sábado, 14 de mayo de 2011

CENSORES

Es tan alucinante –y al mismo tiempo tan tristemente previsible- que un organismo público censure el contenido de una página web dedicada a la opinión, a la poesía, a la literatura o al simple –y noble, y valiente- hecho de compartir sueños e inquietudes en una sociedad de cibernautas solitarios, que no queda sino el placer de reírse a carcajadas y consignarlo por escrito. No recuerdo quién dijo que la escritura era el arte de repetir lo evidente; probablemente ese lúcido cascarrabias que fue, que es, Thomas Bernhard. Tal vez me equivoque, pero en fin. Repetir lo evidente. Tomar aire antes de lanzarse a las en ocasiones fangosas piscinas de la realidad. La censura ya es triste como coño de abadesa, e igual de inútil: censurar palabrotas a chavales que viven ahítos de violencia, ungidos de mala leche, atravesados de videojuegos y noticias empapadas en sangre y películas en las que se glorifica un fascismo ramplón de pistolazo, metralleta y bomba, chavales que se han acostumbrado a agredir físicamente a sus propios padres –hay incluso un programa de televisión sobre ello-, y que consumen pornografía como en otros tiempos se consumían gominolas o pipas, y que saben que ni la policía puede tocarlos, gozando de una impunidad guasona, sonriente, espontánea. Chavales que saben de cocaína más que de Lope de Vega y de marcas de alcohol barato bastante más que de lírica contemporánea. Esta estúpida censura, decía, solo pone de manifiesto el ejercicio de un poder supuestamente otorgado en las urnas por millones de ciudadanos de un estado de derecho, en este caso de la autonomía más poblada de España.
Claro que es más que dudoso que esos ciudadanos hayan votado el derecho a que sus gobernantes ejerzan tal censura, máxime cuando disfrutamos de un Gobierno en el que según no paran de cacarear por activa y por pasiva lo que debe primar es la transpariencia, la integridad, la honestidad. Y ahora, el descojone: correcto que se persigan cosas como la pornografía infantil, los contenidos racistas y xenófobos (que no tienen ya sentido en una sociedad multirracial y multicultural como es, y siempre ha sido, la española), la apología del terrorismo, etc. Hasta ahí todo bien. Pero que se censure a alguien por el hecho de utilizar palabrotas –falta de ponderación en el vocabulario- (que vienen en el D.R.A.E), o recursos como la ironía o el sarcasmo a la hora de expresarse en una página web, manda cojones. Sin olvidar que una sociedad que no sabe reírse de sí misma está doblemente enferma.
Se aduce que desde las bibliotecas públicas los menores pueden tener acceso a estos contenidos, y por lo tanto el sistema bloquea ciertas páginas. Si uno se da una vuelta por cualquier biblioteca pública de España, los usuarios de ordenadores no son precisamente críos de 6 años recién despojados del chupete, sino chavales jóvenes que responden al perfil descrito más arriba, o que simplemente están intentando hacer algún trabajo, o niñas escribiendo correos electrónicos o mensajitos al noviete al que acaban de dejar en el banco del parque, o señores/ señoras/ señoritas de las más diversas edades consultando cualquier cosa. No hay niños de teta al pie del teclado.
Lo que sucede es que los responsables de cultura de la Junta no suelen darse un paseo por las bibliotecas como no sea con motivo de alguna inauguración o presentación de lo que sea, es decir, con la sana intención de posar para la foto de turno (foto que nadie va a censurar, por supuesto, salvo tal vez alguno de los medios de comunicación ligados a la oposición).De modo que se limitan a ordenar desde sus despachos que se vigile, modelo Gran Hermano (o Gran Jermano, disho en andalú) el amperaje de la corrección política de los contenidos a los que el usuario pueda tener acceso. Y no estoy hablando de bajarse de Internet orgías en Tailandia (o en Las Rozas) con menores de catorce años, sino de echarle un vistazo a blogs donde se utilizan, con la libertad que supuestamente garantiza la Constitución, palabras más o menos contundentes, pero tan castizamente españolas como los toros o el día de las Fuerzas Armadas. Expresarse libremente es un derecho, como el de tener una vivienda digna o un puesto de trabajo y no ser discriminado por razón de edad, sexo, raza o creencias políticas o religiosas. Pero estos señores, sencillamente, parece que se ciscan en todo ello, alegremente, con la impunidad que les confiere el haber sido votados en las urnas. O dicho en fino: que se están cagando tranquilamente en la puta madre que nos parió a todos, y aquí no pasa nada.
La democracia es una cosa muy seria, señores, y con las cosas de comer no se juega. Lo digo sobre todo por ustedes, que comen de puta madre a cargo de mi bolsillo y del de unos cuantos millones de vecinos. En tanto que pago impuestos, exijo mi derecho a poder verle una teta a Carla Bruni desde un ordenador de biblioteca pública o de enseñarle a mis hijos la profunda hermosura y plasticidad de un idioma que ciertos meapilas insisten en convertir en tibia leche desnatada. Los mismos que prohibirían a gente como Don Francisco de Quevedo, o al maestro Pérez Reverte, con toda su descarnada valentía sin concesiones. Los mismos que luego se cabrean si salen a la luz las facturas de marisquerías de lujo, tiendas exclusivas, billetes de avión y estancias de hotel con campo de golf y spa incorporado, sin contar las putas que todos, absolutamente todos, incluyendo al mendigo de la esquina, pagamos a base de impuestos directos o indirectos, sea en la ventanilla/ guillotina de hacienda o sea con el cartón de vino comprado en la tiendecilla del barrio. Eso por no hablar de trapicheos con multinacionales o traficantes de armas o de droga que financian lo que haya que financiar a cambio de.
Censores que no quieren ser censurados. Y no nos detendremos ahora en la censura ideológica con que nos insultan ciertas televisiones, emisoras de radio, editoriales, periódicos o mafias de la fe.
En resumen: pobrecita la puta que los parió a todos, llamada democracia. Le han salido hijos chulos.

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