta mi padre, al que por entonces veía poco porque trabajaba en Sevilla, me consideraba un tanto especial. Intentaba inculcarme su pasión por el Betis con la dedicación con que un maestro trata de inocular un alumno remiso su pasión por la cultura, pero todo era en vano. El fútbol me aburría, y sigue aburriéndome, como sigue alucinándome el comentario que un día, ya en mi adolescencia, me hizo mi padre, no sé hasta qué punto iluminado por los gin-tonics de la sobremesa, un día que vino a vernos a Granada y nos llevó a comer o a cenar en el Restaurante La Manigua: “A mí me hubiera gustado que fueses futbolista.”
Por supuesto, no supe qué responder. A los catorce o quince años, yo vivía más recluido que nunca en mi mundo, abstraído en escribir relatos de espada y brujería y dolientes poemas dedicados a o inspirados por la soledad, que suele ser la musa exclusiva y excluyente a esas edades para los chavales retraídos y poco espabilados todavía en las artes del trato social, el ligue, el pandilleo y la litrona y los cigarrillos fumados a escondidas. Mi madre, mi hermana y yo nos habíamos mudado a un piso de techos altos y ventanas desvencijadas por los años y las sucesivas capas de pintura en la calle Concepción, junto a la Plaza de Mariana Pineda, más conocida por la Plaza de la Mariana, a la que pocos años después dedicaría una canción en la que la describiría como calle vieja y estrecha/ larga sucia y sombría. Yo había empezado a ir al Instituto Generalife, que quedaba en mitad de lo que por entonces todavía era la Vega, en los aledaños de una Granada en la que por entonces empezaba a perpetrarse el despropósito urbanístico que es hoy en día: las obras de la autopista de Circunvalación estaban todavía en pañales y pasaban a unos cincuenta metros escasos de los edificios de ladrillo rojizo donde acudíamos a clase. A mi hermana, que por entonces ya apuntaba un carácter más bien explosivo, la habían metido en un colegio de monjas del Realejo, cerca de nuestra nueva casa, y la casa de mi abuela Eloísa había desaparecido de nuestras vidas para siempre, malvendida a una familia de Málaga de apellido muy conocido que entre otras cosas se había enriquecido vendiendo la ginebra con la que mi madre aliñaba sus gin-tonics. A pesar del secretismo con que habían decidido llevar todo el asunto, al final averigüé la cifra de la vergüenza que mi abuela se había visto forzada a aceptar: treinta millones de pesetas de mediados de los años ochenta, ni la tercera o cuarta parte de lo que aquella propiedad valía realmente, y que apenas le dieron para comprarse un chalet en las afueras, cerca de un restaurante donde llevábamos yendo a comer toda la vida que se llamaba Las Conejeras, en el repecho de los desmontes que constituían la trasera de aquellas urbanizaciones, al final de un camino sin asfaltar que acababa internándose entre los montes salpicados de vides, pequeñas parcelas, secarrales de tierra rojiza y pinos raquíticos que son como el prólogo de Sierra Nevada. Mi tía María José, la más joven de mis tíos por esa rama familiar, y su hijo Christopher, vivían con ella, y mi abuela solía coger su Dos Caballos color crema cada tarde para llegarse hasta el bar Sugar, en la Avenida de Cervantes, a dos pasos de su viejo hogar, para ahogar en whisky la soledad, la frustración, la rabia, el asco, la fatalidad, la mansedumbre desesperanzada con que se había visto a aceptar la pérdida de toda una vida, o de todo un estilo de vida. Con la muerte de Alfredo de Federico, con el que se había casado in articulo mortis pocos meses antes de que el hombre la diñara en la misma cama en la que dormía mi abuelo Ángel, mi abuela había descubierto las delicias de compartir con el resto de la familia de Federico el usufructo del tercio de no se sabía qué propiedades, o acciones, que habían pertenecido a aquel matasanos que parecía disfrutar alanceándome con inyecciones de caballo cada vez que llegaba el invierno y la gripe decía Hola buenas. Con aquella miseria no había posibilidad de seguir manteniendo la casa; el mismo hombre que durante casi veinte años había sido su pareja de hecho, o de cohecho, a espaldas del mundo, el mismo hombre que había sufragado gastos y aleccionado a sus hijos para que estudiaran tal o cual cosa y se forjaran un porvenir a la altura de la prosapia burguesona de la familia, el mismo hombre que cada atardecer, o casi cada atardecer, llegaba en su Citröen ZX y aparcaba en jardín a la sombra de los espesos muros de hiedra que nos aislaban del mundo, parsimonioso, ceremonioso, para cenar en casa; el mismo con el que yo había jugado a la canasta todas las tardes durante unas vacaciones en Marbella de las que volví torrefacto de sol y playa y opinaba de mí, a mis espaldas, que era algo así como otra versión del repelente niño Vicente –al fin y al cabo me pasaba la vida devorando enciclopedias y mis notas, en todos los colegios a lo que había ido, eran siempre las mejores-, el mismo hombre al que mi padre, cuando había habido relación entre ellos, se llevaba, junto a mi abuela y a algunos de sus hijos y hermanas, de vacaciones pagadas a Torremolinos –aunque según mi madre y otras malas lenguas diversas mi padre aprovechase aquellas coyunturas para sacarle pasta a don Alfredo-, ese mismo hombre, digo, se había limitado a irse de este perro mundo dejando tirada a mi abuela, en todos los sentidos, y sobre todo dejando que descubriera secretas miserias, sordideces ocultas, dineros que no eran tantos como el sátrapa peliblanco se había pasado la vida aparentando que tenía, acciones en bolsa que apenas daban para pagarse un whisky de amargura en el bar de Manolo, el Sugar, aquel cuartel general u oficina oficiosa de la familia, y propiedades que al final habían acabado pasando a manos del hijo o los hijos de don Alfredo.
Siempre me he preguntado por qué, de entre los hermanos de mi abuela, nadie hizo nada para evitar lo que en el fondo para ella era un auténtico desastre, aunque los que nunca hemos tenido nada podamos permitirnos el lujo de reírnos casi treinta años después porque nos parezca que, al fin y al cabo, no es para tanto, que hay tragedias infinitamente peores que las tragedias burguesas, que al fin y al cabo no suelen pasar de ser tragedias inmobiliarias en las que las buenas familias de carcamales podridos de dinero que solían venir a almorzar o a tomar café o a inyectarse en vena varios lingotazos de Chivas a la sombra del nogal del jardín mientras los niños chapotean en la piscina dejan, sencillamente, de hacer acto de presencia, aunque de vez en cuando llamen para felicitar la Navidad o acudan a la boda de Fulano, si es que acuden, como los ínclitos Rodríguez Acosta, de los que me pasé la infancia oyendo hablar no sé si con la malsana envidia de los venidos a menos –es duro cambiar el Chivas por el Dyc a ciertas edades-, o con la reverencia del que está presto al halago a la hora de pedir prestados unos miles de duros para poder pagar un apartamento en la Carihuela. Nadie, ni mi tío abuelo Fernando, arquitecto, ni mi tía Fernanda, a la que a pesar de su acento nasal e impostado de Madrid se le veía a leguas el pelo de la dehesa e iba por la vida presumiendo de status y fotos en el Hola junto a Pitita Ridruejo, o Nati Abascal y otros figurones de la jet patria, o un Antonio Gala que todavía no había ganado el Planeta pero ya era más que conocido e ídolo de señoras aficionadas al teatro –luego acabaría por convertirse en best-seller para marujas, lo cual tiene mérito amén de cojones en este país, dicho sea sin ironía-, ni mi tío abuelo Enrique, aquel Popeye el Marino maricón y fascista que quiso mostrarme las virtudes del amor a la patria sacándose la polla de los pantalones una tarde en la Sierra de hacía unos años, ni Sofía, por entonces abogada y luego jueza, ni nadie, absolutamente nadie, ni siquiera su hija Gloria, que trabajaba en la banca y se había casado con Alberto Alonso Lobo, un asturiano listo con una espantosa habilidad para medrar en las ciénagas y trastiendas financieras, había hecho nada para evitarle a mi abuela tener que abandonar su casa de toda la vida con casi sesenta años y sin un duro –o lo que ellos consideraban que era no tener un duro- en el bolsillo. Nada, aparte de parchear un barco que se iba indefectiblemente a pique. Es traumático, insoportablemente traumático y duro, como ya he dicho, cambiar el Chivas por marcas de whisky más pedestres y el jamón de bellota por el jamón cocido.
Le discret charme de la bourgeoisie, que diría ese pirata filomarxista y burgués que fue Luis Buñuel.



Pero entonces, a pesar de la evidente decadencia económica de la familia –una familia que lleva décadas de decadencia económica, por lo visto, aunque algunos de ellos naden en billetes y no hayan sabido en su puta vida lo que es trabajar de verdad, a pie de calle, o de barra, o de obra, teniendo que empeñar hasta el reloj para comerse un bocadillo- yo quería, prefería vivir perfectamente ajeno a todo aquello, en mi mundo de juegos de rol –me pasaba la vida haciendo de Dungeon Master para mis entonces más recientes amigos, Rafa Navarro, Carlos Chávez, Christian Carrasco, Francisco Blanco, Abraham El Loco, Agustín El barbas, y otros que irían apareciendo en mi vida con el correr del tiempo, a medida que yo iba espabilándome y sustituyendo las carpetas donde guardaba el juego de Dungeons & Dragons por lecturas de Hemingway y Bukowski y las tardes interminables a solas conmigo mismo entre tebeos y novelas de Conan el Bárbaro por la primeras juergas-, aislado en mi cuarto, escribiendo a pluma en cuartillas lo que soñaba serían inmensas, definitivas novelas fantásticas a la altura de las creaciones de Tolkien o Stephen King. Si algo he de agradecerle a mi madre fue que siempre alentó en mí el amor por los libros, por el jazz, por la música clásica. Tenía una biblioteca bastante bien surtida en la que abundaban los libros de Historia, las novelas, los ensayos (ella se había especializado en Historia Medieval); allí fue donde descubrí a Lawrence Durrell, a Proust, a Francisco Umbral –recuerdo que me hacía pajas leyendo su novela La bestia rosa-, a Sartre, a Ionesco, a Sade, a Isaac Asimov; allí fue donde empecé a conformar el ecléctico batiburrillo, el sagrado caos según Rimbaud que acabaría por cimentar el sustrato de la cultura que me acompañaría, y me acompaña, y me acompañará mientras me queden fuerzas, ganas y ojos. La lectura, la escritura, las incursiones en librerías donde me inundaba el vértigo luminoso, la mareante variedad inabarcable de títulos y autores y de las que solía salir bastante frustrado, porque casi nunca tenía dinero, como es lógico (y no fue hasta años más tarde que descubrí las bibliotecas públicas, no sé si por pura pereza de niñato malcriado o por el terror que me daban los trámites de sacarme un carnet de lector). Nunca como entonces he disfrutado tanto de la pasión de descubrir novedades, de forjarme un entramado entre existencial y cultural; nunca como entonces ha sido tan intensa la satisfacción de llenar páginas y páginas de escritura apretada, de pasarme horas soñando con vivir de la literatura algún día, de que mi familia –entonces podía llamar familia a lo que me rodeaba, ahora ni sé- estuviese orgullosa de mí, de salir en los manuales de literatura como Antonio Muñoz Molina, de quien me madre me dijo en cierta ocasión que estuvo enamorado de ella, y de quien por cierto había en casa un ejemplar dedicado de puño y letra del Diario del Nautilus: Para Sofía Navarrete, con la esperanza de que este libro le alivie un poco la melancolía, o se acompañe, o se la explique. Lo que entonces era puro amor por la literatura, entendida casi como sacerdocio con el extremismo propio de toda adolescencia, un objetivo en la vida que concebía como lo más loable, casi heroico, a lo que se podía dedicar la existencia en un mundo que ya empezaba a percibir como inconmensurablemente hostil a toda forma de cultura, un mundo lleno de recovecos y pozos de dolor y estupidez, de amargura, de desencanto, de miserias más o menos embozadas o evidentes, todo aquello que pretendía compartir con los demás, se estrellaba indefectiblemente contra la pantalla universal de los cauces de la vida práctica. No se vivía de escribir libros. Yo no era nadie; no era más que un adolescente presuntuoso con la cabeza llena de pájaros, aunque a mí esos pájaros pudieran parecerme águilas reales. “Tú lo que tienes que hacer es estudiar”, me decían, me decían todos en la familia, desde mi abuela hasta mi madre, desde mi padre hasta mi tía Inés, la beata que regentaba en la Puebla de Los Infantes una tienda de ropa junto a mi tío Antonio y que me prestó, un buen día –visto ahora es completamente inexplicable que tales libros existieran en casa de mi tía Inés, aunque fuera encerrados en un armario del piso superior de la vivienda o en cajas en el desván- títulos como El gigante ciego, de Carlo Cassola, o Crimen y Castigo de Dostoievskii. “Tú lo que tienes que hacer es estudiar, niño.” Tal vez fuese por mi creciente dedicación a los libros, a los juegos de rol –como jugaba con gente mayor que yo, algunos incluso veinteañeros, en cierta ocasión en que jugábamos en mi casa (lo cual prefería evitar a toda costa), mi madre irrumpió en la habitación y le preguntó a Agustín El Barbas a bocajarro si es que estaba haciendo proselitismo de alguna secta; por supuesto, aquello hizo que todos se marcharan incomodados, dejándome solas con doña Sofía, que aprovechó para soltarme una filípica de tres pares de narices y prohibirme terminantemente que volviera a reunirme con amigos mayores que yo. Supongo que, años más tarde, mi madre se daría cuenta de que aquello tuvo cojones. Era lo último que podía esperarse de una mujer supuestamente culta, supuestamente inteligente, supuestamente tolerante y muy leída, a la que por lo visto se le ha olvidado el significado profundo de la palabra fascismo-, a todo aquello que no tuviera nada que ver con asignaturas como Matemáticas, o Física y Química, a escribir como loco incluso en mitad de una clase, a mis primeros escarceos con la litrona y el canuto y las chavalas y el anarquismo vital y callejero (aunque por aquel entonces yo no había leído nada sobre el anarquismo), el caso es que la media de mis notas empezó a bajar, aunque siguiesen siendo notas por encima de la media de clase y en Literatura, Historia, Inglés y Ética nadie me hiciese sombra y siguiese teniendo una cierta fama -como siempre tuve hasta octavo de EGB- de empollón. Y entonces fue, lenta, insidiosamente, comenzando el terror. Empezaron las broncas en serio. Empezó la inquietud cada vez que oíamos abrirse la puerta de la calle y los tacones de mi madre resonando en las escaleras. Empecé a oír mi hermana preguntándome si mamá venía cabreada mientras yo cruzaba los dedos esperando justamente lo contrario. Empezaron los gritos, las caras de ajo avinagrado, las bocas torcidas, los castigos, los alientos a alcohol que hasta entonces yo percibía como algo natural en un adulto –también mi abuela olía a whisky en muchas ocasiones desde que yo tenía memoria-, como el olor a tabaco, y que nunca había asociado a aquella violencia verbal, a aquella crueldad psicológica.
-¡Hijo de tu padre tenías que ser, me cago en Dios, ojalá hubiera abortado, ojalá no tuviera que aguantaros a ninguno de los dos, pedazos de mierda, imbéciles!
Debe de ser por joyas como ésta, que tanto mi hermana como yo aguantamos durante años, por lo que me quedo frío cada vez que alguien me llama hijo de puta. Al fin y al cabo soy el hijo primogénito de una perfecta –pero eso sí, muy refinada, elegante, culta y sibarita, amén de borracha- y egocéntrica snob. Comparado con ella, hasta Bukowski es un santo; y aún hoy en día mi familia se refiere a mi actitud ante la vida como típicamente bukowskiana. Tienen auténtica fijación con el pobre Bukowski, aunque la mayoría de ellos parezcan personajes sacados de alguno de sus libros; pero eso sí, en fino. Putas, borrachos, yonkis, cabrones de toda laya, miserables podridos de dinero, hipócritas cornudos. Pero eso sí; con mucha clase. Mucho mundo. Mucha licenciatura. Mucho apellido. Mucho todoterreno. Mucho chalecito. Muchos viajes a Nueva York, a El Cairo, a Roma, a Damasco, a Atenas, a Oslo, a Londres, a Berlín, a Moscú, a Costa Rica, a Brasil. Mucho de todo, pero sin una pizca de bondad, de generosidad. A estas alturas me suda la polla que me llamen bukowskiano. En realidad, me la suda casi todo, y hace ya mucho tiempo que no releo nada de Bukowski, a quien tengo que agradecer, por otra parte, que me desvelara un tanto el misterio de andar por la calle, por la vida, haciendo gala de un cinismo perfectamente salvavidas. Literariamente, prefiero a otros.
Pero sería la hostia que me compararan con mi madre. Eso sí que sería realmente ofensivo. A pesar de epígonos y otras hierbas, Hitler lleva muchos años criando malvas, y mejor no meneallo.

1 comentario:

  1. Joder, siempre callado con tu libro en la mano. Mirando de reojo a tu hermana, bien peinado por tu abuela y con el boton de la camisa hasta arriba con tu rebeca azul marino. Me alegro de volver a verte.

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