domingo, 20 de marzo de 2011

LA CÁRCEL DE LA NOCHE

Me acuerdo de que entré en Los Daneses casi con la inocencia de un Bambi y salí sabiendo todo el latín que no había aprendido ni leyendo a Virgilio. Lo segundo que me dijo el jefe, el dueño, el todopoderoso y ubicuo Antonio Sepúlveda, fue que allí los que no funcionaban iban a la puta calle. Los que se liaban con alguna de las chicas iban a la puta calle, los que se bebieran una sola copa iban a la puta calle, los que llegaran un minuto tarde iban a la puta calle, los que se tomaran a deshoras y sin permiso un café de la máquina iban a la puta calle, los que se pusieran enfermos un solo día iban a la puta calle, los que tocaran una sola peseta de la caja iban a la puta calle. Ya se sabe que la puta calle es básicamente uno de los elementos claves de la economía de mercado. Todo esto en aquel despacho lóbrego, denso de neones blancos y oloriento a tabaco, a miedo, a dinero. Aquel hombre debía de haber puesto a legiones de hombres en la puta calle, y probablemente a alguno que otro en una caja de madera. Sepúlveda era un ex pastor de cabras leonés, tripudo, con papada y bigote, reconvertido en mafioso, podrido de pasta, neurótico hasta la paranoia –probablemente por muy buenas razones-, aficionado a catar a las chicas más aniñadas que entrasen en el club, que no se casaba con nadie y tenía cogidos por los huevos a sus socios, Eugenio Ocaña y Tony el argentino, y al que todos trataban con una mezcla de respeto y terror en estado puro. Solía llevar guardaespaldas, normalmente gente a la que sacaba de la cárcel, expertos en artes marciales a los que se les hubiera ido la mano rompiéndole la cabeza a alguien o aficionados a llevar pipa o a cortarle los dedos a quien no pagase a tiempo sus deudas. Claro que de todo esto me fui enterando poco a poco. Fue mi padre quien me consiguió el trabajo, unos días antes de marcharse a Gran Canaria a trabajar, dejándome solo en aquel tabuco de la calle Gladiolo, y después de haberle dejado a deber como doscientas mil pesetas a un tal José María, un proveedor de bebidas sevillano: el género había ido a parar al bar de un tal Pepe Fernández, un gordo alcohólico y adicto al bicarbonato que había tenido docenas de negocios en la ciudad y se las había arreglado, puntualmente, para arruinarse una y otra vez al estilo pirata, es decir, dejándole a deber dinero a media Sevilla.
Me contrataron como cajero –antes tenían tres registradoras de las que raro era el día en que no faltaba o sobraba dinero- y con la orden terminante de no permitir que nadie excepto yo tocara la pasta. El primer día estaba como un flan. Me sentía como rodeado de fieras sombrías. Los camareros –Gorka, Dani, Pedro y Antonio “El cuervo”- me trataron al principio con la mezcla de animosidad, prevención y frialdad con que se trata a un posible chivato: Sepúlveda me había dicho que en cuanto viera algo raro, lo más mínimo, se lo dijera, y que más me valía que la caja cuadrara al milímetro. Cuando empezaron a entrar mujeres semidesnudas, o semivestidas de modo provocativo, de todos los colores, en aquella sala enorme tenuemente iluminada con neones y luces negras y halógenas, con vallenatos y cumbias y boleros que sonaban en la máquina de discos, y los primeros clientes empezaron a pedir copas, y los camareros a moverse por la barra con una soltura y aplomo desconocidos hasta entonces para mí, tenía el estómago en la boca y al mismo tiempo la sensación de que aquello era como una juerga, o podía llegar a ser una juerga. Algunas mujeres me miraron con curiosidad: yo era nuevo en la casa. Carlos y Miguel, los seguratas, me preguntaron mi nombre y se fueron a la puerta: Carlos era un armario empotrado con rasgos inconfundiblemente agitanados –y hermano además del Cuervo-, y Miguel era un calvo de metro ochenta que estaba como una puta cabra, enloquecido de cocaína y violencia. Todos tenían juicios pendientes, cargos por agresión, cosas por el estilo. Como trabajaba de cajero, me apodaron “El Servired”. Gorka, uno de los camareros, decía ser sobrino de Urtain, el boxeador, y la verdad es que se le parecía. Tenía una nariz de lo más acostumbrada a las hostias. Daniel y Pedro eran malagueños y el primero hacía frecuentes viajes al servicio –advirtiéndomelo siempre como con una extraña especie de prevención, como si alguien le hubiera dicho que era obligatorio comunicarme a dónde iban todos en cada momento- para empolvarse la nariz o darle unas caladas apresuradas a un porro o un cigarrillo. El ritmo, cuando aquello se llenaba de clientes –en una media hora a partir de la hora de apertura- era frenético, punteado de músicas sudamericanas, de canciones repetidas una y otra vez; los chavales servían copas a velocidad de vértigo, me traían el dinero, y yo cobraba y les daba el cambio. El dinero de las copas de las chicas, a las que se les entregaba un ticket, se guardaba aparte, en una cajita metálica. Jorge Aranda, el encargado, que era bajito y con flequillo a lo Beatle y estaba casado, según supe, con una brasileña que había trabajado allí, se pasaba cada dos por tres por detrás de la barra, fumando, para preguntarme qué tal iba todo. A veces, el teléfono blanco que había junto a la registradora sonaba y Paco, el recepcionista, pedía bebidas para algún cliente; otras veces llamaban de la oficina preguntando si Jorge estaba por allí. Jorge aparecía y desaparecía: podía estar en la sala Vip –una barra más pequeña al fondo del club, junto a una de las salidas de emergencia, que tenía reservados-, en recepción, o en la sala, charlando con alguna chica o cliente asiduo o muy conocido. El dinero se amontonaba en la registradora a un ritmo vertiginoso. Yo nunca había visto tanta pasta junta en toda mi vida. Alguna chica se me quedaba mirando fijamente a los ojos mientras chupaba la pajita de su bebida, tratando de provocarme descaradamente, o me llamaba para que me acercara y le dijera mi nombre, y yo me sentía agarrotado por el temor de que en cualquier momento apareciera “El Bigotes” (así apodaban a Antonio Sepúlveda) y me cayera encima la de dios es cristo y me pusiera en la puta calle, que era en lo que aquel señor parecía de lo más versado. Algunas veces cruzaba unas palabras con alguno de los camareros. Antonio, “El Cuervo”, parecía el más simpático de todos. No paraba de decirme que no hiciera caso de nadie y pasara de todo. Aquello primeros días, hasta que puse las cosas claras en una conversación acerca del reparto de las propinas –yo estaba sin un duro-, todos, incluyendo a Jorge, me trataron, como ya he dicho, como si yo fuera el chivato del jefe, cuando en realidad, y a pesar de las palabras del Bigotes, no estaba dispuesto a delatar a nadie bajo ningún concepto, porque no era mi estilo, ni me atraía nada la idea, ni tampoco iba a beneficiarme precisamente de lo que me parecía una indignidad, sino que más bien todo lo contrario. Lo primero era congraciarse con mis compañeros de trabajo: yo carecía de la maldad o el cinismo que se respiraba en aquel ambiente donde a medida que pasaban las horas todos estaban más y más estresados; no me extrañó nada cuando Dani, el malagueño bajito, me preguntó si quería una copa. Confieso que recelé de una posible trampa. ¿Y si aquel enano malafollá era el chivato del jefe? ¿Jugarme el trabajo por una copa? Entonces Antonio El Cuervo me dijo que no pasaba nada, que allí todo el mundo se tomaba sus copas, hasta el encargado, y que si quería fumar me medio escondiera en el office, donde estaba la máquina del hielo, desde un punto donde podía controlar la registradora.
-En cuanto se vaya El Bigotes aquí se está en la gloria, hombre. Las verdaderas chivatas son las putas. Es con ellas con quien tienes que tener cuidado.
Llegué a un trato con Antonio, uno de los dos taxistas que trabajaban para el club, para que me llevara hasta Sevilla cuando cerráramos: para alivio mío, no tenía que pagarle la carrera cada noche. Cerramos la cosa en veinte mil pesetas mensuales, y respiré aliviado. Para ir hasta Camas, cogía un taxi hasta la estación de Plaza de Armas y luego un autobús. Mi sueldo era de ciento cincuenta mil pesetas: hice números. No tenía que pagar el alquiler de la casa de la Calle Gladiolo. Y fue el tercer o cuarto día cuando me puse de acuerdo con los camareros –excepto con Pedro, que trabajaba en la sala Vip- en cómo llevarnos un suplemento en propinas, que era, al fin y al cabo, lo que ellos siempre habían hecho. Cuando un cliente, normalmente pasado de copas –y demasiado entretenido con la chica o chicas de turno- engrosaba su cuenta a partir de cierta cifra de la que no era fácil hacer el cálculo de las bebidas que hubiera pedido –y era cojonudo cuando se trataba de algún vacileta que quería mostrarse espléndido con las putas invitándolas a champán, sacando fajos de billetes grandes como si el mundo fuera a acabarse aquella noche-, nos limitábamos a pedirle de más. Si la cuenta era de cuarenta y seis mil, le pedíamos cuarenta y nueve mil. Si era de ochenta y dos mil, le pedíamos ochenta y siete mil. Normalmente pagaban y ni se daban cuenta, y el bote, que ocultábamos celosamente tras las botellas de whisky más cercanas a la registradora, iba aumentando considerablemente cada noche. Raro era el día en que no tocábamos a tres o cuatro mil pesetas cada uno, y eso se notaba al cabo del mes. A Jorge, que jamás aceptaba propinas, le daba igual. Unos sacaban para sus vicios y otros, como El Cuervo, para las letras de su coche y su piso. Más que de sobra. El tercer día de mi estancia allí, le pregunté a Jorge si podían darme un anticipo. La verdad era que no tenía ni para el autobús del día siguiente. Ni para tabaco. Y se fue a la oficina y me lo gestionó sin problemas. Tan solo hube de firmarle un recibo, y me metí quince mil pesetas en el bolsillo, y empecé a sentirme rico. Cuando Antonio me dejaba en el bar La Panarra, que abría toda la noche y estaba justo detrás de mi casa, me relajaba bebiendo anís o whisky hasta que me vencía el sueño, y Eduardo, o Manolo El Kuki, que era el que solía estar más a menudo, empezaron a tratarme como a un vip en cuanto me aficioné a parar por allí –solía llegar sobre las cinco y media- antes de irme a casa, donde cogía el sueño a lo bestia, convertido en plomo humano, hasta el día siguiente, en que tenía el tiempo justo para afeitarme, vestirme, coger un taxi hasta Plaza de Armas, tomarme dos lingotazos de anís en el bar de la estación y subirme al autobús. Siempre llegaba bastante temprano, en muchas ocasiones el primero de todos, y me encargaba de encender las luces de la sala, el anagrama de neón rojo consistente en un rombo con la letra D que presidía el extremo de la barra, junto a la puerta de los servicios, de rellenar las cubiteras con hielo de la máquina, encender la calefacción y poner en marcha algún lavavasos que otro, donde siempre solían quedar restos de la noche anterior, o de vaciar y limpiar los ceniceros con unas brochas que había, a tal efecto, colgadas por debajo de la barra.
A la semana de estar allí ya me había olvidado de cualquier cosa relacionada con la literatura, y el caso era que me importaba un huevo. Lo que quedaba de mi biblioteca, que yo mismo había esquilmado, estaba en Granada, en casa de mi madre. Aunque hubiera tenido libros, no habría tenido ni un minuto para leer, ni mucho menos para escribir. De alguna manera sibilina, sentía que daba igual, que todo aquello que estaba viviendo se iría acumulando de alguna manera en mi interior, y que la cuestión era dejarlo reposar, madurar, como si la experiencia fuese un buen vino que ya llegaría el momento de escanciar y disfrutar. Que de alguna forma, estaba descansando un poco de la literatura, de la vida más bien libresca que había llevado hasta entonces. Trabajaba doce horas diarias. Vivía literalmente reventado. Tenía que anestesiarme para dormir. La cifra de mi felicidad era el bar La Panarra, la soledad en la noche profunda, el relax frente a una copa. Veía cada noche montañas de dinero a la hora de hacer la caja con Jorge, el encargado, y el error máximo que tuve en todo el tiempo que estuve allí fue de quinientas pesetas, que además, sobraron. El Bigotes me felicitó los tres primeros días, agradablemente sorprendido –y no era alguien ni agradable ni demasiado permeable a la sorpresa, en palabras de Jorge- de que la caja cuadrara a la perfección. Al cuarto día se largó en su Bmw de quince millones de pesetas y el ambiente cambió radicalmente en el club. Fue como si alguien hubiera desactivado una bomba justo antes de que a la mayoría de los que trabajaban allí sufrieran un infarto por exceso de stress. Hasta Antonio el aparcacoches, que normalmente tenía un aire tan furtivo como nervioso y entraba de vez en cuando a que le cambiara las monedas en billetes, con su cazadora mugrienta y sus gafas de culo de vaso –su mujer, Dolores, trabajaba de “mami” o limpiadora en las habitaciones del club-, parecía más expansivo y relajado. Carlos y Miguel, los seguratas, se pasaban largos ratos de charla con las niñas; yo trataba a todas con educación y amabilidad, cosa que no hacían normalmente mis compañeros, salvo Jorge, que estaba hecho de otra pasta –la verdad, resultaba extraño que alguien como él hubiera acabado de encargado de puticlub-, lo cual acabó por acarrearme una creciente popularidad entre las chicas. Algunas me decían que era el único que las trataba como personas; me pedían copas, agua, cambio para las tragaperras o la jukebox, soslayando a los demás camareros, que solían pasar de ellas o tratarlas desabridamente a menos que estuvieran con un cliente.
-Sólo zon putas, Migué.
-Ya, pero son personas, Dani.
-No te quea a ti ná que pazá, pisha. Toavía no has visto ná- gruñía, dejando entrever la sombra piorreica de su dentadura.
Allí había de todo. Desde colombianas o dominicanas de aire engañosamente dulce a nigerianas deslenguadas, desde brasileñas rubias dignas de portada de revista, o de película porno, a rusas de ojos fríos que llevaban a cabo su oficio de forma más o menos mecánica, desde mujeres con críos, más o menos responsables, a cocainómanas inveteradas que ganaban auténticas fortunas pero siempre estaban quejándose –el cuento es ya muy viejo- de que no tenían dinero, desde alcohólicas que exigían una copa cada dos por tres de malas maneras a veteranas de la casa a las que había que atender como a preciosas joyas de la corona porque hacían más pases –subidas con clientes- que nadie, y tenían a clientes fijos absolutamente podridos de billetes a los que –me previno Jorge- se les fiaban hasta los polvos sin hacía falta por orden directa de Tony el argentino o del propio Sepúlveda: algunos eran dueños de clubs, y el quid pro quo en lo referente al tráfico de mujeres de un negocio a otro era algo tan absolutamente natural y frecuente como la lluvia en la campiña inglesa o la corrupción en un partido político. Los inspectores de la brigada de Extranjería –que de vez en cuando, como tuve ocasión de comprobar- hacían redadas en el club, como mínimo se ponían morados de copas a cuenta de la casa. Pero eso sí: los días en que había que cumplir la orden de cerrar el club un par de horas para pedirles la documentación a las mujeres, todos eran profesionales de lo más solventes. Policías que hacían su trabajo. Que se limitaban a cumplir órdenes. Paco, el recepcionista, un cuarentón amargado que llevaba gafas y no se movía de su puesto más que para ir a mear, decía que había sido testigo de untadas bestiales allí mismo, en uno de los rincones de la recepción, junto a la puerta de lo que era el hotel, en los sillones que las chicas usaban para descansar un rato mientras se tomaban un café entre faena y faena.
-Se lo llevan calentito, esos cabrones. Y encima beben por la cara. Menuda mierda de mundo.
Entraban, -los seguratas solían avisar por teléfono desde la entrada- desaparecían las mujeres a través de las cortinas rojas que daban al tortuoso corredor que comunicaba la discoteca con el hotel, y lo único que teníamos que hacer era quedarnos mano sobre mano. Los clientes más avezados seguían bebiendo y no decían nada: tan sólo de vez en cuando echaban una mirada distraída al reloj. Diego, que estaba muriéndose de cáncer –cincuenta y tantos años, calvo, Mercedes aparcado en la puerta- y venía todos los días a nadar en White Label con agua y se dejaba una pasta en invitaciones a las chicas –nunca subía a follar-, le daba un trago a su whisky y decía, entre divertido y cansino:
-A ver cuánto tardan esta vez. Voy a tener que hablar con el comisario Núñez, coño.
Y Dani y el Cuervo le reían la gracia. Y aprovechábamos –curiosamente, el Gran Jefe nunca estaba cuando había redadas- para tomarnos una copa y fumarnos un cigarrillo, relajadamente, sin prisas. También había clientes tan imbéciles o pasados de rosca que ni se enteraban de que la policía había entrado en el club; cuando de pronto levantaban la cabeza y veían que las mujeres habían desaparecido, decían:
-¿Pero esto no es una casa de putas? ¿Dónde están las niñas?
-Es que han ido a maquillarse, caballero- se choteaba Dani.
El cliente rara vez respondía; tal vez ni siquiera fuese muy consciente de que se estaban cachondeando de él. Los Daneses era un sitio muy frecuentado por pobres capullos que se dejaban hasta lo que no tenían tratando, suponía yo, de llenar de algún modo su soledad, la vacuidad de sus vidas, de olvidar sus trabajos de mierda o su status de parado permanente o de tontopollas metafísico con hipoteca, arpía y tres hijos, o lo que fuera. Eran como zombies aferrados a un vaso; la mayoría de las mujeres ni se les acercaban. Eran tíos que ni se lavaban la polla y el culo y los sobacos, que desconocían las virtudes del desodorante, la ducha o la colonia, que a veces aparecían en mono de trabajo –Carlos y Miguel dejaban entrar a algunos conocidos por la sencilla razón de que iban allí a comprarles coca-, y entre cuyas prioridades no entraba la de echar un polvo. Iban a matarse bebiendo en contemplación de aquel maremagnum de culos, piernas, tetas, caras, bocas glotonas, ojos insinuantes, melenas, tangas negros, medias, botas altas de látex, tacones de vértigo, pantalones ajustados, como quien va al bar del barrio a distraerse un rato viendo la tele mientras se calza un whisky. Las mujeres olían a distancia a aquellos hombres ruinosos, aquellos desastres ambulantes de los que no cabía esperar nada, porque ni siquiera tenían dinero, o lo que allí considerábamos que era tener dinero: o sea, un fajo de billetes grandes en el bolsillo, y no mil duros ruinosos, que alcanzaban para cuatro copas como mucho y para comprar tabaco. Nosotros trabajábamos en aquella mina de oro y aquellos hombres estaban excluidos del gran negocio. A medida que iban pasando los días –no tuve ni un día libre las primeras dos semanas porque se marchó Gorka y hube de reemplazarlo como camarero, además de seguir como responsable de la caja-, yo tenía cada vez más dinero en el bolsillo. Era tan inocente, o tan rematadamente imbécil, o tan jodidamente imprudente, que llevaba en el bolsillo de los vaqueros todo lo que tenía. Como todo el mundo, pedía anticipos cada semana, y como los jefes sabían que allí todos tenían sus vicios –claro que el mío no era la coca-, iba tirando como los demás. Tony el argentino bromeaba, acodado en la esquina de la barra con un Johnnie Walker Etiqueta Negra:
-Se están llevando la plata por anticipado porque tienen miedo de que nos cierren la empresa.
Era el más popular de entre los jefes, desde luego. Era un bromista nato, un hombre currado por la vida, que alguna vez me dijo algo así como que dejó de meterse en política el día que le dieron picana en los cojones en su país, allá por 1978. Desde entonces, la única política que le interesaba era el dinero. Se follaba en el mismo despacho a una brasileña rubita, despampanante, con cara de niña, que le sacaba todo lo que quería. Era, en palabras propias, el único jefe que pagaba a las putas que se tiraba. “En cuestión de conchas los hombres somos todos pelotudos, che.” Daniel no paraba de lamerle el culo: no en vano, le debía aquel trabajo, que lo había sacado de la mierda de barriada malagueña donde vivía. Le había dado una oportunidad, que Daniel estaba mandando al carajo, sistemáticamente, por su inmoderada afición a la farlopa. Tony había evitado que Sepúlveda lo pusiera en la puta calle más de una vez: eran innumerables las ocasiones en que le había cubierto las espaldas. El padre de Daniel estaba en la cárcel por asesinato y su madre, con sida, estaba ya demasiado vieja y consumida como para hacer la calle; no servía ni para fregar escaleras. Las palizas del padre la habían dejado postrada de por vida y con una depresión crónica. Comía de la caridad y de lo poco que un Daniel tiranizado por la coca –y por las chavalas que se trajinaba, todas ellas adictas- conseguía mandarle a fin de mes.
“Me recuerda a mí mismo”, me dijo una noche Antonio el Taxista que le había dicho Tony de Daniel. “Mi viejo también era aficionado a apiolar al paisanaje. Y pucha que si le daba duro a la vieja. La recuerdo con dentadura postiza a los treinta y pocos años. Menos mal que me fui a Rosario, o todavía estaría mamando cana como un pelotudo de mierda.”



Yo era tan educado, tan considerado en mi trato diario con las mujeres, que una vez Carlos, acodado en la barra –hacía un frío de cojones en la calle y me había pedido una copa de anís- con toda su envergadura de armario empotrado, me preguntó si era maricón.
-No, lo que pasa es que no tengo ganas de perder el trabajo- dije. Carlos no me daba miedo, por la sencilla razón de que no lo conocía: todavía no sabía que había estado en la cárcel por tráfico un par de veces, que no se le caían los anillos por ejercer, muy eficazmente, de chulo, y sobre todo, que tenía en el coche una Sigsauer con la que no le hubiera importado volarle los sesos a Sepúlveda cuando este salía del club en su BMW cargado de maletines con billetes rumbo a León. O a Brasil, a reclutar carne fresca.
-Haces bien, Servired. Que está la cosa muy mala.
Y bajó las escaleras hacia la puerta, con su copa de anís en la mano, a hacerle compañía al Calvo, que estaría frotándose las manos y pateando el suelo y loco por una raya en la entrada principal del club y de charla con Antonio el aparcacoches.
El padre de Carlos y El Cuervo, que también se llamaba Antonio, era el cocinero del club. Era una copia en viejo de Carlos, agitanado, burlón, barrigudo, que trasegaba entre peroles y putas en el pequeño comedor cercano a la oficina principal. Los primeros días, hacia las ocho de la tarde, yo entraba allí con una timidez de presidiario novato: tardé poco en moverme con desenvoltura entre las chicas vestidas de faena, que, brutalmente avejentadas a la luz implacable y fría de los neones, se movían entre las bandejas de comida –variada y abundante, todo hay que decirlo-, eligiendo esto o aquello, sentándose en las mesas, comiendo con aire profiláctico en la mayoría de los casos, como si la comida realmente no llegase a saberles a nada o las distrajese muy poco del sabor de los condones, las pelotas sudadas, el ojo del culo de algún guarro de los que pagaban un mínimo de 6.200 pesetas por veinte minutos en alguna de las veinticinco habitaciones del club. Otras se limitaban a sentarse, de charla con las otras, con un vasito de plástico lleno de café o leche con chocolate caliente, la mirada extraviada y brillante de alcohol o cocaína o basuco fumado.
-¿Qué habemus?-le preguntaba yo al cocinero al cabo de un par de semanas. Antonio me caía bien; era un cachondo mental, de chiste fácil, que cuando acababa su jornada en el club se zumbaba un par de lingotazos de whisky con cocacola –siempre que no anduviera Sepúlveda por la sala- y se largaba a casa con su mujer y no quería saber nada de putas, traficantes, chulos, juerguistas, toreros, actores, hombres de negocios, músicos, currantes de andar por casa o personajes más o menos turbios que andaran por Los Daneses.
-Habemus macarrones con tomate y papas con chocos.
Para la hora de la comida yo ya llevaba en el cuerpo un par de copas; de otro modo no me habría entrado ni una alubia en el cuerpo. Acababa de descubrir el stress: acababa de descubrir lo que era estar doce horas tras una barra, sin parar, pendiente de todo, con compañeros de trabajo a los que tal vez no cayese bien del todo a los que imaginaba hablando de mí a mis espaldas, con mujeres que podían mostrarse desvergonzadamente insinuantes y buscarme una ruina con el jefe –en realidad les hubiera bastado con contar que estaban liadas con el cajero; que eso fuese verdad o mentira era lo de menos- y con las que al principio rara vez cruzaba una palabra. Acababa de descubrir lo que era tratar con un público de gente más bien turbia, generalmente pasada de copas, que manejaba dinero con una soltura como yo no había visto en mi vida. A los clientes que no eran como de la casa se les servía y cobraba en el acto, y algunos se mosqueaban, y había que explicarles que para algo estaba el cartel sobre los espejos en arco de la barra: SE RUEGA ABONEN SUS CONSUMICIONES EN EL MOMENTO DE SER SERVIDOS. GRACIAS, sobre todo por dos razones: la primera, que allí no nos fiábamos ni de nuestra puta madre, y la segunda, que había momentos en que el aforo de la sala hacía imposible controlar a todo el mundo. Siempre había entre cuarenta y sesenta mujeres. Podían juntarse fácilmente hasta ciento cincuenta personas en la sala. Y si Sepúlveda –o Tony o Eugenio Ocaña- descubría que alguien se había largado sin pagar una ronda, las consecuencias podían ir desde la puta calle a descontarle el importe de su sueldo a quien le hubiera servido las copas al interfecto o interfectos, incluyéndome a mí, que tenía la obligación no escrita de que no se escapara ni un billete de la caja, y por ende, de los bolsillos insaciables del Bigotes.
-Buenas, Antonio. ¿Qué habemus?
-Habemus filetes empanaos y potaje de lentejas.
Las mujeres en el comedor me daban una tristeza fría, pegajosa, como si estuviera contemplando la pura imagen de la indefensión humana. Solían agruparse por nacionalidades: colombianas, dominicanas, rusas, brasileñas, polacas, rumanas, africanas. Había incluso alguna que otra española. Me acuerdo de Ángela, una madrileña delgaducha de buena familia que había acabado haciendo clubs para pagarse sus vicios –que eran todos menos el de cuidarse-, o de Rosa, malagueña, treinta años –cuarenta sin maquillaje y a la luz del día-, bronca, descarada, de réplica fácil, catedrática total en callejeo, que decía que todos los hombres, sin excepción, eran unos hijos de perra.
-Y no digo de puta porque el ofisio es sagrao.
No era raro –la primera vez me sobresalté- que alguna de las mujeres con las que te cruzabas en interminable pasillo lleno de recovecos que llevaba hasta recepción te arrinconara y te sobara el paquete, o tratara de besarte en la boca mientras se refregaba contra ti. La primera vez me lo hizo una colombiana traviesa, morena, aindiada, con tendencia al desmadre a base de cerveza, que iba en tanga rojo, con medias y botas de tacón y apestaba a perfume caro. Fue de pasada, de cachondeo: su mano izquierda resiguiendo mi bragueta durante dos o tres segundos, provocándome una erección de caballo. La verdad era que al cabo del día veíamos a tantas mujeres semidesnudas, en actitud procaz, frotándole el paquete con el culo o la entrepierna a los clientes, lamiéndoles la oreja, dejándose amasar las tetas –a una rusa regordeta y pelirroja que se hacía llamar Olga le llamaron la atención por dejarse chupar los pezones allí mismo, a pie de barra, lo cual estaba terminantemente prohibido aunque el cliente estuviera invitando a una botella de champán de 40.000 pesetas-, que rara vez, por lo menos yo, nos poníamos demasiado calientes. Era como si tanta promiscuidad nos inmunizara de alguna manera contra posibles explosiones de lujuria; además, nos sofrenaba el temor a que nos viera El Bigotes, o alguna de las muchas chivatas que tenía El Bigotes. También cabía la posibilidad de que cualquiera de aquellas mujeres le fuera, tarde o temprano, con el cuento que se le ocurriera. Me contaron que habían echado a infinidad de camareros, y a dos recepcionistas, por liarse con las niñas, o por no liarse. Aquellas paredes habían visto de todo; muchas historias de putas despechadas, o celosas, o colocadas de lo que fuera, que iban al jefe y le juraban que Fulano o Zutano se las había cepillado, o que se habían enamorado de ellas, o que les habían propuesto matrimonio (y al Bigotes esa sola posibilidad, la del matrimonio, lo ponía frenético, porque significaba perder a una “trabajadora” que podía estar siéndole muy rentable), y de hombres que acababan en la sacrosanta puta calle. O sea que lo mejor era ser el hombre invisible si querías conservar el trabajo. Frío como el hielo. De piedra. Impasible. Distante. Aunque en realidad, hiciéramos lo que hiciéramos, estábamos condenados. Estábamos a merced de las putas, y lo sabíamos. O en palabras de Tony: “Si no te joden las putas te jode tu mujer, o sea que hagás lo que hagás, acabás jodido.”
Claro que esto a las feministas les hubiera importado un huevo.
El encargado anterior a Jorge Aranda, un tal Óscar, era toda una leyenda en Los Daneses. Allí había conocido a Yanaina, una rubia de ojos azules, espectacular, brasileña, una de las favoritas del jefe, y resultó que los dos se enamoraron como perros el uno del otro. Óscar, un tipo alto, atlético, moreno, que además era familiar de Sepúlveda, nunca había sido bebedor. Por entonces, Jorge Aranda trabajaba como camarero, y se quedó de piedra el día en que Óscar se apoyó en la esquina de la barra, junto a los cortinajes rojo oscuro que daban al pasillo, y le pidió tres whiskys uno detrás de otro. Llevaba unas semanas con Yanaina y parecía más demacrado de lo habitual, y posiblemente habría tenido alguna que otra bronca con el jefe, a quien por cierto no le tenía ningún miedo. Fuera del club, en el apartamento que compartía con la brasileña, las pocas horas de vida en común de las que podían disfrutar acabaron emponzoñadas irremediablemente: Yanaina no quería abandonar el puterío, ganaba demasiado dinero, gustaba de las joyas y la ropa cara, llevaba un tren de vida del que no quería prescindir, y pretendía, al cabo de dos o tres años, volverse a Brasil y montar su propio negocio, tal vez una peluquería o una tienda de ropa. Óscar intentó que al menos trabajara en otros clubs: no quería tenerla cerca mientras ella se follaba a otros hombres en el piso de arriba. Llevaron el asunto con toda la discreción posible, sin que nadie supiera nada, pero Jorge veía cómo Óscar bebía cada día más; apenas se le notaba si uno no lo observaba con atención. Yanaina iba y venía; se iba a El Rey, el A-49, La Casita, a alguno de los innumerables clubs de la ciudad o incluso de fuera de Sevilla, pero tarde o temprano siempre acababa regresando: Óscar le insistía en que se quedara en casa, sin trabajar –él ganaba bastante dinero-, pero la chica se rebelaba al cabo de pocos días, diciendo que se aburría de tanto ir de compras –era lo único que hacía aparte de acicalarse-, y acababa apareciendo nuevamente en Los Daneses, donde tenía clientes que siempre preguntaban por ella, y que incluso se marchaban ipso facto si les decían que Yanaina no estaba en el club. Puteros fieles a su puta, pensé. Otra especie desconocida para el zoológico mental. El caso fue que una noche Óscar estaba en la barra, taciturno, removiendo el hielo en su vaso vacío de whisky con seven-up, y un cliente habitual de la casa bajó, le dio una palmada en la espalda –se conocían-, y lo invitó a una copa “para celebrar el pedazo de polvo que acababa de echar”. Óscar escuchaba distraídamente, pasando bastante del entusiasmo post coital y etílico del tipo aquel, que al fin y al cabo era un pelmazo como cualquier otro de los cientos de pelmazos que pasaban por allí cada día, hasta que el tal Fernando, que así se llamaba el tío, le contó que “la brasileña hacía maravillas con el culo”.
-Es una auténtica batidora cuando te la sientas encima, de espaldas, con las piernas bien abiertas, y se la vas metiendo poco a poco por el culo mientras le magreas las tetas… Cómo gemía, la muy zorra. Y yo dale que te pego, arriba y abajo, arriba y abajo, y la tía volviéndose loca, con el chocho húmedo, te lo juro, Óscar, poniéndose cachonda como una perra, acariciándome los cojones, disfrutándolo, viviéndolo… Y esa melena rubia cayéndole por la espalda… Y esos ojos azules… Coño con la Yanaina ésa…
Fue entonces cuando el mundo se nubló, y lo siguiente que Óscar recordaba fue que Carlos, Jorge Aranda, otro camarero y hasta Tony el argentino lo estaban sujetando con dificultad mientras el tal Fernando sangraba por una herida abierta en el cuello, tirado en medio de la sala, rodeado de mujeres y clientes atemorizados. Le había clavado el vaso de whisky casi a la altura de la yugular y había acabado rematándolo a patadas y puñetazos. Cuatro costillas rotas y la mandíbula fracturada. Cuando Antonio Sepúlveda se enteró, su dictamen fue inapelable: a la puta calle. Óscar desapareció esa misma noche, y por lo visto el hombre, que sobrevivió de milagro, lo denunció a la policía. Incluso un juez dictó una orden de busca y captura. Había testigos por todas partes. Pero nadie le dijo a la chica que se fuera. Al fin y al cabo, tenía una mina de oro entre las piernas. El negocio era el negocio. Y al final, acabó abandonando a “su amor”, con el que incluso había proyectado casarse, después de que Sepúlveda utilizara con ella métodos de lo más persuasivos, entre los cuales insinuar la posibilidad de que alguien fuera a visitar a su madre y sus hermanas en Brasil para darles “un regalito” no fue el menos contundente. Así funcionaban las cosas.
-De modo que o te olvidas de ese gilipollas de mi sobrino, o te corto las piernas, bonita- dicen que dijo El Bigotes.
Y la verdad, yo ya empezaba a no extrañarme de nada.



Mediaba el otoño de 1997 cuando me compré el primer teléfono móvil que tuve en mi vida, un Panasonic modelo patata de los de aquella época, que me costó 15.000 pesetas. Me lo trajo un conocido, Luis, un chaval joven con perilla que por lo visto se dedicaba a trajelar con mercancía de dudosa procedencia. Todos tenían teléfono menos yo, que siempre había sido bastante remiso a poseer uno de tales artefactos por considerarlos una vacilada, un rasgo de ostentación poco menos que gilipollesco. Aún no sabía lo útil que podía llegar a ser, y en todo caso, fue Jorge quien me dio la idea. Había que estar localizable en todo momento, cualquier día de la semana, por si alguien fallaba, y a mí por lo visto me habían tomado por un modelo de responsabilidad y puntualidad.
Desde el día en que El Bigotes decidió que me pusiera a poner copas porque me pasaba el rato sentado en un taburete junto a la registradora –al fin y al cabo, para eso me había contratado, qué cojones-, el trasiego fue doble. Me dieron pantalón negro y camisa blanca con el logotipo de Los Daneses –dos cabezas de perro cruzadas- sobre el bolsillo del pecho, y tuve que arreglármelas para poner copas a toda velocidad mientras seguía sin permitir que nadie tocara la caja. En realidad, con el paso del tiempo, y cuando no estaba Sepúlveda en el club, todo el mundo acabó tocando la caja, porque sencillamente no había tiempo para gilipolleces. En mis días libres, o cuando subía a comer/cenar, me sustituía Jorge, que también ponía copas como cualquiera. Allí no había días tranquilos. Un día hicimos 1.200.000 pesetas de caja en la barra grande y 200.000 en la sala vip, lo cual era una pasada, un récord, y el propio Sepúlveda bajó a hacer la caja con sus propias manos: faltaban veinte duros.
-Muy bien, Miguel, hostias, joder. Muy bien.
Hasta entonces yo iba a trabajar con corbata y camisa azul o negra y vaqueros. Ahora tenía que preocuparme por mantener limpias las tres camisas que me dieron, más bien ajadas y rasposas de lejía, muy curradas. Recuerdo que en casa no había lavadora, de modo que tuve que apañarme para llevarlas, dos o tres veces al mes, a una tintorería de Camas: Antonio el taxista se encargaba de ello. Nos habíamos hecho muy amigos. No sólo me llevaba a casa cada noche, sin fallar ni una vez, sino que incluso se quedaba conmigo de copas en La Panarra. Yo siempre lo invitaba. Aquel hombre –bajito, escurrido, medio calvo, con gafas y voz cascada- parecía vivir sólo de noche. Llevaba a las chavalas que tenían casa a sus casas y trasegaba por Huelva, Córdoba y Cádiz, incluso Málaga o Granada, con las que cambiaban de plaza. Ganaba un dineral, pero se quejaba, y no sin razón, que muchas de las niñas tardaban en pagarle, a pesar de que las putas solían llevar encima fajos de billetes como para alfombrar el suelo del taxi.
-Saben más que los ratones coloraos. Anda que no tengo yo dinero por ahí en la calle.
Estaba divorciado y tenía un hijo que trabajaba en la fundición de Camas. Al principio, no se atrevía a hacerse sus rayas de coca delante de mí, como contagiado por aquella estúpida prevención de que yo podía estar informando al jefe de todo lo que veía. Tenía los ojos velados casi siempre por el cansancio tras el cristal de sus gafas. Fue él quien me informó de qué mujeres podían ser peligrosas, quienes estaban más en sintonía con el jefe, quienes estaban liadas con quién en el club, quienes tenían la lengua más larga, y no precisamente para chupar pollas, quienes eran intocables. Antonio era en realidad un cotilla de primera, pero había que entenderlo: aquel era su mundo. Trataba con mucha gente al cabo del día, como nosotros. Aquel taxi había visto de todo. Antonio vivía de noche desde hacía años y la noche le había impreso su rubro: era el precio a pagar por todo el dinero que ganaba, por las mujeres a las que se tiraba, por la coca que se metía, por los porros que se fumaba o las copas que se bebía. Estaba como atrapado en la noche, que puede llegar a ser una cárcel. A medida que los días se acortaban –y yo me levantaba a las cuatro de la tarde-, veías menos la luz del sol, en mi caso en el breve trayecto desde Pío XII hasta Plaza de Armas y de Plaza de Armas hasta el cruce donde me dejaba el autobús, casi en las afueras de Camas, y luego en el breve trayecto –había que cruzar un túnel bajo la carretera- hasta el club, que a la luz del sol presentaba un aire de abandono mucho más evidente, con todos los neones apagados y las luces muertas y el aparcamiento despoblado de coches y la verja cerrada y las escaleras de la entrada cubiertas de hojas secas.
A veces pensaba –verdad de Perogrullo- que vivía solamente para trabajar. Veía la luz del día como una hora diaria. Mi primer domingo libre, a las dos semanas de haber entrado en el club, no me lo podía creer: tenía todo el día por delante para mí solo y dinero en el bolsillo: sesenta y cinco mil pesetas. No tenía más que coger un taxi y largarme a donde me diera la gana. El barrio ni lo pisaba, y no me atraía nada la perspectiva de quedarme en casa viendo la tele, en aquel piso oscuro. No tenía nada en la nevera porque no comía en casa. Así que me iba al centro, generalmente a Flaherty´s, el pub irlandés que quedaba justo enfrente de la catedral, e inauguraba el día con una pinta de cerveza, vestido como un palmito –vaqueros, chaqueta, corbata, bufanda blanca- y posando de escritor, que era precisamente lo que en aquellos momentos no era, y lo que podría haber dejado de ser para siempre de haber continuado durante demasiado tiempo llevando aquella vida. No tenía amigos en la ciudad, excepto a Darío Aguilar, pero de alguna forma sentía que no era adecuado ir a buscarlo a su casa y darle el coñazo y sacarlo de copas por ahí un domingo; yo vivía entonces en un mundo muy diferente del suyo. De manera que disfrutaba en soledad de mis días libres, comiendo en Casa Gonzalo, atracándome de langostinos y vino blanco de Rueda, de solomillos, de boquerones en vinagre, de jamón, de lo que me diera la real gana, y bebiendo como un cosaco. Eso era todo: beber, comer, pasear de un bar a otro, entablar de vez en cuando una conversación con alguien. Las mujeres que encontraba me parecía sosas, vacías, sin interés. Estaba hasta el culo de ver mujeres medio desnudas durante doce horas diarias. Creo que estuve meses sin hacerme un paja, con la libido casi out of order. Recuerdo que me metía en los garitos de la Calle Betis y pedía Etiqueta Negra con indiferencia de potentado, sacando el fajo –pobre gilipollas vacilón de mierda- y tendiéndole a las camareras billetes de diez mil como si llevara haciéndolo toda la vida. Lo raro fue que nunca me atracasen y además me diesen una paliza, por imbécil.
Al final me aburría tanto que acababa llamando a Antonio el taxista, y como los domingos nunca estaba el Bigotes, acababa subiéndome a los Daneses, a tomarme las penúltimas, como hacían los otros en sus días libres, y a charlar con las mujeres, que parecían agradablemente sorprendidas de verme en ropa de paisano, tan cerca, oliendo a Crossmen y sin una barra por medio. Daba la sensación de que no podíamos vivir sin aquel maldito club. Al final, Antonio me llevaba a La Panarra, como todas las noches, y al día siguiente vuelta a empezar: uniforme, afeitado, abrigo, taxi hasta Plaza de Armas, dos pelotazos de anís en el bar abarrotado de la estación, autobús hasta Camas. Una semana, dos semanas, tres semanas, cuatro semanas, cinco semanas.



July, metro ochenta de poderosa hembra dominicana, pelirroja, de piel muy blanca y suave y nariz respingona, veterana en la casa, que según decían era experta en dominación, en atender a clientes que querían correrse en el látex de sus botas mientras ella los masturbaba con los pies, en follárselos con consolador de correa, en asfixiarlos sentándose en su cara después de esposarlos a la cama. July, apoyada al final de la barra, con sus piernas interminables, sus pechos rotundos, una boca de labios finos que podía sorberte el alma, aficionada a arrinconarte entre la barra y la pared cuando pasabas por allí y frotarte circularmente el paquete con aquel culo sencillamente prodigioso, de una rotundidad que te hacía casi correrte con solo verlo. A mí me lo hizo varias veces y tuve que encerrarme apresuradamente en el servicio, donde me la cascaba espasmódicamente a su salud. July, una de las intocables, pero que no se caracterizaba precisamente por irse de la lengua, y a la que según Antonio el taxista le encantaba el dinero.
-Antonio, ¿a qué puta no le gusta el dinero?
-Tú ya me entiendes, socio. La chavala es buena gente, pero ten cuidado con ella.
July era una de las que flirteaban conmigo. Llevaba allí más de dos meses y se acercaba la Navidad. Por supuesto, jamás se me hubiera ocurrido proponerle ni lo más mínimo; la chica imponía respeto, pero me gustaba mucho. Yo empezaba a relajarme peligrosamente, a perder un poco la perspectiva, aunque sabía que allí todos, menos El Cuervo, que le era escrupulosamente fiel a su mujer, tenían sus líos fuera del club con mujeres del club. Pedro y Daniel se trajinaban a sendas brasileñas, Carla y Sonia, en el piso que compartían en el pueblo, no lejos del club. Antonio el taxista me hablaba de Paloma, que por entonces andaba por Granada o Málaga, una dominicana rubia y regordeta que lo traía loco y a la que tenía puesta en un pedestal. Se suponía que según las taxativas reglas no escritas del club, teníamos que vivir como frailes; había que hacer voto de castidad con las putas. Al final, como siempre, era todo mentira.
-No llames a la oficina bajo ningún concepto- me decía Jorge, y yo sabía que Tony el argentino estaba de juerga con su periquita brasileña, dándole por el culo sobre la mesa del despacho o disfrutando de la pericia oral de la chica con un whisky pata negra en la mano.
El propio Jorge estaba casado con una antigua asidua del club y tenía una niña pequeña, pero había logrado que ella ni siquiera pensara en la posibilidad de acercarse a Los Daneses; por lo visto, trabajaba en el Rey, en la carretera de Santiponce.
-El chaval lo está pasando mal. Es lo que tienen estas mujeres. Imagínate cuando Jorge llega a casa y la otra entra por la puerta, harta de polla.
-¿Y tú cómo te sientes con Paloma?
-Yo soy ya perro viejo, socio. Me adapto a tó. ¿Y a ti no te ha tirao los tejos ninguna todavía?
-Ya sabes que no, Antonio.
A veces me imaginaba lo que mi familia hubiera podido decir de haber sabido que trabajaba en un puticlub, el hongo atómico del escándalo, la onda expansiva de horror y vergüenza que los hubiera sacudido de saber a qué me dedicaba. Si trabajar de camarero en un sitio normal ya suponía una deshonra, aquello era la hostia. Aquella mezcla de juerga perpetua y trabajo agotador, de noches interminables, insinuaciones femeninas descaradas y tedio y whisky, de domingos vacíos con el bolsillo lleno, de jamón y aburrimiento. Apenas me enteraba de lo que pasaba en el mundo. No veía la televisión ni leía periódicos. No sabía nada de mi padre. José María, el proveedor de bebidas al que mi padre y Pepe Fernández habían estafado doscientas mil cucas, se presentó una tarde en el club por un asunto de negocios y me reconoció; casi se me cae la cara de vergüenza. Insinuó, bronco, que como mi padre no aparecía –yo no sabía donde estaba, le dije-, era yo el que le iba a pagar la deuda. Dije, tímidamente, convertido de pronto en un cachorrillo indefenso, que yo no tenía nada que ver con las historias de mi padre y que no pensaba pagar nada. Que no era asunto mío. Y al final, enterado de la movida, Eugenio Ocaña, que era el dueño de lo que era la discoteca, pero apenas pintaba nada en los asuntos del club, salió en mi defensa y convenció al bruto aquel, que estaba fuera de sus casillas, para que me dejara en paz. Eugenio había trabajado con mi padre años atrás, en la época en que Los Daneses era una discoteca de moda, con bar-restaurante incorporado, donde mi padre ejercía de relaciones públicas.
Me hizo un gran favor, Eugenio. No volví a saber del tal José María, pero no podía evitar pensar, como tantas otras veces, lo a gusto que se estaba viviendo fuera de la esfera de influencia de mi progenitor, y en aquellas palabras que mi madre, en tiempos, me había repetido hasta la saciedad: “Todo lo que toca tu padre se convierte en mierda. Tu padre es el rey Midas de la mierda, hijo. No lo olvides nunca. Ya lo entenderás cuando seas mayor.”
Todo un puto axioma de labios de alguien que siempre estuvo más guapa callada.



Cuando alguien se negaba a pagar su copa y no lo conocíamos de nada, no duraba mucho. Bastaba con avisar a Carlos por teléfono, y el sujeto salía literalmente volando escaleras abajo, libre por unos segundos de la ley de la gravedad por cortesía de la casa. En otra ocasión se montó un pifostio considerable con tres tíos, que encima habían invitado a copas a las niñas –y las copas de las niñas eran sagradas, ya que la mitad de su importe iba a las arcas del club-, y a los que ni Jorge pudo hacer entrar en razón. Uno de ellos era conocido en el club, en palabras del Cuervo, por lo que tuve la imprudente ocurrencia de no cobrarles en el acto. Lo malo fue que ese día no era él quien pagaba, porque no tenía dinero. De modo que Carlos y Miguel tuvieron que emplearse a fondo, repartiendo guantazos y patadas, y hasta Jorge se sumó a la pelea con la cara desencajada, sacando un spray de defensa personal. Los tres tipos volaron a través de una de las salidas de emergencia, que no estaba cerrada, y por unos minutos las putas, asomadas en contemplación del espectáculo mientras la música de la jukebox seguía sonando, pudieron tomar el aire frío de la noche tenuemente iluminada por las farolas de la calle. Yo me puse tan nervioso que agarré una botella de Licor 43, dispuesto a todo, aguerrido defensor en potencia de la integridad de aquel nuestro castillo. Al cabo de unos minutos interminables, Jorge apareció con cara de muy pocos amigos, resollando y con lo que me pareció una mancha de sangre en la camisa, me tendió unos billetes y dijo:
-Cóbrate lo de esos cabrones.
Por lo visto, los habían obligado a vaciarse los bolsillos y carteras. Respiré aliviado. Lo que entraba en la registradora se podía manipular fácilmente: pero las copas de las niñas, una vez entregados los tickets, se daban por pagadas, y aquello me podía haber costado quince mil pesetas. O la puta calle.
En otra ocasión, no muy lejana de aquel día, cinco gitanos de aspecto patibulario, cargados de oro, con ropa cara, empezaron a pedir copas en el extremo de la barra más cercano a los servicios, junto al anagrama romboidal con la D mayúscula que daba una luz fantasmagórica rojiza. Yo les puse una ronda, El Cuervo otra, y Jorge, que aquel día sustituía a Daniel –que había llamado diciendo que estaba enfermo (siempre se ponía enfermo cuando no estaba Sepúlveda)-, otra más. Eran pozos sin fondo. Se bebían el whisky con la misma indolente avidez de quien bebe agua. Nunca los había visto por el club, y me dí cuenta de que las mujeres no se acercaban a ellos, salvo alguna que otra despistada: raro era el día en que no entraban chicas nuevas y otras se marchaban.
Pero nadie se atrevía a darles la cuenta. Pasaron quince minutos –recuerdo que entré en el office a por una tanda de vasos recién fregados, calientes, desprendiendo vapor, olorosos a detergente- y vi que Jorge estaba parado junto a los gitanos, charlando, moviendo la cabeza a izquierda y derecha, como si negara algo, y que Carlos y Miguel se habían apostado discretamente al otro lado del cortinaje rojo que daba a las escaleras, controlando por los espejos, sin mirarlos directamente –la columna central de la sala estaba llena de espejos- a aquellos individuos de trazas, como mínimo, amenazadoras, que no paraban de trasegar whisky mientras charlaban y hacían gestos entre ellos, como si estuvieran dilucidando algún negocio importante y no acabaran de ponerse de acuerdo.
Algo iba a pasar allí.
Jorge se apostó junto a nosotros, y noté el esfuerzo que hacía por no dejar traslucir su evidente estado de nerviosismo. Tenía ojeras y olía a after shave, como si acabara de afeitarse.
Al final, cuando ya parecía que la cosa iba a prolongarse hasta el infinito, los gitanos dejaron la barra salpicada de vasos vacíos con restos de bebida, ceniceros a tope de colillas, y se fueron en bloque por las escaleras, todos juntos, como un pequeño escuadrón de melenudos relucientes de oros diversos. No habían pagado ni una copa.
Le pregunté a Jorge quienes eran.
-Mejor que no lo sepas, pero hasta el más joven lleva pipa, y suelen utilizarla si no les gusta la cuenta, que es siempre. Así que si vuelven, ni se te ocurra cobrarles.
Luego me enteré de que hasta Antonio Sepúlveda, con sus cuatro o cinco clubs, sus cajas fuertes llenas de billetes, su casa señorial en León, sus guardaespaldas talegueros, sus contactos con proxenetas especializados en el reclutamiento de mujeres y su coche nuevo, que cambiaba cada año, era un mendigo en comparación con aquel clan de melenudos narcotraficantes.




Los sábados por la noche eran gloriosos. Sabía que disponía de lo que quedara de madrugada y de todo el día siguiente para ir donde me apeteciera, y acababa recalando en la zona de La Alameda, que tenía por aquel entonces fama de ambiente bohemio, con cafés y pubs donde se hacían recitales, conciertos, exposiciones de pintura, y que conocía bien por haberla recorrido en multitud de noches: el Fun Club, el bar de las Putas, el Corto Maltés, el Habanilla, el Central, La Sirena, Las brujas. Solo que entonces casi nunca tenía dinero, o no en las cantidades que manejaba ahora y que hacían casi ilimitadas las posibilidades de la noche. O más bien de lo que quedaba de noche.
Me llevaba ropa de calle y un frasco de colonia al club, y a la hora de hacer caja junto a Jorge, mientras nos trasegábamos un par de copas y contábamos dinero, ya estaba impaciente por largarme en el taxi con Antonio. Sólo cuando uno salía de aquella rutina nocturna de putas, medias luces, humo de cigarrillos, paranoias, broncas del Bigotes –que ahora encima me había hecho responsable de que nadie llegara tarde, con la orden terminante de que se lo dijera, convirtiéndome en una especie de jefe de barra vicario, en otro Jorge, pero sin el sueldo de Jorge, que doblaba largamente al mío-, gilipolleces de clientes atravesados o simplemente vacilones, peleas, copas bebidas medio a escondidas, empezaba a sentirse un poco vivo, recordaba que la vida era otra cosa al margen de la atmósfera cada vez más asfixiante y depresiva de un puticlub, respiraba el aire frío de las callejuelas de La Alameda y se preguntaba qué, quién era uno en realidad. Dónde estaba aquel joven que ambicionaba con ser escritor, o que había ido de escritor por la vida aunque no hubiera publicado más que cuatro poemas en algún fanzine mal fotocopiado, aquel joven que se había pasado media vida viviendo entre libros hasta que había acabado casi sustituyéndolos por el alcohol, la búsqueda de mujeres y dinero, que había sustuido la vida por una parodia de la vida.
Aquellas horas de libertad eran un poco como volver a ser yo mismo, lejos del capullo de camisa blanca y pantalón negro que se pasaba doce horas diarias tras la barra de un club de alterne, bebiendo a escondidas, atemorizado por un cateto mafioso con bigote y sus adláteres, por un ejército de mujeres potencialmente peligrosas. El caso era que ni me planteaba la posibilidad de que todo aquello pudiera acabarse algún día, ni qué iba a hacer entonces. La inconsciencia era algo bendito en aquellos años. Milagroso. Sagrado. El escudo invisible que me protegía de toda la mierda del mundo, incluyéndome a mí mismo. Antonio me dejaba en la puerta de La Farándula, un garito que abría hasta el amanecer, semiclandestino, instalado en una casa ruinosa en mitad del dédalo de callejuelas más peligroso de La Alameda –las calles adyacentes pululaban de yonkis, putas arrastradas, mendigos y navajeros-, y yo me sumergía en el ambiente canalla del sábado noche, entre aquella clientela tirando a melenuda, en aquel olor a porros y sobacos sudados, con mi fajo en el bolsillo, bebiendo whisky a mansalva –el cuerpo aguantaba bien todavía- y tratando de ligar a mi manera, es decir, dejándome ligar, que era lo que hacía en aquella época. Nada de putas insinuantes: mujeres jóvenes, normales, un poco tocadas de copas, estudiantes o en edad de estudiar, de las que parecía haber olvidado la existencia.
En realidad, a aquellas alturas había olvidado hasta la luz del día. Alienación por el trabajo, que decía el otro. Yo era la gran promesa de la literatura española. El infant terrible de la gran familia tan bien avenida de los plumíferos ibéricos. La hostia en verso inédito.
O sea, una mierda pinchada en un palo de neón.




Rebeca, que así se hacía llamar, fue la primera. Brasileña, con una larguísima melena sedosa, ojos claros, tetas enormes, piernas rotundas, de voz melosa, insinuante, que hablaba un español perfecto, nueva en el club, unos veinticinco años, y según supe unos días después, con cáncer. “Lo que necesitas es una buena paliza.”, me dijo en la barra, con aquel dulce deje brasileiro. Y le dije a Antonio que me la llevara a La Panarra y la dejara allí y luego volviese a recogerme. El viejo truhán sonrió; los ojos le brillaron detrás de las gafas.
-Ya iba siendo hora, hombre. Y además, ésa es de las buenas.
Las que considerábamos “las buenas” no eran otra cosa que mujeres que le tenían más bien poco o ningún aprecio a Sepúlveda, o sea, poco predispuestas a la delación, el chivatazo o el rollo macabeo. Aquella noche entré, por derecho propio, en el club de los folladores. O casi. Había bebido un poco más de la cuenta, celebrando la proposición de la chica, que ya llevaba un par de días tirándome los tejos, los mismos que yo me había pasado calibrándola, ponderando la conveniencia o no de meterla en mi cama, las consecuencias que aquello pudiera tener, en fin. Cuando entré en la Panarra, me fui directo a ella y le comí la boca. Sin más preámbulos. Directamente. Ante la cara de alucine de Eduardo, el dueño, que nunca me había visto con una mujer del club en su bar. Rebeca era la dulzura personificada. Tenía una niña pequeña en Madrid a la que intentaba ver lo más a menudo posible. A pesar de la histerectomía que le habían practicado, el cáncer se le había reproducido, y no había nada que hacer salvo someterse a durísimas sesiones de quimioterapia: el problema era que ella, como brasileña e inmigrante ilegal, no podía ponerse en manos de los médicos de cualquier manera, y en una clínica privada el coste del tratamiento la habría dejado sin una peseta, y ella no podía permitirse dejar de trabajar para acabar languideciendo en una cama de hospital, sin fuerzas para nada, perdiendo el pelo y tal vez la poca vida que le quedara entre vómitos y dolor e inyecciones de morfina.
Respondió a mi beso con una naturalidad inaudita, como si nos conociéramos de mucho más tiempo. Nos tomamos una copa –Eduardo nos invitó y aprovechó para decirme “Chapeau” aprovechando un momento en que Rebeca fue al servicio, en lo que me pareció sincera admiración (tal vez no fuese más que puerca envidia)- y nos fuimos a mi casa. Uno siempre había sabido que las putas no besan jamás en la boca, porque un beso puede ser mucho más íntimo que un polvo. Pero en aquellos días también aprendí que a estas mujeres, cuando están con alguien que les gusta, o fingen que les gustas –tal vez para engatusarte y llevarte al altar y hacerse con los papeles-, no les apetece nada hacerlo con condón, regla de oro no ya en puticlubs, sino en la vida en general. Todo tipo de hombres pagan para estar con ellas: guapos, feos, aseados, sucios, viejos, jóvenes, ricos, pobres, de todos los oficios imaginables, brutos, delicados, viciosos, conservadores, degenerados, normalitos, imaginativos, pervertidos, sumisos, dominantes. Las combinaciones son infinitas, pero con la polla siempre plastificada. Y por eso, cuando están echando un polvo de verdad con alguien que les gusta, o simplemente las atrae, adoran que les llenen el coño de leche caliente. Y eso fue lo que quiso Rebeca: que le llenara el coño de leche caliente, entre largos, interminables besos con lengua y lamidas de pezones, y dormir abrazada a mí hasta el día siguiente, sudor contra sudor.
Pero el alcohol me la jugó, y no pude correrme, y la chica se mosqueó, argumentando que lo que pasaba era que yo no le gustaba lo suficiente. No era más que un pequeño exceso de copas, pero se lo tomó bien a pecho. Si embargo, en ningún momento perdió los estribos: durmió un par de horas junto a mí, y hacia las nueve de la mañana dijo que se marchaba. Fue decepcionante para los dos, y a mí me dejó desvelado. Cuando se fue, bajé al bar a por un poco de anestesia marca La Castellana, después de asegurarme de que el despertador estaba conectado, y Eduardo, guasón, que estaba ojeando el Marca, me preguntó cómo había ido la cosa.
-De cojones. Ha ido de cojones- dije.- Anda, ponme un telegrama urgente.
Cuando Rebeca bajó a la sala aquella tarde me saludó educadamente, pero sin mucho interés. Yo tenía más resaca de lo habitual y la sensación de haber perdido aquel tren. Una lástima; quién sabe lo que hubiera podido suceder entre nosotros. La chica me gustaba mucho. Pero me había olvidado de cumplir con lo que he dado en llamar el axioma de oro del buen follador: no sólo satisfacer plenamente a la mujer la primera noche, volverla loca a polvos si es posible, sino también correrse uno a lo bestia todas las veces que pueda, hacer que la mujer vaya al baño con el semen chorreándole entre las piernas, los pies en el suelo y la cabeza en la estratosfera orgásmica, creyendo, inapelablemente, en el milagro.




Todo tenía, por aquel entonces, un permanente aire de provisionalidad. Cómo pensar siquiera en llenar de libros aquella sórdida casa, en quedarme los domingos leyendo o escribiendo tranquilamente entre aquellas cuatro paredes, con aquella cocina desvencijada, el calentador del gas sin salida al exterior –había que dejar abiertas las ventanas de la cocina, y la verdad era que hasta algo tan simple como darme una ducha me ponía nervioso: me imaginaba reventado entre cascotes después de la explosión del gas-, aquellos muebles que mi tía Juana le había comprado a mi padre en el rastrillo de los drogadictos de la Avenida de la Cruz Roja después de que yo mismo desvalijara el piso, un par de años antes. Ni siquiera se me ocurría la posibilidad de relajarme, de hacer lo que se conoce como vida doméstica, comprarme un ordenador, convertirme en un “escritor de domingo”, buscarme una novia, abrir una cuenta en un banco, ahorrar dinero. Lo que la gente consideraría llevar una vida normal. Uno no quería llevar una vida normal; uno quería ser un bohemio adinerado, aunque fuese al precio de tener que trabajar seis días a la semana en aquel club de locos, alcoholizándome a diario –ya llegaría la factura-, garrapateando ideas en servilletas, llevando en el bolsillo del abrigo viejos poemas que pretendía leerle a alguna mujer si la ocasión era propicia. Desconocía por completo el prurito burgués de la conservación, el ahorro, la calma que proporcionaban los billetes puntualmente ingresados en una cuenta corriente, todo aquello que, intuía, me habría permitido, en un pasado no muy lejano, hacer que Laura pudiese venirse a vivir conmigo. Pero el caso es que raramente pensaba en ella, como no fuese en alguna ocasión, sobre todo en las noches de La Farándula, en que me tropezaba con alguna mujer más o menos remotamente parecida a ella, unos rasgos similares, una melena cobriza, rizada, un culo glorioso, una expresión salaz, incluso un cantarín acento madrileño.
Un escritor que no escribía pero iba de escritor por la vida. Hasta Joaquín Sabina tenía unas líneas al respecto, y había vocecillas interiores que de vez en cuando me susurraban: “Mamarracho.” Pero yo no podía verme por fuera, si no era haciendo un esfuerzo supremo, y mi nivel de alcohol en sangre raras veces lo permitía. La gente que me rodeaba sabía que hablaba idiomas; las chicas de los Daneses, Antonio el taxista, Jorge, Tony, Sepúlveda, Eugenio, los camareros, Paco el recepcionista, Eduardo el del bar, me tenían, en mayor o menor medida, por alguien inteligente, o educado, si no directamente pedante o gilipollas. Pero no podía dejar traslucir mi cultura libresca de cualquier manera. Tenía más que de sobra con hacer de intérprete en el club con alguna chica nigeriana, o rusa, que solamente hablaba inglés o ruso, y mi ruso, que parecía genuino, tampoco era para tanto. Lo tenía bastante olvidado, y además no había pasado de primero de carrera. Antonio el taxista no paraba de preguntarme, en aquellas veladas de La Panarra, mientras se bebía una cerveza o un cubata, qué hacía alguien como yo trabajando en un putero. Aunque no fuese un universitario pleno, con títulos y demás zarandajas. ¿Qué hacía alguien como yo, que hablaba inglés, y sabía estar, y vestirse, poniendo copas detrás de la barra de un puticlub?
-Mira que la noche quema mucho, tío.
Pero yo me encontraba bien. Era como si la vida me hubiese puesto en mi sitio. Siempre había querido tener dinero, copas y mujeres, la noche extendida ante mí como un dédalo de promesas fulgurantes, no depender de nadie para tener mil duros en el bolsillo. Quería bebérmelo, comérmelo, follármelo todo. Quería vivir. Quería dejar atrás el entramado libresco-existencial, con parada en el bar Sugar, en el que mi madre siempre había pretendido que viviera, cultivándome como a un repollo con la vista puesta únicamente en la obtención de un título universitario, cebándome de bibliografía, diccionarios, apuntes, conferencias, encerrado entre aquellas cuatro paredes, con el corazón siempre encogido, inquieto, malhumorado, nervioso y aburrido a la vez ante la posibilidad de que mi madre llegara “cabreada”, cuando no borracha, y empezara a pegar gritos, a dar órdenes, a escupirnos a la cara sus frustraciones, sus cuernos, sus celos, sus broncas en el trabajo, sus zancadillas, sus sesiones de culos lamidos, sus idealismos trizados, sus sueños desmentidos por una realidad cada vez más pedestre y mediocre, la evidencia –expresada en palabras por la propia interesada- de que nunca había querido, en el fondo, tener hijos, y de que no éramos en el fondo más que obstáculos en su carrera. Quería olvidarme de aquella familia que te tenía siempre en el punto de mira y que disparaba con bala en el mismo momento en que sacaras del plato la punta de un dedo o abrieras la boca, aquella familia que presumía de culta pero ponía el grito –y el meñique y la tacita de café- en el cielo si insinuabas que lo que querías de verdad era ser escritor. A lo que nadie parecía oponerse frontalmente, y mucho menos mi madre, que me animaba e incluso me decía a veces que estaba orgullosa de mí –a la vez que analizaba detenidamente mis escritos, psicoanalizándome descaradamente, lo cual podía estar muy bien para ella, pero no para ponerme luego en evidencia delante de mis familiares en una de aquellas amenas reuniones de inquisidores, como de hecho hacía, y no sin un punto de ironía, con una crueldad que ella creía que serviría sobre todo para garantizarse mi sumisión, mi aceptación de las reglas- pero que todos consideraban una locura, un capricho de juventud.
Mi sitio. Antonio haciéndose rayas en el coche, fuera del bar, y yo bebiendo anís a las seis de la mañana, como todos los días, con la conciencia remordida por no ser capaz de escribir ni una línea e incluso por no haber querido, o sabido, o podido, responder a las expectativas familiares, aunque esto no lo hubiera confesado ni bajo tortura. Mi sitio en el mundo. Era como un Bildungsroman mediocre, con fondo de tragaperras, de borrachos, la cara de Manolo, El Cuqui, como un tótem de insomnio, más allá del hastío, inclinado sobre la plancha, el olor de las patatas fritas, los huevos, las hamburguesas mientras iba amaneciendo lentamente sobre aquella barriada sevillana. Y sin embargo, aquello era la vida. Trabajar, ganar dinero, tener un techo, una cama. Ten cuidado con lo que deseas, porque puede convertirse en realidad. Y aquella era mi realidad: mi fajo de billetes grandes en el bolsillo, mi sueño de plomo, mis despertares ansioso por llegar al bar de la estación y calzarme un par de copas entre el bullicio antes de subir al autobús, mis noches cada vez más largas –y ya no únicamente circunscritas al sábado- en la Alameda, mis escritos almacenados en carpetas, criando moho en el baúl de mimbre que tenía en el dormitorio, la cama de matrimonio que me compré una mañana para poder follar en condiciones. Esa era mi realidad, por el momento. Ese era mi Bildungsroman particular.
Qué lejos de mis sueños tolstoianos, de La Alpujarra, de mis amigos, de mi hermana, de la poesía, de todo. Qué mierda. Y sin embargo.
Tal vez en el fondo todavía no hubiera salido de la Universidad. Tal vez solo hubiera cambiado de facultad: en cualquier caso, nada es gratuito en esta perra vida. En aquella época, lo único gratis que conseguí fue tirarme a un montón de putas. Lo cual, tal como está el mundo, y teniendo en cuenta que nunca me he considerado un hombre particularmente atractivo –tengo barriga de cuarentón desde que nací-, es todo un jodido récord.




Iban y venían. Desaparecían durante unos días y volvían con otro peinado, con otro maquillaje, con otra ropa, pero siempre con el mismo aire de cansancio. Volvían de otros clubs, de sus países –normalmente con pasaporte falso-, de otras ciudades, de unos hijos, de un marido. La mayoría. Otras no regresaban jamás: el laberinto de la prostitución en España, en Europa, es infinito. Todos los días desaparecían mujeres; todos los días se hallaban cadáveres; todos los días se detenía a proxenetas, dueños de clubes, sicarios, chulos, guardias civiles, policías que estaban en el ajo. Los periódicos rugían de novedades que no eran tales, voces de airadas feministas, de sociólogos, de religiosos concienciadísimos (yo me acordaría, años más tarde, del arzobispo de Granada acodado en la barra de un famosísimo club de la ciudad, cortejado de putas en lugar de sacerdotes, aunque nunca supe ver la diferencia de fondo), de políticos, de empresarios, de vecinos indignados por la cercanía o proliferación de lugares como aquellos cerca de sus domicilios –los mismos que luego se escaqueaban a tomarse una copita al club de sus indignaciones-. Los periódicos eran la crónica puntual del esperpento: yo había cogido la costumbre de comprar El País los domingos, y lo leía deleitándome morosamente, página a página, para enterarme de cómo iban las cosas, por un lado, y por otro para no perder la costumbre de leer. Me bastaban aquellas páginas, aunque tenía carnet de la biblioteca pública. Sabía que no iba a ir a la biblioteca aunque hubiese estado abierta los domingos: habría tardado tres meses en leerme libros que en condiciones normales me hubiera zampado en horas. Me preguntaba cómo podía uno ganarse la vida escribiendo en los periódicos; admiraba, y admiro muchísimo, a gente como Francisco Umbral, que nunca lo tuvo fácil, como casi todos. Me preguntaba cómo se escribía un best seller, cuál era la receta para acabar haciendo que el director de tu banco se cuadrara a tu paso, que al fin y al cabo, pensaba, era de lo que se trataba. No fue hasta años después que di con la clave para firmar en la Feria del libro, o sea, con el secreto para convertirse en fabricante de papillas mentales a gusto del consumidor, pero eso es otra historia.
Iban y venían las mujeres, iba y venía Sepúlveda, Pedro se fue –recordaba con desagrado el día que casi tuvimos una pelea a cuenta de no se qué tontería, pelea que zanjé diciéndole sencillamente que no pensaba pelearme con él, que iba encocado hasta las cejas y probablemente cabreadísimo con aquella chavala, Carla, con la que compartía piso-, y entró Jose El Gordito, corto de entendederas, rastrero, muy amigo de Sepúlveda –venía de otro club en Huelva o por ahí-, al que muchas niñas parecían conocer de toda la vida, con su teléfono Ericsson de nueva generación, y se instaló en la sala vip, y la rutina siguió sin apenas variantes. Daniela, la modelo brasileña de largos cabellos lisos y sangre amulatada, que solamente tenía un cliente, llamado Jose María, que a veces se quedaba a dormir en el club, o se la llevaba fuera –las “salidas” costaban 150.000 pesetas diarias- durante semanas, y con el que según la leyenda apenas follaba (él la gozaba contemplándola en faena con algún amigo, o simplemente charlando, o luciéndola, o lo que fuese); Daniela, que ganaba tres o cuatro millones de pesetas al mes y podía permitirse el lujo de rechazar a cualquiera, porque no todo el mundo tenía el poder adquisitivo del tal José María, del que lo único que yo supe, durante meses, era que bebía Cacique con cocacola (no podía adjudicarle una cara de entre las muchas que veía todos los días), y que raro era el día en que no pedía tres o cuatro botellas de champán, a cincuenta mil la unidad. “Es un nota que ha heredado muchísimo dinero”, me dijo una vez El Cuervo. “Un tío rarísimo. Yo no sé si es maricón, o le gusta tó, o está loco. No tengo ni idea. Estoy harto de subirle copas a la habitación y siempre veo a la Daniela vestida.”
Iban y venían las mujeres, y yo hice migas con una mulata dominicana, casi negra en realidad, que se puso el nombre de Julia en la lista de mujeres que Jorge llevaba; me parecía simpática, divertida, siempre sonriente, discreta pese a todo, tenía buenas piernas y era bastante educada. Tenía hijos en Santo Domingo. Estuvo en Los Daneses unos días, intercambiamos teléfonos, y luego cambió de club. De modo que la misma tarde de Nochebuena me vi en el Corte Inglés, sección de alimentación, comprando gambas y cigalas, espárragos gigantes, huevas, salmón ahumado y otras delicatessen .-ese día el club cerraba-, además de whisky y cerveza y vino, y el mismo taxista me llevó al Rey, en Santiponce, donde recogí a Julia y me la llevé a casa. Las Navidades nunca habían significado nada especial para mí, pero aquella mujer agradeció el gesto. Nos hicimos, si no amigos, bastante cómplices. Me gustaba el aire tímido y a la vez zumbón con que se reía de todo. Comimos a la luz de unas velas, bebimos abundantemente, y nos metimos en la cama, también con luz de velas, Cuando se quitó la minifalda y se tumbó en tanga a mi lado, suspiré de placer al contemplar aquellas piernas, aquel culo oscuro: llevaba medias y liguero; me atrapó la polla entre sus pies y empezó a masturbarme lentamente, sabiamente; nunca me habían hecho nada igual. Mi erección se convirtió en una monstruosidad casi dolorosa mientras Julia se acariciaba el coño y se agarraba las grandes tetas oscuras y se chupaba los pezones a la vez que me miraba fijamente. Era puro vicio. Sus pies enfundados en nylon subían, bajaban, apretaban, amasaban, me acariciaban los cojones.
-Córrete, papito, córrete.
Creo que el chorro de lefa llegó hasta la ventana del dormitorio, mientras las piernas me temblaban. Me quedé literalmente sin respiración, fui al salón y me puse un whisky y me comí un espárrago gigante, y pensé que a mis veintitrés años, y pese a lo que consideraba una más que considerable carrera de follador –nunca me habían faltado mujeres, en el fondo-, todavía no tenía ni puta idea del tema. Ignoraba profundas sabidurías sexuales. Aquello había sido pornográfico, insustituible. Le llevé una cerveza fría, que era lo que tomaba, y nos quedamos charlando, riéndonos, acariciándonos, hasta que me empalmé otra vez y la penetré de lado, hundiéndome hasta el fondo en aquel macizo culo negro, follándola despacio mientras ella contraía sus músculos vaginales, ordeñándome, apretándose contra mí, gimiendo –no sabía si fingía o no-, hasta que me vino la debacle y acabé desmadejado, sudando y con la polla todavía tiesa, envuelto en acres efluvios sexuales, y a los pocos minutos me quedé dormido aunque no eran ni las dos de la madrugada.




Qué diferentes es la ciudad donde uno ha pasado la mayor parte de su vida cuando se regresa con el bolsillo bien repleto, se baja uno del autocar a media tarde, bien vestido, coge un taxi, da una dirección y se apalanca con un whisky en un bar cercano a la casa del amigo con quien se ha quedado para cenar en Nochevieja. Granada, 31 de diciembre de 1997. Cambia uno de ciudad aunque solo sea por unas horas –no pensaba dormir aquella noche sino coger un autobús de vuelta-, y cambia de mundo. Pero aquel no era ya el mundo familiar de pocos meses o años atrás. No tenía intención de ir a ver a nadie de entre mis familiares: al fin y al cabo, mi madre me había echado de casa, sin dejarme otra opción que irme a Menorca con mi padre, y mi abuela estaría con mi tío Enrique y su mujer y sus niños y sus consuegros. O con mi tía Gloria. En fin sitios donde yo no era bienvenido de una forma u otra, y en mi familia las formas siempre han sido lo primero. Que no te vean despeinado aunque esté ardiendo la casa. Nosotros, que solamente bebemos (por trailers) whisky con agua, vodka, ginebra, ron, vino tinto, etc, te vamos a ingresar en una clínica y te inhabilitaremos legalmente, por alcohólico esquizofrénico pasivo agresivo, y sobre todo por haberte metido a escritor y no haber acabado la carrera. Que tu tío abuelo Enrique nunca intentó meterte la polla en la boca, ni te besó con aquella lengua que sabía a tabaco de pipa y alquitrán y babas, que el niño es que tiene mucha imaginación. No le hagáis caso.
Estúpidos hipócritas hijos de puta.
Lo que yo pretendía era pasar unas horas con Carrasco, El Facha, aquel escaso círculo de amigos de toda la vida, salir a tomar unas copas y disfrutar de la Nochevieja por los bares de Granada, pero eso sí, con el bolsillo escandalosamente lleno, como nunca había tenido ocasión de hacer en toda mi vida. Estaba a tres horas escasas de Granada, pero no tenía tiempo para ir y volver cada fin de semana, que era lo que me hubiese gustado en realidad. Habría sido una carrera contra reloj, pendiente en todo momento del horario de los autobuses, y todo para disfrutar de unas horas de aquella ciudad en la que nadie me esperaba excepto aquellos mismos amigos, que eran uno de los pocos lazos que me unían a un pasado todavía bastante reciente pero del que estaba definitivamente expulsado. Era doloroso pero era cierto. Vivía y trabajaba en Sevilla, mi vida estaba en Sevilla, el dinero estaba en Sevilla, mi rutina estaba en Sevilla, mi techo estaba en Sevilla. Granada no tenía nada que darme, o al menos eso creía yo entonces. De hecho, Granada nunca me había dado nada excepto su belleza y el privilegio de haber quemado mi juventud por sus calles, pero yo empezaba a aprender que de esos tesoros líricos y sentimentales no sacaba uno para los garbanzos, y mucho menos para whisky. El amor por la familia empezaba a ser una bella estampa perdida en la irrealidad de un museo privado, recuerdos evanescentes en la soledad despoblada del infierno que todos llevamos dentro. Y uno empezaba a saber, con la certeza de una patada en los cojones, que de la poesía no se come a menos que uno pertenezca a la selecta cofradía del Pesebre, a la masonería de los Premios y Jurados, al contubernio de los Conferenciantes, al Patio de Monipodio del mundillo literario, ese nido de ratas, esa caterva de putas chaqueteras, ese jardín del Bosco de los lameculos y sacacuartos, esa debacle de ineptos bajo consigna, ese albañal literario y humano, esa reata de gárgolas envidiosas que venderían a su puta madre por una reseña favorable en un periódico o la trocearían y se la comerían cruda por un premio de los gordos, una sinecura en forma de columna en el País, Abc, El Mundo, La Vanguardia. Eran exactamente como las chavalas de los Daneses cuando se peleaban por un cliente, con la diferencia de que las chavalas de los Daneses raras veces se peleaban. Al menos, por un cliente. Las putas del mundo literario son mucho peores. Son capaces de enseñarle las bragas a cualquiera, y encima sin cobrar. O de matarse por los restos del gaudeamus que se pegan los editores a su costa.



-Te van bien las cosas, por lo que veo- dijo Carrasco.
-Económicamente sí, desde luego. ¿Otra cerveza?
-Venga. ¿Ya estás con liado con el whisky? Deja algo para la noche, tío.
-El whisky está bueno a todas horas, hombre.
-Y las tías.
-Y las tías.
-Te estarás poniendo las botas.
-Se hace lo que se puede.
-¿Y Laura?
-Hace tiempo que no sé nada de ella.
-Qué lástima, colega.
-Ni que lo digas. Pero en fin: life goes on.
Mezcla encontrada de euforia y melancolía navideña en aquella taberna de larga barra de madera. Los pocos clientes que había apuraban sus copas, enjaezándose para lo que tal vez fuera una debacle. De vez en cuando el dueño nos echaba una mirada. Iban a cerrar en pocos minutos. Íbamos a cenar cuatro amigos en casa de Christian: sus padres no iban a estar aquella noche.
Mientras me acomodaba en el sofá, unos minutos más tarde, no podía evitar sentirme embargado por una corriente como de desasimiento. Me sentía como un extraño en aquella casa, en aquel ambiente familiar y ordenado, de limpieza inmaculada y muebles severos, con un pequeño Belén instalado en un mueble junto al televisor apagado, tan diferente de la tristeza sórdida y mugrienta con olor a bajante atascado del piso de Sevilla, mientras Christian buscaba unas cervezas en la cocina y esperábamos a que llegara su hermano Miguel y Alfonso, a quien todos llamaban el Facha por razones que nunca llegué a comprender del todo, y que no parecía tener un pelo de facha. Era como si a mí me hubieran apodado Sor Citröen. No tenía sentido. A mí me habían apodado el Undertaker unos pocos años atrás por mi afición a vestirme con una especie de levitón negro que me daba, junto a mi palidez, aspecto de enterrador. Eso tenía su gracia. Más que amigos, éramos conocidos de toda la vida, desde los años en que jugábamos a rol y yo hacía casi siempre de Dungeon Master por mi celebrada facilidad para las descripciones y los ambientes y los detalles de aquellos mundos de fantasía en los que nos abismábamos siempre que podíamos, saltándonos clases si era necesario. Éramos como yonkis del rol: todos tenían algunos años más que yo. Cuántas horas no me habría pasado yo encerrado en mi habitación, dibujando enrevesados mapas de laberintos, torres, fortalezas, mazmorras, creando aventuras para mis amigos, haciéndome con fotocopias de manuales, bestiarios, ampliaciones del juego, en vez de estudiar matemáticas. Cuántas broncas de mi madre no me habría llevado cada vez que me sorprendía inmerso en aquellos mundos. Tal vez de haber sido algo mayor y haber poseído el talento necesario, habría podido dedicarme a crear juegos de ordenador parecidos a aquellos e incluso ganarme la vida con ello: pero no sabía nada de informática –mi generación no estaba siquiera mínimamente informatizada-, y además vivía en España, que era como decir en un agujero negro. En Estados Unidos, tal vez podría haber llegado a algo. Aquí ni siquiera cabía la posibilidad de imaginárselo. España es un país tan pobre en ciertos aspectos –pero riquísimo en lo que Nietzsche llamó “el jesuitismo de la mediocridad”- que llega a moldear la psique hasta atenazarla de prejuicios, sombras y complejos de inferioridad. Era un hecho que los mejores informáticos españoles vivían y trabajaban fuera, porque aquí seguíamos, como en los tiempos de Unamuno, con la máxima omnipresente del “que inventen ellos”. Lo mismo pasaba con cardiólogos, arquitectos, científicos, investigadores, músicos. Aquí no era que nadie fuese profeta en su tierra: era que a los profetas se los comían con patatas. O ni siquiera eso: se morían de asco, hambre y frustración, o todo junto, y acababan opositando a funcionarios, que es lo que priva. O montando constructoras.
De modo que el antiguo dungeon master quinceañero, luego reciclado en poeta maldito/inédito, letrista de rock, borracho impenitente y follarín más o menos afortunado había terminado trabajando de cajero en un puticlub, imaginé que estaría pensando Christian con una sonrisa socarrona mientras sacaba unas latas de Alhambra de la nevera y preparaba unas gambas de aperitivo. Cuando vino, llamaron al timbre y apareció su hermano Miguel, con el que yo ni me llevaba bien ni dejaba de llevarme, y poco después aparecieron el Facha y Abraham, con sus ojos verdes de loco perfectamente lúcido, muy leído e inteligentísimo. Nos abrazamos, nos sentamos alrededor de la mesa, y aquello empezó a animarse un poco. Todos insistían en que estaba más perdido que el barco del arroz. Era como si hubiese desertado no sólo de Granada, sino de sus vidas, y en el fondo de sus palabras percibía que en realidad les daba igual, que se alegraban de verme, sí, pero que si no hubiese aparecido aquella Nochevieja hubiesen seguido exactamente igual con sus vidas, lo cual era lo más lógico del mundo, por supuesto. Pero estaban encantados de que hubiese venido, como siempre, a alborotar el gallinero.
Un vago dolor, una euforia nebulosa; alegría de estar entre rostros conocidos, melancolía pegajosa, conciencia de que todo era mentira, como la Navidad, pero también de que aquella mentira era lo único que me quedaba. Notaba en sus caras que no paraba de hablar de dinero. El dinero se me había subido a la cabeza. A mí, que me había pasado la vida diciendo que odiaba el dinero y despreciando a la gente que decía que le gustaba el dinero, y pegando sablazos a diestro y siniestro como digno heredero de mi padre. Christian me miraba de vez en cuando por encima de los cristales de sus gafas. Alfonso quería que le hablara de las putas. ¿A cuántas me había rilado? ¿Me hacían precios especiales? Abraham sonreía, picaba queso, jamón, gambas, carne mechada, bebía cerveza, decía que se iba a ir voluntario a Bosnia, que se ganaba un dineral. El hermano de Christian no decía nada. Cuando acabamos de cenar, se encerró en su habitación y puso música, haciendo tiempo mientras se vestía –había quedado con su novia-, y nosotros nos fuimos a la calle poco después de que dieran las campanadas, andando hasta la zona de Pedro Antonio de Alarcón y deseando que hubiera ya algún bar abierto en alguna parte. Fue una de las nocheviejas más tristes de mi vida: pagué infinitas rondas de copas; ni siquiera tenía ganas de ligar: lo único que deseaba era aturdirme. Por la mañana, después de que uno a uno todos hubieran ido claudicando y yéndose a casa, acabé en el Vértigo, un garito de mala muerte donde solían acabar los más osados exploradores de esa selva de espejismos que es la noche, lleno de lo peor de cada casa. Putas, traficantes, borrachos a capa y espada, navajeros, mujeres hermosísimas, estudiantes, tunos a deshora, camareros de todos los pubs de la ciudad convergiendo en aquel sótano oscuro, espeso de humo y luces equívocas y recovecos, donde casi no cabía un alfiler y la coca circulaba con toda naturalidad hasta las dos o las tres de la tarde, hora de cierre. El reducto de los irreductibles. Acodado en la barra, sorbiendo una cocacola, triste como un gato bajo la lluvia, medio borracho, desencantado de todo, hablé durante unos minutos con un travesti bastante guapo que me insinuó que por dos mil pesetas me la mamaba en los servicios.
En aquel estado de ánimo no hubiera sido capaz ni de follarme a Kim Basinger. Invité al travesti a una copa, pagué, salí a la calle, cogí el primer taxi que encontré en la Plaza del Gran Capitán y me fui a la estación de autobuses y me largué a mi agujero sevillano.




Otra tarde nos encontramos con que habían instalado dos cámaras en la barra: una al final del tramo más largo, encima del hueco por donde se salía, y otra justo encima de la registradora, enfocando el tramo más pequeño. El Bigotes estaba que se salía. No las habían instalado por motivos de seguridad, por supuesto, aunque allí el peligro de trifulcas, navajazos y hasta de tiroteos fuese una posibilidad muy a tener en cuenta, no; las habían instalado para vigilarnos a nosotros, y muy probablemente por el sencillo motivo de que la caja cuadraba misteriosamente a la perfección todos los días y yo no daba informes a Sepúlveda sobre nadie, ni positivos ni negativos, lo cual me clasificaba automáticamente, según las retorcidas pautas de neurosis y paranoia de aquel capullo, como chorizo en potencia. Y aún así, me habían renovado el contrato de tres meses.
Daniel tuvo una pelea con Pedro, el nuevo segurata que Sepúlveda había contratado, un enano experto en artes marciales recién salido del penal del Dueso por “homicidio involuntario”, y apareció con la nariz rota por el pasillo, llorando, la camisa destrozada, moqueando farlopa y cagándose en los muertos de aquel hijo de puta. Jorge me advirtió de que aquel tío era peligrosísimo, la sombra de Sepúlveda en realidad, y de que tuviéramos muchísimo cuidado incluso al repartir el “bote”, sobre todo cuando fuese especialmente abundante: me sugirió que lo guardara en monedas de 500 pesetas y que lo cambiásemos una vez fuera de allí. Nada de billetes. A Daniel lo echaron, y ocupó su lugar un chaval regordete, catetorro, de pocas luces y que nunca había trabajado –y probablemente ni siquiera entrado- en un putero, que se llamaba Rafael y dejaba mucho que desear en cuestiones de olor corporal. Apestaba a sudor como si trabajase en la huerta todas las mañanas y no pasara por casa a darse una ducha o al menos un toque de desodorante. Casi me compadecí de él; uno empezaba ya a estar quemado y sabérselas todas, aunque en un sitio como aquel lo de sabérselas todas no pasaba de ser una presunción. Con las cámaras instaladas creció el agobio, pero descubrimos un ángulo muerto justo en la esquina entre el tramo de barra grande y el pequeño, en el pico de la L. Era el único sitio donde podías darle cambio a una chica sin que pareciese que le estabas acariciando la mano, o ponerle una copa a algún conocido sin cobrársela, o incluso charlar sin que te vieran.
-Mira esas putas camaritas… -dijo un cliente-. Con lo poco que a mí me gustan las putas camaritas de los cojones. ¿Es que no puede uno tomarse ni una copa tranquilo?
Adoptamos a Rafa con cierta prevención, como era lógico. Pero no tardamos en darnos cuenta de que el pobre era tan zote –y estaba tan aterrorizado- que jamás se hubiera atrevido a darle a la lengua respecto de los jugosos “botes” que nos llevábamos casi todos los días. Sobre todo cuando lo hicimos partícipe, claro.
-Pero ezto é ilegá, ¿no?
-No, Rafa. Ilegal es una mujer sin papeles, que aquí son mayoría. Lo que nosotros hacemos no es ilegal. La caja no se toca. Lo que se toca es el bolsillo del cliente, del mismo modo que el cliente nos toca los cojones a nosotros, hijo- le dijo El Cuervo.
-Ojú.
Andaba con los ojos como fuentes, alucinado ante el espectáculo de toda aquella impudicia, de toda aquella carne femenina, torpe y lento tras la barra, poniendo limón en el whisky y olvidándose de ponerlo en el gin-tonic; las chicas lo convirtieron un poco en blanco de sus bromas. Se le notaba a la legua la falta de trato con las féminas, sean del tipo que fueren. Era cejijunto, de piel olivácea, con un corte de pelo “barato” según Jose El Gordito, que reinaba en la sala vip –donde por lógica y regla general había bastante menos clientela que en la sala grande- tocándose el nabo y cotorreando con las niñas y dejándose invitar a Johnnie Walker Etiqueta Azul por algún cliente golfo coleguilla suyo podrido de billetes: las botellas las compraba él mismo (no era una marca que se vendiese en el club) y se quedaba con los beneficios, al módico precio de mil duros la copa. Era el rey de las cremas de afeitar, el after shave de marca y las Gillette Sport-3, que costaban una pasta, y de las colonias caras, y de los teléfonos móviles de último modelo que hubiese en el mercado, y del tabaco Winston de contrabando, que vendía también por su cuenta haciéndole la competencia a Antonio el aparcacoches. Ganaba un dineral todos los meses y no se le conocían vicios, ni siquiera femeninos, y era intocable: el Bigotes lo conocía desde crío. Se pasaba la vida en el cercano Carrefour, brujuleando, comprando, comparando precios, marcas, buscando chollos caros. Pero no nos daba problemas. A veces llamaba a la barra grande para decir que le lleváramos vasos nuevos del almacén, porque no podía moverse y dejar aquello solo –también había una cámara enfocando la pequeña barra de la sala-, y el Cuervo se quejaba y decía que era un vago de tres pares de cojones. No era la primera vez que trabajaba allí, por lo visto. Sería un enchufado, pero el Bigotes le pegaba más broncas que a nadie (aunque no lo ponía en la puta calle) por vender su tabaco y su whisky de 30.000 pesetas la botella además de cobrar su sueldo. A Sepúlveda no le gustaba la gente con iniciativa propia. Sabía que a veces los gorilas pasaban coca, o facilitaban la tarea de los camellos, y eso lo cabreaba. Él era el socio mayoritario, el puto amo, la reinona de espesos mostachos, y no toleraba más tráfico que el del miedo y la sumisión.
Una noche nos tocó la lotería: entró en el club un conocido torero rodeado, precedido y seguido por unos cuarenta hombres de todo tipo –periodistas, apoderados, empresarios, gorrones, familiares, conocidos-, y la barra empezó a llenarse de botellas de champán, copas de balón llenas de Chivas y Glenfiddich y Bombay Sapphire con tónica, no dábamos abasto, casi la mitad de las mujeres desaparecieron escaleras arriba, empezó a sonar el teléfono (“Diez whiskys con agua, tres botellas de champán, seis benjamines, cuatro gin-tonics de Beefeater”, nos iba recitando Paco con su voz cansina) y aquello fue la debacle. Estuvieron horas bebiendo, follando, bailando. Pedro, el nuevo gorila tamaño chimpancé (tenía además una fisonomía bastante similar a la de estos primates, nariz chata, orejas de soplillo, cejas oscuras y abundantes) no perdía ojo, apostado junto a las cortinas de la entrada, mientras sudábamos –la calefacción estaba a tope por orden directa de Sepúlveda, no sabíamos si para que las niñas no pasaran frío o para que los clientes bebieran el doble o para ambas cosas- la gota gorda, yendo y viniendo del office cargados de vasos sucios o recién fregados –con clientes protestando porque su vaso estaba caliente y otras zarandajas-, resbalando en la goma mojada que cubría el suelo, temiendo en todo momento quedarnos sin hielo (Jorge mandó a Antonio el Taxista a por varios sacos a una venta cercana, y llegó a tiempo de milagro). El Cuervo, que subía las bebidas a las habitaciones, no paraba; el pobre Rafael hacía lo que podía, a paso de buey; yo tenía la lengua fuera y estaba loco por una copa bien fría. No teníamos tiempo ni de pararnos a charlar con alguna de las chicas. Y las cámaras funcionando, grabando aquel guirigay de camareros obstinados en luchar contra la avalancha de clientes que pedían y pedían y pedían. Fue uno de esos días de pleno al 150, que era el aforo máximo de la sala, y ampliamente superado. Como si la presencia del torero y su cohorte hubiese atraído a todos los puteros y bebedores y camellos y policías secretas en un radio de kilómetros a la redonda. Volaron botellas de cava L´aixertell (el “champán” de la casa) por cajas, literalmente; llenamos la barra de cubiteras que normalmente casi no se empleaban; tuvimos que fabricar litros de “champán sin alcohol” (seven up con un toque de cocacola: el brebaje tenía el mismo aspecto y tono que una copa de cava, incluso espumeaba igual) para rellenar benjamines y botellas. No tuvimos ni tiempo de fumar: los cigarrillos se nos iban, convertidos en apéndices de ceniza sobre la máquina lavavasos. No pudimos cenar hasta que el nivel freático de clientela desmelenada bajó, hacia las once de la noche; menos mal que Antonio nos había dejado unas bandejas de comida caliente y bocadillos.
Pero lo bueno fue cuando Jorge vino con una Visa Platino, sonriéndome con complicidad, y me dijo que hiciera la cuenta, que ocupaba casi un folio, y que “yo mismo”. El total fue de 2.350.000 pesetas. Jorge se dio media vuelta y se fue hacia el final de la barra grande y encendió un cigarrillo, dándome campo libre y sin perder de vista a Pedro, que podía andar por la sala vip o escondido tras las cortinas de la entrada. Pasé la tarjeta y marqué 2.750.000 pesetas, sabiendo que me la jugaba –no ya con el club, sino con el torero de marras-, saqué los dos tickets, le pasé a Jorge el que el cliente había de firmar (estaba en la sala vip con los supervivientes de aquella orgía), y esperé con el corazón y los cojones de corbata. Regresó, levantando una ceja irónica, y me dijo:
-Os habeis pasado un huevo, pero me da igual. Yo me encargo del “fiera”. Luego me dejas veinte mil pelas, que estoy tieso. ¿OK?
-Totalmente ok. Faltaría más.
Marqué 2.350.000 pesetas y metí el ticket de la visa junto al resto de los comprobantes de tarjetas de crédito, y tuve que esperar a que Jorge arrancara a hablar con Pedro sobre cualquier tontería. Si en aquel momento alguien hubiese decidido hacer una caja parcial –la x-, habría descubierto que sobraban 400.000 pesetas, y eso era mucho más grave incluso que si faltaran. Me la jugué: conté 100.000 pesetas y las escondí bajo la cajita de las consumiciones de las chicas: si alguien estaba observando a través de la cámara, pensaría que estaba cobrando invitaciones de clientes. Quedaban 300.000. Tuve que hacerlo a lo largo de la noche, espaciando las mordidas (afortunadamente sobraban billetes), hasta que al final, casi a la hora de cierre, pude encerrarme en el servicio con aquel fajo de billetes azules y llamar al Cuervo al móvil (estaba en la barra) y decirle:
-Esto va a haber que repartirlo fuera de aquí. Como al enano le de por registrarnos al salir, la cagamos.
-¿Y al Rafa que le damos?
Era verdad; no podíamos darle 133.000 pesetas de golpe diciendo que eran del “bote”; no lo habría entendido. Era demasiado dinero, casi un sueldo. Podía ponerse nervioso, irse de la lengua cualquier día. Pero había que ser generoso con el chaval.
-Que se apañe con dos mil duros.
-Pues nos vemos en La Panarra. ¿A cuánto tocamos?
-A ciento ochenta y cinco mil por barba, monstruo.
-Te via comé la boca, Migué. ¿La Panarra? ¿El bareto ése donde vas tú?
-El mismo. Antonio sabe donde está.
Me guardé el dinero en el calcetín del pie derecho, aun a sabiendas de que Pedro, si me registraba, no se iba a andar con chiquitas -era perfectamente capaz de rajarte del cuello a los cojones si le daban la orden- y recé. Rafael se sorprendió agradablemente cuando le pasé diez mil pesetas (“Ya tengo pa desayunar mañana”, dijo. “Me voy a poner morao de tostás con jamón y aseite.”), no sin cierto remordimiento de conciencia por mi parte –pero no podía darle más; no en aquel momento-, y se encendieron las luces, las mujeres desaparecieron junto con la música, y Jorge bajó del despacho y me dijo:
-Hostias, Miguel. No volváis a hacerlo. Casi me da un infarto a mí, coño. Sed más discretos, que aquí el único que se hace rico es el Bigotes.
-¿Y el enano? ¿Está por ahí?
-Está en recepción.
Le di veinte mil pesetas a Jorge, que me dio las gracias, y empezamos a contar. Casi cuatro millones de pesetas. El cabrón del Bigotes estaba bien servido. Y por una vez, nosotros también. Más tarde, en el bar, invité a los dos Antonios, El Cuervo y el taxista, a un desayuno a base de solomillo al whisky, huevos y patatas. Y esa noche empecé a guardar dinero en casa, embutiéndolo en el hueco de una de las patas del somier de mi cama. Hubiera sido una locura andar por el club con semejante fajo encima: ahora teníamos enemigos no declarados, además de cámaras. La cara destrozada de Daniel, que había tenido que volverse a Málaga, era todo un poema. El tal Pedro, como su amo y señor, era un psicópata.



Pocas veces en mi vida he visto a gente tan imbécil como en Los Daneses, salvo tal vez en los programas de prensa rosa para marujas, que son, junto a la genialidad de un sistema educativo basado en la muerte de la inteligencia, de la espontaneidad, de cualquier mínimo viso de creatividad y capacidad crítica, el sustrato profundo, junto con otras delicias, de la mente del ciudadano medio de este país. Cuando le preguntas a una niña de doce años qué quiere ser de mayor y te responde que Belén Esteban, ya está todo dicho. Pero en fin.
Había clientes de aire furtivo que se acercaban a la barra y a la hora de pagar con tarjeta preguntaban, con un nudo en la garganta, qué constaba en los recibos que les pasaría el banco. Y había que tranquilizarlos con una sonrisa mal disimulada, diciéndoles que no salía nada que pudiera delatarlos como clientes de Los Daneses. Sepulperoca S.A podía ser una empresa de metalurgia, un restaurante, un almacén de abonos, un concesionario de coches, una tienda de ropa para caballeros, cualquier cosa. Nada indicaba que detrás de aquella contracción de apellidos hubiese un puticlub. Que, en suma, podían fornicar y beber tranquilos, sin que sus abnegadas esposas sufrieran un síncope o un ataque de celos a lo Hera tronante al examinar las cartas del banco. Y es que había que ser soplapollas para pagar con la misma tarjeta con que se pagaban las compras domésticas o los recibos de teléfono móvil.
-¿Prefiere usted pagar en efectivo, caballero?
-No, no. Es igual. Cobra.
Eran pocos, pero eran. Supongo que alguna vez el Arzobispado de cualquier provincia pillaría a algunos de sus sacerdotes siguiendo la pista electrónica de sus gastos en nuestro puticlub –nos constaba, por boca de algunas chicas, la identidad de algunos clientes-, pero estas cosas, ya se sabe, no salen en los periódicos, o por aquel entonces no salían, como los casos de pederastia. Sobre todo en el Abc. Los sacerdotes no follaban. Los sacerdotes no caían en las arrolladoras y deliciosas tentaciones de la carne que allí se exhibía como lo que era: pura mercancía, ganado humano. Los sacerdotes vivían en gracia de Dios. Sobre todo uno que solía subirse con Xiomara, una dominicana regordeta, de piel muy oscura y labios hinchados de botox y fama de hacer unas mamadas alucinógenas, y a la que le pedía que lo azotara, arrodillado a cuatro patas, mientras se metía por el culo un crucifijo de oro macizo.
-Y luego me hace mearlo en la boca, el padrecito. Yo soy más católica que ese mamahuevos, qué coño. La próxima vez le pido el doble.
-Pues pide, pide, que ésos tienen el bolsillo bien forrao- decía Antonio el cocinero, que se estaba tomando una copa al fondo de la barra, junto a la chica-¿Has visto alguna vez a un cura que pase hambre?
-A lo mejor los misioneros que se van a la selva.
-Esos lo que son es gilipollas. Teniendo casa, iglesia y sueldo del Vaticano, ¿a qué van esos hombres al culo del mundo para rodearse de negros muertos de hambre, sidosos, enfermos y tullidos? Y luego les pegan un tiro por dos dólares, y aquí paz y después gloria… No le veo la grasia, de verdá.
-Será cuestión de fe- dije-. Tiene su mérito. Por lo menos le echan huevos. Desde luego, el que está tan tranquilo en su parroquia, harto sopas y metiéndole mano a los niños que hacen la catequesis, lo mejor que puede hacer es callarse.
-En Santo Domingo todos los padres van en Mercedes-dijo Xiomara.
-Para que tus paisanos no se los coman, bonita.
-Anda y que te follen, Antonio. Ni que fuéramos caníbales, carajo- repuso Xiomara, sonriendo y dándole una palmada en el culo al cocinero; las luces negras hacían resaltar el blancor de aquella dentadura, que recordaba a la de un tiburón hembra.



Amaneceres en el mercadillo de Alameda, el Rastro hispalense, con un frío del copón. Sonia tenía diecinueve años y estudiaba magisterio. Ojos azules, pelo castaño, rostro de niña, cuerpo de seda impúdica bajo las mallas negras y el jersey bohemio, lleno de pelusillas, la inteligencia maliciosa de quien está empezando a descubrir más o menos al mismo tiempo los placeres de la golfería nocturna y la lectura ávida. Le regalé una bufanda, la invité a desayunar en un bar cercano. Se comió dos bocadillos de jamón con tomate y aceite mientras yo le daba vueltas a una copa de pacharán, sin entusiasmo: le llamaba mucho la atención que yo hablase ruso y además fuese poeta, pero lo que más le gustaba, aunque nunca lo hubiera admitido ante mí, era que uno manejaba dinero, a pesar de que ese dinero hubiese salido de lo que ella llamaba “un pozo de explotación de la mujer”. Era una chica concienciada, pero le encantaba el whisky con seven up que aquel lacayo colaborador de tal ignominia no tenía el menor reparo en pagarle. Supuse, mientras la veía devorar los bocadillos regándolo todo con café con leche, que en su piso de estudiantes –que estaba en la otra punta de Sevilla- tendrían la nevera más bien in albis.
-Estás más guapo con barba y pelo largo- me dijo cuando le enseñé una antigua foto que guardaba en la cartera.
-Ya.
Costó convencerla. Me dijo que no quería que la considerara un objeto sexual, un cuerpo bonito. Que no le iban los rollos de una noche. Que esperaba mucho más. Que yo le gustaba aunque todavía no me conocía. Que si llevaba a muchas mujeres a mi casa. Que si era promiscuo. Respondí que no, que en realidad yo vivía como un fraile, lejos del mundanal ruido, que era el Fray Luis de León de mi barrio, que desde que me habían “destrozado el corazón” no había vuelto a mantener una relación estable con nadie. Había escuchado tantas veces preguntas semejantes que conocía al dedillo las respuestas adecuadas. Había que mostrarse como un dechado de virtudes, como un pobre joven solitario ansioso de amor que lo que quería en realidad era compartir con alguien sueños, inquietudes, anhelos, esperanzas, ideales. Sonia tenía la cosa platónica además del coño caliente, lo cual a los diecinueve años es lo más normal del mundo. No dejaba de admirar, a la media luz del bar, aquella melena castaña que le caía sobre los hombros cubiertos por un jersey morado, aquellos labios pequeños que anunciaban una sensualidad cálida y acariciante. Se chupaba los dedos pringosos de aceite con la delicadeza de una gatita.
Si no pasaba nada, no pasaba nada. Solamente habría perdido tres mil pesetas en invitaciones y unas cuantas horas de mi tiempo en el acoso y derribo de aquella magnífica criatura ante la cual me sentía mucho más viejo de lo que era en realidad, como siempre me ha pasado con las mujeres jóvenes. Me encontré reflexionando sobre la pureza que representaba Sonia: no tenía nada que ver con el sórdido entramado de vidas y acontecimientos, de dolor, miseria moral, dinero, violencia y neurosis en el que yo vivía y en el que a pesar de todo había aprendido a moverme con una soltura que ni yo mismo me creía. Había debutado en aquel mundo sencillamente aterrorizado; ahora, empezaba a antojárseme como lo que era en realidad: una rutina agotadora, nocturna, alcohólica y emputecedora que no tenía futuro, que me había privado de horas, días, semanas de posible creatividad, de dedicarme a lo que realmente siempre me había importado más que ninguna otra cosa en el mundo. Ahora era un ser ofuscado con el dinero. Un vacilón con el bolsillo lleno de billetes. Lo que siempre había dicho despreciar. Una mala copia de mi propio padre, con el que raras veces tenía contacto. Siempre era él que llamaba, y las conversaciones eran, por mi parte, desabridas, secas, breves. Era como si me molestase el simple sonido de su voz. Me recordaba toda la mierda que habíamos vivido juntos, el desastre que era su vida. Y me recordaba, también, que yo no era el más adecuado para juzgarle.
De modo que cuando al fin cogimos un taxi y nos refugiamos bajo las mantas y edredones de mi recién adquirida cama de matrimonio, fue como si la vida me obsequiase con una especie de triunfo, con una joya preciosa. Entre aquellas sábanas algo sudadas que habían conocido cuerpos venales de mujeres que a mí me habían salido gratis conocí sus besos, exploré, lamí, indagué, me dejé arrastrar por un sentimiento de ternura y agradecimiento, por un fulgor, un arrebato de algo que se parecía mucho a una esperanza limpia, despojada de cinismo. En su semipasividad –era más tímida de lo que parecía- hallé algo así como el rastro de una inocencia que ya me parecía haber perdido para siempre. Tenía un cuerpo perfecto como la juventud en estado puro. Hasta el punto de que aquellas paredes, pensé de pronto –la miraba mientras me besaba con los ojos cerrados y los labios muy entreabiertos-, me parecían poco dignas de ella. Las paredes, los olores, las sombras de aquel piso eran como una metáfora de mi propia vida, o al menos del lado más miserable de mi propia vida. Era como si mi padre estuviese espiándonos tras la puerta entreabierta del dormitorio, babeando mientras se hacía una paja.
-Te quiero- dijo al final.
Y entonces supuse que aquello, fuese lo que fuese, no iba a durar mucho más que el olor de su coño joven en mis dedos. Detrás de un Te Quiero pronunciado a las pocas horas de conocer a alguien siempre hay una mezcla de malentendido, inconsciencia y desesperación. Nos dormimos abrazados; de momento, con aquello me bastaba. Aunque doliese sordamente.




El azar suele traer días maravillosos, inesperados, plenos, que nunca duran, porque al final la lucidez, esa puta carísima, acaba pasándonos una factura del carajo, y uno acaba rindiéndose a la dejadez, al sentido fatalista de su propia existencia, cuando descubre que no tiene fondos para pagar. Cuando nos despertamos sobre las cuatro y media de la tarde, -gracias a Dios todavía era domingo-, salimos juntos de casa, a aquella calle Gladiolo de bloques amarillentos, descascarillados, baratos. Sonia estaba sonriente, algo menos cohibida que la noche anterior, y apenas tenía resaca. Benditos diecinueve años: edad mágica para lidiar con la botella. Respiré aliviado cuando la vi salir de aquel portal oscuro, de aquella cueva miserable, con el pelo recogido en una cola de caballo, la frente limpia, los ojos traviesos a la luz acerada del día. Las rejas que cerraban la ventana de la cocina eran un caos de óxido que chorreaba por la fachada. Todos los meses, la vecina del segundo derecha –una vieja arpía de bata y malafollá- me despertaba por la mañana para que le pagara la “contribusión”; la última vez me había cogido recién acostado, a las diez de la mañana, después de una madrugada en La Farándula bastante próvida en whiskys, y le dije que a partir de ese momento no volviera a tocar al timbre bajo ningún concepto, que yo le dejaría el dinero en un sobre bajo su puerta. No entendía que uno trabajaba de cinco y media de la tarde a cinco y media o seis de la madrugada, y que coger el sueño era casi un lujo a menos que uno se fuera a la cama convenientemente aballestado.
-Pero tengo que darle el resibo.
-El “resibo” me lo echa usted por debajo de la puerta, yo se lo firmo y se lo dejo en su casa. ¿Estamos, señora?
Sonia y yo nos fuimos a Casa Gonzalo, que parecía no cerrar nunca la cocina, y donde los camareros ya empezaban a conocerme como buen cliente, de los que no se preocupan por la cuenta y piden lo que les da la gana. Me saludaban con campechanía y me trataban de don, cosa que me hacía mucha gracia a mis veintitrés años. Luego uno aprende que es al dinero al que se le trata de don. Trasegué varios vodkas con zumo de naranja antes de atacar una cazuela humeante de gambas al ajillo; Sonia prefirió cerveza y un simple montadito de jamón.
-Es que me preocupa la línea.
-Pero si estás como un tren.
-Anda ya. Si tengo un culo como un tambor.
-Tú no te has visto bien. Otras se cortarían un dedo por un culo como el tuyo.
-Me estoy poniendo colorá.
Y nos cogíamos de la mano y bebíamos y ella me hablaba de sus amigas, de sus padres, de su hermano Julio, que estudiaba un master en Dirección de Empresas en Estados Unidos y era, naturalmente, la joya de la familia.
-¿Y por qué magisterio?
-Me gusta.
-¿Te gustan los niños?
-Me vuelven loca. ¿Y a ti?
-Me gustan a la plancha, con ajo y perejil y limón.
Ella sonreía.
-Qué cosas tienes. ¿Por qué dices eso?
-Porque no me gustan especialmente los niños, guapetona.
-Qué triste, ¿no? ¿Pero por qué?
-Pues porque son un coñazo. Para tener niños hoy día hay que tener muchos ceros en la cuenta corriente, y yo ni siquiera tengo cuenta corriente. Además, ¿dónde está escrito que haya que tener niños por obligación?
Había como un brillo de decepción en los ojos de Sonia; tal vez estuviese ponderando aquel irreflexivo “Te quiero” que me había soltado después del tercer polvo; tal vez estuviese empezando a verme bajo otra luz. Pero era demasiado joven para llegar a conclusiones taxativas.
-Pues a mí me parece que la vida es más rica cuando tienes niños. Que son la alegría de una casa.
-Los fabricantes de pañales y papillas sí que son más ricos cuando tienes niños. Para ellos sí que es toda una alegría.
-Tienes un punto de vista un poco cínico, ¿no?
-Realista nomás, chamaquita mía…- dije imitando el acento mexicano. Ella hizo como que se enfurruñaba.-En realidad lo que creo es que en este mundo ya hay demasiada gente, y no pienso contribuir a la superpoblación. ¿Sabes quién era Malthus?
-No caigo.
-Pues un señor que tenía la teoría de que habría que reducir sistemáticamente la población mundial para que los recursos fuesen, a la larga, suficientes para todos. Y creo que tenía más razón que un santo.
-Ah. ¿Un poco radical, no?
-¿Radical? Radical es la mierda de mundo en que vivimos por culpa de la incontinencia reproductiva de la especie. Somos demasiados y vamos a acabar por comernos entre nosotros. Y si no, tiempo al tiempo. Espérate a que empiece a haber guerras por el agua, si es que no las hay ya. A Europa no le va a servir de nada la política de blindaje de fronteras que se trae. No se puede contener la desesperación con alambradas, muros y guardias. Vendrán, ya están viniendo, y cuando lleguen no los va a parar ni Dios. Y me alegro: los países ricos llevan demasiado tiempo explotando, saqueando, robando y expoliando países pobres, y eso tiene un precio. De modo que como no se reparte el pastel por las buenas, acabarán comiéndoselo por las malas.
-Suena a Apocalipsis.
-El Apocalipsis empezó con el Génesis, cariño.
-¿Con Adán y Eva?
-Con Adán y Eva. Para quien crea en la mitología cristiana, claro. El Apocalipsis empezó el mismo día en que el mono se irguió y le pegó un garrotazo a su vecino por un trozo de carne. La historia de la humanidad no es más que la ampliación, sistematización y desarrollo de ese garrotazo. La economía, lo mismo. No sé por qué los antropólogos eligieron el nombre de homo sapiens para definir a la especie, cuando en realidad lo que nos va es homo stultus.
-¿Stultus?
-Imbécil o estúpido en latín.
-Joder. Qué visión más negra de las cosas tienes. Pero todo el mundo no es igual. También hay cosas buenas en la vida, ¿no?
-Claro que sí. Momentos como éste, por ejemplo- me incliné sobre la mesa y la besé y me retrepé y le di un trago a mi copa.-Lo que pasa es que uno acaba por hacer de la decepción una costumbre. Y se acoraza contra todo, y acaba no por no creer en nada, sino por no querer creer en casi nada, porque cuando se cree en algo que luego resulta ser mentira, acabas más jodido de lo que ya estabas, y normalmente casi todo el mundo está jodido. Lo malo de este mundo es que hay buena gente en él: si todos fuesen por definición unos hijos de puta de primera clase, sabríamos a lo que atenernos, pero no es así. En un mundo donde ves por televisión un desfile de caniches vestidos con diseños de Dior y luciendo collares de diamantes, y acto seguido un reportaje sobre poblados africanos donde las moscas y los gusanos son los únicos que tienen algo que llevarse a la boca, lo difícil es no volverse majareta. Lo fácil, por supuesto, es pasar de todo. Que es precisamente lo que nos lleva a comprarle diamantes al perro, si podemos. Yo creo que por eso empecé a escribir, porque no me gusta el mundo tal y como es. La peor pesadilla que puedas tener son dibujos animados de Walt Disney comparados con la realidad. Hasta Stephen King, que me gusta mucho, me parece un señor que escribe amables fantasías…
-Me encanta Stephen King.
-¿Quieres otra cerveza?
El crepúsculo arrojaba sus oros funerales sobre Triana, al otro lado del río, cuando Sonia y yo nos despedimos. Me dijo que tenía que estudiar, que se lo había pasado muy bien, que la llamara el fin de semana siguiente, que me iba a echar de menos. No me lo creí demasiado, pero qué podía decir. Nos abrazamos, nos besamos, contemplé con agradecimiento y melancolía como se alejaba por el Paseo de Colón en dirección al puente de Triana, y me quedé solo, con las solapas del abrigo levantadas –soplaba un airecillo frío y húmedo- y crucé la calle y me dediqué a callejear por el Arenal. No sabía muy bien qué hacer. Me sentía doblemente solo aquel domingo de enero. Ese estado de ánimo en que ciertamente se despierta el ángel de Baudelaire, había leído yo en Bajo el volcán, de Malcom Lowry. Pasaban señoras bien vestidas, con abrigo de piel, grupos de guiris inconfundiblemente americanos, rubiascos, de voces estentóreas y rostros encendidos, en pantalón corto y camiseta, en busca del próximo bar y con esa actitud, tan inequívoca, de quien considera que Sevilla, o España, es otro de los estados de la Unión, la provincia exótica de las bebidas baratas y sin límite donde el dólar abre todas las puertas, coños y culos del paisanaje. Frente a la puerta de un pub escocés, dos gorrillas discutían sobre territorialidades y veteranías callejeras, echándose restos de baba a la cara el uno al otro. Un coche de policía pasó cerca de ellos como si nada, subiendo en dirección a la Maestranza. Si allí iba a haber navajazos, a nadie le importaba una mierda.
Entré en un pub que hacía esquina y pedí el primer whisky de la noche. Estaba casi vacío, pero me gustó la música: Joaquín Sabina. No era frecuente encontrar buena música en los pubs, o al menos el tipo de música que le gustaba a uno. Lo más normal era sumergirse en una atmósfera compacta de humo y ruido. A mí nunca me habían gustado las discotecas: entraba en ellas porque eran, sencillamente, lo único que había abierto a ciertas horas de la madrugada, con su promesa implícita de posibilidades de ligue. No conozco a mucha gente que aprecie la tranquilidad en la noche, las atmósferas sosegadas, la calma de una conversación frente a una copa mientras las horas se devanan lentamente como el humo de los cigarrillos. Parece ser que la calma no vende. Desde siempre, o al menos esa era mi experiencia, los garitos más rentables eran los que se llenaban de jaurías de jóvenes buscando el octavo día de la semana, la utopía de un polvo de una noche, el marasmo de la ivresse indiscriminada con fondo de música atronadora. En Sevilla había un club de jazz, El Sol, pero por lo que sabía, estaba cerrado. A mis veintitrés años, todavía seguía con la inveterada costumbre, dicen que británica, de buscar el pub perfecto. El dueño de aquel, en concreto, era argentino, de Bahía Blanca, y se llamaba Juan Pablo. Aparte de nosotros, solamente había dos chicas en el bar. Tenía una mirada franca y a la vez triste en un rostro pálido y arrugado, aunque no tendría más de treinta y cinco años. Hablamos de Sabina, de música en general, y nos dimos cuenta de que compartíamos gustos similares. Entonces me di cuenta, como de pasada, de que llevaba meses sin escuchar música que me gustara. Estaba saturado de vallenatos, cumbias, boleros, salsa y piezas de baile de las que sonaban en la jukebox del club, asqueado de aquellas melodías repetitivas y aquellas letras quejumbrosas que siempre hablaban de los mismos capullos que habían perdido a la mujer de sus sueños, que al final resultaba ser una puta de cuidado, infiel, mentirosa, abusadora, o de mujeres que lo mismo con su hombre ideal: lo malo no eran los temas; lo malo era la poca calidad literaria de aquellas letras. Torpes, desmañadas, simplonas. Eran el equivalente musical a la prosa de la mayoría de los best Sellers que se vendían en la sección de novedades del Corte Inglés. Eran pura basura destinada a mentes cortas, obtusas o sencillamente inexistentes. Eran forraje. A Juan Pablo le gustaba gente como Bob Dylan, Tom Waits, Sabina, Leonard Cohen, Serrat, Jorge Cafrune, Fito Páez, Paul Carrack. Dire Straits. Los Rolling Stones. Lo otro, lo que uno le contaba que estaba condenado a escuchar día tras día durante doce horas, era –literalmente- música de puticlub. “Conozco, conozco el sitio.”, me dijo. “¿Te venís a comer algo? Voy a cerrar veinte minutos.”
Fuimos a Isidoro, un restaurante cercano, y bebimos cerveza y nos comimos unas tapas de chipirones, ensalada de pimientos con atún, jamón, carne en salsa. La verdad era que estaba hambriento. Juan Pablo acababa de divorciarse de su mujer, al precio de quedarse sin casi nada. Tenía dificultades: vivía compartiendo piso con un amigo por Ciudad Jardín y el negocio funcionaba a trancas y barrancas, siempre en el límite de la rentabilidad. Juan Pablo tenía aspecto frágil, como de convaleciente, con acusadas ojeras bajo los ojos castaños, inteligentes. Me pareció un solitario que había cometido el tan común error de casarse con quien no debía.
-Se llama Virginia.
-¿Quién?
-Esa puta caja registradora que tengo por ex mujer.
El apelativo le venía de perlas a la susodicha, porque por lo visto Juan Pablo la había seguido una tarde hasta el Hotel Occidental, frente a la Estación de Santa Justa, y la había visto subir a una habitación con alguien muy parecido a su director del banco, un tal Humberto Navas. Había estado casado cinco años con aquella mujer y estaba todavía entre el rencor y la nostalgia, entre el odio abrasador, el desconsuelo y el fervor. Y lo peor de todo era que tenían una hija, Clara, que por supuesto vivía con su madre.
-Si la cosa sigue así, lo vendo todo y me regreso a la Argentina. Si tengo que comer mierda, que sea en mi país.
-Mujeres…-mascullé, mientras masticaba un trozo de atún envuelto en un pimiento.
Estuvimos charlando durante horas, ya en su bar, y trasegando Johnnie Walker. Le hablé de Sonia; dijo que los milagros no duran, por definición, y que procurara no enamorarme demasiado. Que la disfrutara mientras pudiera. Estaba plenamente de acuerdo. Yo sabía que aquello no iba a durar, por varias razones, pero sobre todo por dos: que la chica era demasiado joven y estaba todavía en edad –y mentalidad- de experimentar y buscar, y en segundo lugar, que yo no tenía ni puta idea de lo que quería. ¿Qué estaba buscando? ¿Alguien a quien llevarme a vivir a mi casa, alguien que me esperara cada día y con quien compartirlo todo? ¿Un coño fijo? Tal vez. Pero luego meditaba, meditaba interminable, prolija, retorcida, insistentemente, como solía, y me daba cuenta de la poca gracia que me haría que alguien me fiscalizase horarios, costumbres, copas. Nunca había vivido en pareja con nadie, y era demasiado egoísta en ese aspecto. Me parecían ridículos todos aquellos que hacían la loa de la pareja fija, el panegírico de la estabilidad emocional junto a una mujer; todo me parecía falso, artificial, producto de la necesidad desesperada de creer en alguien para no volverse loco, para aliviar la soledad y los cojones. O de hacer como que se creía. Veía todos los días a un montón de hombres subiendo a follar con un montón de putas desde la primerísima línea de fuego. Y no sólo eso; incluso aquellos amigos de toda la vida que se habían echado novia parecían locos por ponerle los cuernos con la primera que se presentase con intenciones más bien sicalípticas, alucinando ante un par de tetas, un buen culo bajo los vaqueros prietos o la minifalda casi inexistente o las mallas apretadas, unos ojos en la noche del bar o la discoteca con un brillo insinuante. O todo el mundo era igual de imbécil o qué cojones pasaba en el mundo. En lo que se refería a las relaciones sentimentales o sexuales, era un nihilista puro. Desde que había visto a Laura besando a su noviete de entonces en aquel pub de Pozuelo, a escondidas de mí –qué considerada-, había perdido absolutamente toda la fe en las mujeres, en una generalización feroz, taxativa y absurda. Sabía que era absurda, pero me aferraba a esa generalización como quien se aferra a un dogma de fe. En mi caso, la frase “todas son unas putas”, se parecía muchísimo a una sura del Corán. Claro que me guardaba muy mucho de expresar tales opiniones –o pulsiones- delante de las mujeres. A la mayoría les parecía un caballero. Si algunas de ellas hubiesen podido escrutar aquel reverso misógino, retorcido y algo enfermizo, se habrían acojonado y habrían salido corriendo de la cama, poniéndose las bragas y la ropa a toda leche, como si acabaran de darse cuenta de que yo era un psicópata.
Sin embargo, en la juventud de Sonia, en su aparente inocencia, en su sensualidad a la vez tímida y desbordante, que nada tenía que ver con las ansias encallecidas de las mujeres del club que habían pasado ya por mi cama, había hallado algo así como una chispa de esperanza. Sonia redimía a las demás mujeres, abría la panoplia de infinitas posibilidades, me hacía sacar a la luz lo mejor que pudiera haber en mí. Obliteraba mi escepticismo, mi cansina desesperanza, con la eficacia de un ácido luminoso. Me transformaba; de alguna manera, me rejuvenecía. Sonia era la poesía, la luz, la alegría, la epifanía posible en medio de aquella vida que no era vida, que no podía ser la vida, o que no debía ser la vida, o al menos mi vida. Había personas como Eduardo, el del bar La Panarra, o Antonio el taxista, que me envidiaban “sanamente” mi forma de vida: sin hijos, sin hipoteca, sin ataduras, sin compromisos, sin deudas. Las únicas facturas que pagaba eran las de la luz. Chascaba los dedos, y tenía casi todo lo que quería o podía permitirme, mientras mi padre, insensato como siempre, lo pasaba mal en Canarias (lo supe por teléfono de sus propios labios una tarde que sonó el móvil en mitad del tráfago del club, donde por cierto teníamos absolutamente prohibido hablar por teléfono durante las horas del trabajo) porque el dueño del restaurante donde trabajaba como maître pagaba los sueldos cuando le salía de los cojones; y yo veía en aquello la confirmación de una sencilla idea, que no era otra que la de que mi padre tenía una facilidad espantosa para mezclarse –y pringarse- con gente de una calaña muy parecida a la suya: estafadores, trápalas, marrulleros, gente turbia, siempre con segundas intenciones, presta a metértela doblada. Era aquello de Dios los cría y ellos se juntan elevado a dolorosa y nauseabunda y estomagante y repetitiva evidencia. Y sin embargo, le debía aquel trabajo del que empezaba a estar harto. Le debía el haber logrado que Sepúlveda me admitiese en su turbio mundo y el hecho de estar allí aquella noche, en el bar de Juan Pablo, haciéndole caja a base de whiskys. Le debía cada billete de diez mil que había pasado por mis manos, aquella mina de oro en que había sabido convertir el arte del engaño en el club. Y me frustraba, me cabreaba, deberle cosas a un hombre del que tantas veces en mi vida me había avergonzado y seguiría avergonzándome durante años, y al que sin embargo no podía dejar de querer a mi manera seca, desabrida, distante y la vez compasiva. El mismo hombre al que había adorado de niño aunque estuviera poco presente en mis recuerdos, incluso en mis recuerdos de los años transcurridos en La Puebla de los Infantes o en aquel piso de la calle La Rosaleda donde pasamos un par de años, vecinos de mi tía Juana, con mi abuela Pilar totalmente descolocada a sus sesenta y tantos años en un ambiente que no era el suyo, en la ciudad, lejos del pueblo y de su casa de toda la vida, y mi abuelo Francisco, ya casi ciego, cruzando la calle Almadén de la Plata para meterse en un tascucho que hacía esquina a tomarse sus tintos taxativamente prohibidos por los médicos que poco después lo ingresarían en el hospital Virgen de la Macarena para serrarle una pierna. Mi padre siempre estaba trabajando y volvía a altas horas de la noche. Más tarde, cuando nos trasladaron a Granada de nuevo –mi hermana tendría tres o cuatro años-, mi padre aparecía de higos a brevas, en fechas señaladas, cargado de regalos o con la intención de llevarnos a lo que entonces era Galerías Preciados a comprarnos ropa, zapatos, juguetes. Después de una infancia y principio de adolescencia sin apenas presencia paterna en nuestras vidas –“pobrecitos”, decían de nosotros la mayoría de los familiares por parte de mi padre-, yo iba a vivir una sobresaturación de padre. Me fui nuevamente con él a los quince años, como consecuencia de uno de mis ataques de rebeldía y hastío ante la actitud de mi madre, que vivía en un estado de cabreo permanente que pagaba con nosotros día sí y día no (no recuerdo si me dio un guantazo cuando le dije que tenía todo el derecho del mundo a vivir con quien quisiera, y que no se hubieran divorciado si no les gustaba: en realidad me estaba vengando, porque nada ponía más frenética, nada podía hundir más a mi madre que el hecho de que uno quisiera irse a vivir con un desastre humano como mi padre), entre borracheras y broncas con sus parejas y malhumores permanentes –mi abuela Eloísa, lo recuerdo, nos acariciaba la cara en actitud compasiva cada vez que oía los exabruptos de mi madre al teléfono, y en más de una ocasión (aunque no con mucha frecuencia) nos metía en su coche y nos llevaba al santuario, a la paz total de su gran casa con jardín, para pasar la noche, y uno se debatía entre la rabia de estar sufriendo la pura injusticia del maltrato psicológico y la balsámica tranquilidad que se respiraba entre aquellas paredes que ya pronto iban a desaparecer para siempre de nuestras vidas. Me fui con mi padre, que vivía en un piso o estudio diminuto en Carrero Blanco, justo frente al lugar donde instalaban la portada de la feria, y me pasé año y medio durmiendo en el sofá, yendo al instituto Murillo en horario nocturno, comprando libros a espuertas, con la liberalidad que me daba el dinero que me daba mi padre, y haciendo mis primeros pinitos con la bebida y las mujeres por el cercano barrio de los Remedios y a veces, directamente, faltando a clase día tras día –o mejor dicho, faltando a las clases de literatura, historia, inglés, filosofía, o sea, a aquellas asignaturas en las que casi no necesitaba estudiar porque siempre sacaba notas altas- y callejeando por las librerías y encerrándome a veces en una cafetería tranquila, de luces doradas y paredes de madera, con un mazo de folios y un bolígrafo, donde me pasaba las horas escribiendo. Mi padre nunca se dio cuenta. Trabajaba en una marisquería. Yo lo veía por las mañanas, roncando en su cama, que quedaba oculta por una especie de estantería llena de discos, huevos de cristal de colores –allí estaba también el equipo de música Pioneer con el que empecé a aficionarme a la música con pasión de recién converso-, y luego se levantaba, se afeitaba, se duchaba, se vestía, me daba un beso, siempre de buen humor, y se iba. El contraste con la vida en Granada era tan brutal que me parecía imposible que en el mundo pudiese existir una dualidad semejante. Aquello sí que era bipolaridad. Granada era la represión, el ordeno y mando, la arbitrariedad del mal humor de mi madre, el hábito de la ocultación y las primeras mentiras para evitar broncas que tarde o temprano nos caían por otro lado, sus sesiones domésticas de psicoanálisis con el morro torcido y una copa de vino sobre la mesa camilla, las discusiones con Juan Manuel Azpitarte o Miguel Alarcón que a mi hermana y a mí nos hacían refugiarnos en nuestros dormitorios, los arrebatos de inopinada ternura que nos zarandeaban emocionalmente todavía más, cuando parecía que la vida junto a ella era como la vida de unos niños perfectamente normales, hijos de divorciados, como tantos otros, pero normales (y por aquella época yo no conocía a nadie que fuese hijo de padres divorciados). Sevilla era la ausencia de mi padre la mayor parte del tiempo pero también la libertad, dinero en el bolsillo (más del que podía gastar) entrar en la librería Beta de la Calle Asunción que atendía una mujer mayor, de largo cabello cano y gafas y expresión entre alerta y amarga que al principio no se fiaba de mí porque pensaba que iba a robarle libros, y acabó siendo una especie de consejera amistosa cuando vio que me llevaba cosas como Guerra y Paz, la poesía completa de Quevedo, alguna obra de Shakespeare, poemas de Lord Byron, cuentos de Chejov, novelas de Stephen King, de Faulkner, de Hemingway, de José Donoso, algún tomo de Proust: aquella mujer me miraba como se mira a un espécimen en vías de extinción, entre melancólica y admirativamente. Y eso que yo tenía quince años.
-¿Se te ocurre algún sitio donde ir a tomarnos una copa?- me preguntó Juan Pablo, una vez cerrado el bar y dentro de su coche.
-La Farándula.
-Indicame.
Aquella noche tan melancólica y desabrida de domingo, al menos, había hecho un amigo. Un argentino apasionado de la música, de Onetti, de Cortázar, de Roberto Arlt. Un pequeño milagro. Al día siguiente me levanté literalmente destrozado y encontré las bragas de Sonia entre las sábanas. “Qué zorrilla más deliciosa”, recuerdo que pensé mientras las apretaba contra mi nariz y las manos me temblaban.
Ninguna mujer que se olvida las bragas en la cama puede ser inocente.




Ojos verdes, pelo trenzado en rastas adornadas con mechas y pequeñas esferas de plástico, con más tablas que Dios, bebedora de whisky compulsiva, dominicana residente en La Coruña –eso decía-, Miguelina entró en tromba en el club, llamándome “tocayo”, exigiendo una copa con naturalidad de veterana, y diciéndome entre bromas y veras, no sé muy bien a raíz de qué, que yo tenía cara de ser una auténtica bestia en la cama. Y que tenía ganas de comprobarlo. July, la pelirroja gigantesca, la dominatrix de piernas inacabables, decía que Miguelina era su hermana.
-Éste es mío, ¿eh? Ni se te ocurra tocarlo- decía July, y me hacía un gesto lascivo con la lengua.
-Eso ya lo veremos, bonita- decía Miguelina, guiñándome un ojo.
Por supuesto, todo era pura coña, pero una coña muy seria. La mayoría de las mujeres del club no tenían noticias directas de mi vida sexual; de hecho, a algunas les daba morbo mi pose educada, cariñosa pero distante. No me parecía en nada al tipo de hombres con que estaban acostumbradas a bregar. Y además era joven y estaba soltero, lo cual para la inmensa mayoría de las ilegales que había allí era la tentación personificada. Había habido camareros que se habían casado con una de aquellas mujeres, tanto por amor (Jorge era un ejemplo) como por dinero (un millón de pesetas). Aquello tratos estaban a la orden del día. Pero a mí no me atraían nada en aquel momento. Intuía la sordidez que podía haber detrás de una sonriente propuesta de matrimonio por parte de alguna de que aquellas mujeres. “Si te casas con una de estas chavalas”, decía Antonio el taxista, “te casas con su madre, sus hermanos, sus tíos y hasta con su chulo, si lo tiene. Te lo digo yo, que conozco a más de uno que está criando de su bolsillo a hijos que no son suyos y pagando la hipoteca de una casa donde viven siete personas que no trabajan porque no les sale de los cojones.”
-Miguel, echa esto al bote- me decía el Cuervo.
-¿Mil doscientas pesetas? ¿De qué son?
-Del farfollas aquel, que está borracho y quiere pagar dos veces.
-Pues bienvenidas sean.
Me llevaba bien con la mayoría de las mujeres: Esther, una nigeriana altísima, de metro ochenta, con la que hablaba en inglés, y que en cierta ocasión me prestó veinte mil pesetas (Sepúlveda me había negado un anticipo porque estaba de malhumor; al día siguiente, cuando ya se había ido, Jorge me lo trajo sin problemas), Julieta, que tenía uno ojo de cristal, cariñosa y dulce (jamás le contaba a nadie cómo había perdido el ojo, pero todos sospechaban de algún chulo de navaja fácil), Norah, una marroquí guapísima, una auténtica modelo árabe de largos cabellos negrísimos, rizadísimos, que tenía un cuerpo de infarto (literalmente: en cierta ocasión hubo que llamar a una ambulancia porque a un gordo inflado de copas le petó el corazón mientras Norah lo cabalgaba) y me decía “Te quiero” cada vez que me la cruzaba en el pasillo o en la sala, cuando me acercaba a la máquina a poner música –algo que al principio jamás hacía, y siempre y cuando no estuviera Sepúlveda en la oficina- y me frotaba la polla con el culo o la mano o una rodilla; Margarita, búlgara, madurita, rubia, de cuerpo fibroso, fumadora de coca, y su amiga Mercedes, dominicana, amulatada, con el pelo a lo garçon y minifaldas de vértigo, especialista en ser follada por tres o más hombres a la vez, y a los que pedía (tal vez me lo contó para excitarme, con aquella cara de muñeca emputecida) que se corrieran sobre ella sin condón; Carolina, una preciosidad brasileña que parecía sacada de una revista tipo Man, que se quedaba hablando conmigo en los ratos muertos mientras sorbía su cocacola con una pajita y me miraba fija, densa, invitadoramente a los ojos y a la que una vez un cliente pegó en la habitación (tres minutos después el tipo era un dolorido montón de mierda en el parking del club gracias a las artes de Carlos y un seguridad nuevo que se llamaba Juan y sustituyó a Miguel el Calvo); Carla, que decía ser mexicana y en realidad era colombiana, rubia y deslenguada y cervecera; Isabela, Marlene, Andrea, Arancha (que era española, gitana descastada, novia o amante de Carlos, y que pasó con el tiempo a trabajar en recepción), Eduarda, Sonia, Silvia, Mari Luz (una negrita senegalesa que siempre iba en tanga, con un culo poderoso, y tenía fama de no usar condón con los clientes, por que le iba el vicio, la leche hasta las orejas, y no se negaba a que la sodomizaran, como otras), Raquel, Xiomara, Carmen, Olga, Elena, Evguenia, Sara, Laura, Gertrudis, Leidy, Josefina. Nombres falsos casi todos, por supuesto: la mayoría de los pasaportes de las mujeres estaban custodiados en la oficina. Otras tenían sus pisos fuera del club, como Norah, la marroquí, que conducía un 4x4 y ganaba muchísimo dinero y me decía que cualquier día me secuestraba y me llevaba a Larache y se casaba conmigo (estaba un poco ida con tanta cocaína, pero me gustaban aquellas tonterías; me ponía de buen humor). También había mujeres que no eran nada guapas, sin finura de rasgos, sin cuerpos perfectos, como Paloma, la novia de Antonio el taxista, rubia teñida y regordeta a la que no le veía el más mínimo encanto aparte de su simpatía un poco despistada, pero por la que mi colega bebía los vientos; había mujeres con las que era inexplicable que algunos hombres subieran según mis baremos, que a la luz del comedor, o del pasillo, o de la recepción, mostraban las nalgas celulíticas, las lorzas de grasa ocultando las costuras de las bragas, los rostros de expresión desagradable, las patas de gallo que a la media luz de la sala, cuidadosamente estudiada, no eran casi perceptibles, y menos cuando uno iba medio ciego de copas. Pero también debían tener sus encantos ocultos, sus sabidurías, cuando se echaban encima de un hombre o se metían su polla entre las tetas o por el culo, porque ganaban dinero, y mucho, y casi siempre tenían clientela fija, lo que jocosamente llamábamos “enamorados”. Había un camarero de El Rey, un tal Eduardo, bajito, con largo flequillo negro, que venía prácticamente cada noche, se tomaba una copa, nos invitaba, nos saludaba a todos con familiaridad de colega, y siempre acababa subiéndose con Marisol, una negra gordita, diminuta, de nariz respingona, pelo teñido de rubio y sonrisa resplandecientemente blanca, simpatiquísima, que hizo que me preguntara –y le preguntara al Cuervo- de dónde sacaba un camarero tanto dinero como para permitirse subir a follar media hora –o una hora- prácticamente todos los días.
-Fácil. Es que son novios.
-¿Novios?
-Que están liados. Él paga en recepción, y cuando están arriba ella le devuelve el dinero. Así de sencillo.
-Joder.
-Y además, ella le pasa sus ahorros para que se los guarde. Están pensando en casarse y largarse a Santo Domingo.
-No veas.
-Ya ves.




En cierta ocasión, un cliente algo tocado de copas me pidió que le recomendase a alguna de las chicas: no sabía a cuál elegir. Era un cenutrio regordete, con una verruga junto a la comisura de los labios, que llevaba una corbata amarilla sobre la camisa a rayas azules y una chaqueta gris. Me hablaba con ese grado de confianza alcohólica que resulta tan desagradable cuando uno está sereno.
-Es que están todas buenísimas.
Le hice un gesto con la mano a Marina, una colombiana muy guapa, morena, con cara de viciosa, que solía dedicarme largas sesiones de chupaditas a una paja de plástico mientras me miraba a los ojos y otra amiga suya, jovencita y no menos agraciada y también colombiana, me dedicaba elogios del tipo: “Qué hombre más trabajador, qué serio, qué responsable… y qué guapo.”
-No soy ningún experto, caballero, pero voy a presentarle a una chica muy guapa y simpática- Marina se había acercado a la barra- . Aquí la tiene.
Se besaron en las mejillas y me fui a lo mío. Ese día había conocidos de mi padre en los Daneses, algo no muy infrecuente. Juan Antonio Gómez Caro, Eduardo Muñoz, Alfonso Núñez Huertas. Mandamases de la Gerencia de Urbanismo de Sevilla, empresarios, funcionarios, todos ellos casados y con hijos. Gente que decía tener dinero, o ganar dinero, o tener facilidad para ganar dinero –cualquiera sabía-, pero que venían a mí para que los invitara a copas, lo cual con las cámaras instaladas para vigilar el interior de la barra no era nada fácil. Era jugársela; solamente había un monitor en el despacho, y las cámaras daban imágenes rotativas –recepción, barra grande, sala vip, recepción, barra grande, sala vip, y así sucesivamente-; además, estaba aquel cabrón de Pedro, que se había aficionado a fiscalizar cada copa que servíamos: en ocasiones había que recordarle que a ciertas personas no se les cobraba el whisky, aunque fuera Chivas, porque venían directamente de la Brigada de Extranjería, o porque eran amigos de los jefes, incluyendo a Sepúlveda (claro que al propio Sepúlveda se le olvidaban con mucha facilidad los “amigos”, aunque fuesen secretas), y teníamos bastantes dificultades en despistarles copas a nuestros conocidos, que con el tiempo empezaron, al menos para mí, a ser muchos. Eduardo Muñoz me había echado una noche la bronca padre por hablar “mal” de mi padre, al contarle el follón que mi progenitor había organizado con aquel proveedor de bebidas, José María, del que Eugenio Ocaña me había rescatado oportunamente. Me llamó de todo: malnacido, cabrón, desagradecido. “Y no te digo hijo de puta porque sé que tu madre es una señora.” O sea, que contarle la verdad a alguien que por otra parte me conocía desde crío era hablar mal de mi padre. Y me lo decía alguien que a la menor oportunidad –cuando mi padre le pedía mil duros “prestados”- se ponía hecho un basilisco y le decía de todo menos guapo a sus espaldas. Típicamente sevillano. Era por culpa de gente como Eduardo Muñoz que yo profesaba una profunda desconfianza hacia los hispalenses en general. Me parecían algo así como una manada de hipócritas hijos de puta, siempre aparentando lo que no eran –o tenían-, siempre sonrientes y con la copa en la mano y la faca escondida en la manga para pegarte una mojá en cuanto te volvieses de espaldas. Y al enano de Juan Antonio Gómez Caro, que no era nadie antes de casarse –mi padre me hablaba de él como de un hermano pequeño al que había protegido, alimentado, buscado trabajo y dado dinero-, le habría dado un infarto si su mujer hubiera sabido a qué sitios iba con sus amigotes de toda vida. Uno no se consideraba un moralista, ni mucho menos. Pero tanta hipocresía –y no ya sólo en lo que se refería a estar en Los Daneses- llegaba a resultar estomagante, vomitiva. Uno empezaba a ver resquebrajarse muchas certezas, y el resultado era sencillamente asqueroso. Y encima venían a que uno los invitara a whisky, aunque tenían nóminas de medio kilo para arriba, casas en propiedad que valían una pasta, empleos vitalicios, hoteles, agencias de viajes, restaurantes. Eran los mismos que a veces invitaban a mi padre a una cervecita y una tapita y le daban una palmadita en la espalda y luego decían de él que estaba acabado, que vaya mierda de tío, que qué ruina más grande. Sus amigos del alma. Los de toda la vida. Los que lo ponían púo de copas pero no le daban ni para un bocadillo. Los que lo invitaban a comer pero no le prestaban para pagar la factura de la luz. Los mismos que en años anteriores se habían puesto hasta el culo de comer y beber y follar a cuenta de mi padre, cuando las cosas iban bien. Los mismos de los que mi padre solía decir que en tiempos de vacas flacas no se acordaban ni de su puta madre.
“¿Y qué es lo que esperabas, papá? ¿Qué te hagan un monumento?”, solía decir yo.
“Eres igual de borde que tu madre, hijo.”
“Ya.”
Eduardo Muñoz, aunque había dejado de hablarme, seguía viniendo al club, solo que ahora se refugiaba en la sala vip, lejos de verdades palmarias sobre su Gran Amigo de Toda la Vida, por el cual en el fondo no daba un duro, y que ahora andaba haciendo el gilipollas en Mogán, Gran Canaria. Juan Antonio sí me saludaba, y a veces le ponía una ginebra con Fanta de naranja. El enano no tenía cojones ni de tomarse un whisky, no fuera a ser que alguien lo viera bebiendo y se lo contara a su mujer; pero eso sí, no se privaba de tocarle el culo a las chavalas.
Bajó el cliente de la corbata amarilla –había estado arriba una hora-, y se fue directamente hacia mí, con cara de cabreo, y dijo:
-Quiero el libro de reclamaciones, por favor.
-¿El libro de reclamaciones?
-El libro de reclamaciones, sí.
El cretino simpaticoide se había convertido en un cretino malencarado.
-Permítame que le pregunte, caballero, cual es el problema.
-El problema es que me ha gastado un dineral con esa mujer…
-Ajá.
-…y la he invitado a una botella de champán…
-Mmh.
-Y no me he corrido. Quiero el libro de reclamaciones.
-Ahora mismo.
Me fui hacia el teléfono y marqué el 9. La oficina.
Se puso Tony.
-¿Aló?
-Antonio, ¿está Jorge por ahí, por favor?
-No. ¿Pasa algo?
-Hay un cliente que está pidiendo el libro de reclamaciones.
-¿Qué pasó?
-Que subió con una chica, y dice que no se ha corrido.
Oí una especie de carcajada sorda con mezcla de gruñido. Tony estaba de buen humor.
-No hace falta que llamés a Jorge. A quien tenés que llamar es a los de seguridad y que pongan a ese pelotudo en la calle. Y yo que creía que ya lo había oído todo, carajo… Chau.
-Chau.
Confieso que hasta me dio lástima aquel tipejo, con su corbata amarilla y su respetabilísima verruga, cuando Juan subió a llevárselo diplomáticamente, sin usar el puño americano que llevaba en el bolsillo de los vaqueros. Teníamos libro de reclamaciones, sí: en el water que usaban los jefes. Cumplíamos con todas las normas. Pero es que ciertas reclamaciones eran imposibles. Los gatillazos por exceso de alcohol, por ejemplo, no estaban contemplados en las ordenanzas.
El ataque de risa me obligó a esconderme en el office. Y pensé que era bueno reír. Descojonarse era importante. Y casi se me había olvidado.
Significaba, ni más ni menos, que uno todavía estaba vivo.

2 comentarios:

  1. Sé que una gran parte no es ficción, pero hay que ser valiente para poner algunos de esos nombres con apellidos en el relato y además, publicarlo. Enhorabuena

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  2. ...ENHORABUENA POR HACERME LEERLO ENTERITO, ME IDENTIFICO PARCIALMENTE CONTIGO, VIVI LA NOCHE Y AHORA ESTOY FELIZMENTE CASADO CON UNA NIGERIANA....LA VIDA DA MIL VUELTAS HASTA PARAR QUIZAS ESPERO QUE NO ME DE MAS VUELTAS....PERO NO RENUNCIARIA SI VOLVIERAMOS A EMPEZAR DE NUEVO Y NOSOTROS COMO COMPAÑEROS....

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