sábado, 2 de julio de 2011

BLUES DEL OUAD-EL-KHEBIR

Tú no andabas por aquellas calles, a la luz
crepuscular de las farolas y el ocaso sobre
la torre del Oro, los
luminosos de la Plaza de Cuba
o el entredorado con palomas y vencejos y alondras
de la Giralda. No andabas con botines de ante
a la luz de los cafés y las tabernas,
mientras a mí el alma
me crujía en un sopor de hojarasca irreductible,
en un aburrimiento de tablaos y sablazos
y pubs irlandeses,
de poetas mediocres
y lumbreras literarias de chichinabo y dame
diez mil que ahora vengo;
los patos
graznaban en los estanques
como el Perejil harto vino en su tascucho
donde se niega el pan al hambriento,
pero tú no estabas
por allí, con tu melena de peluquería
último modelo. El Chino
haciéndose porros en la penumbra de la plazuela
y las señoras desfilando relumbrantes
de pieles,
tal vez
tú también venías
del Corte Inglés.

Yo andaba en la tasca del anonimato
cincelando versos con las manos desnudas,
embadurnado de sangre, vino y boquerones
en vinagre
y poniéndole los cuernos a las musas
con mi propio reflejo
en el espejo desvencijado de un tigre que olía
como debe oler el coño de una bruja usurera.
No me estaba follando a mi modista,
ni regalándole anillos a mi abuela,
ni siquiera contemporizando
con algún periodista de ojos de absenta y barba marbellí, sino
sacándole las tripas a la tarde
a base de dialéctica barata;
tú no estabas allí, no, tú
no estabas
ni siquiera al volante de un Mercedes último modelo
dejándote comer el coño
por algún famosete de revista.

Tú ni siquiera estabas en el mundo,
absorta en primaveras que alumbraban
a la orilla de un río de impostadas sonrisas.

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