martes, 14 de junio de 2011

GIOVINEZZA

Youth is not a time of life; it is a state of mind.

SAMUEL ULLMAN





Inconscientes y osados -el tema es ya muy viejo-,

a la sombra granate de los barrios antiguos,

de vinos por el dédalo ruinoso

de un Albaicín con niebla,

compartiendo la gloria inexistente

de un futuro afilado que despedazaría

a algunos de nosotros. Como supervivientes

de la noche sin fin de la alegría,

de neones, mujeres y garitos y copas

y nieve compartida en los retretes sucios

de la trastienda de la juventud,

ahítos de mujeres -y hombres- deslumbrantes

que ofrecían su sexo a los poetas

después del recital.

Algunos se volvieron comunistas

en época de visas e hipotecas,

polemistas con boina que afeaban

lo que alguno llamó anhelos de pureza.

Sólo fue puro Stalin, nos escupió Neruda,

mientras el aguanieve mancillaba

la soledad de asfaltos y paredes

con mil manchas de orín entre toscos graffittis.



Cuando era la Alpujarra el paraíso,

el santuario de nieblas y fulgores

donde me amó una virgen pueblerina

morena como el trigo al sol de agosto,

ojos como diamantes de tiniebla,

donde escribí canciones que cantaron

los amigos de siempre, los cabales,

ahora perdidos en sus matrimonios,

con hijos, coche, valium y oficina

y nostalgia feroz por los tiempos pasados

más allá de todas las carreteras

y peajes de sangre. La Alpujarra



y su delirio de paredes blancas,

de tinaos, chimeneas, bosque y nieve

pura como el olvido; tan suprema,

en palabras de Espriu. Las hogueras

donde nos calentábamos el alma,

la sonrisa, las manos,

conspirativos, lúcidos, rebeldes,

hogueras hoy ceniza en la memoria,

ceniza en unos versos que sólo yo recuerdo,

metáfora impagable entre tanta derrota,

sendero en la penumbra de esta soledad vieja.



Fuentes de Lanjarón, torres de iglesia

de Órgiva, senderos de Bubión,

bares de Capileira, aguas del Guadalfeo

bajo álamos temblones, pura lumbre

de hojas caídas en aceras donde

el amor se atrevió a quemar la nieve

y las lágrimas -secreta agua bendita-

rociaron el césped umbrío de los parques.

Resonaban guitarras en las noches de humo,

transportados de "lirios", comulgando

con cerveza muy fría, plata insomne

la noche desprendida de los altos tejados

donde las golondrinas de Bécquer anidaban

sobre alfombras de musgos y hierbajos.



Qué lejos la ignominia del mercado

laboral, el pan tan malamente

ganado a costa de la cotidiana

humillación, los amores perdidos

porque nunca existieron para nadie,

los aires de oficina, barra y obra, necedades

autoimpuestas al cabo por mor del vil metal.

Teníamos el oro de aquella libertad,

teníamos el cielo cómplice y tan cercano,

la ciudad amistosa, los libros de la arena

de las playas, el mar inabarcable

bajo la plenitud ardiente de la aurora,

la caricia furtiva y fugitiva

de chavalas aún sin marcas de agua

como sucios billetes en manos de tendero.



Ebrios de vida y obras inconclusas,

irónicos, de vuelta de un infierno

que aún no conocíamos, deslumbrados

por farolas, neones, cabelleras,

perfumes y sonrisas tan puras como el alba,

sin sospechar siquiera que algún día

la espada de las horas

cortaría de un tajo las amarras

y perderíamos brújulas, sombreros y canciones.



Puta mediana edad. Triste sonata.

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