martes, 17 de mayo de 2011

EL VIEJO PINTOR

Vita brevis, ars longa, occasio praeceps…









En la arena una botella de ron semienterrada

como el propio pasado

mientras arde el mar en un delirio de plata espumeante

y el viejo pintor, ante su lienzo,

da unos últimos retoques

a la silueta húmeda de una joven en tanga

tumbada en la arena,

el pelo lacio sobre los hombros bronceados.



Cuando era más joven

y huyó de un acuartelamiento en plena época de Franco,

vía Francia,

entraba en los bares de Caracas

sin un bolívar en el bolsillo

y ponía un revolver sobre la barra.

Nadie le negaba un trago.

Dormía en una hamaca entre dos palmeras

y tenía una amante negra

de Madagascar

con los ojos verdes

que hacía con su entrepierna lo que Shakespeare con sus versos:

cifrar el universo en cada corrida.



Su familia siempre le afeó

su falta de sentido comercial.

Podría haberse hecho rico con sus cuadros, decían.

Además, fumaba demasiada marihuana,

andaba en malas compañías,

bebía demasiado –decían

en cónclave familiar, en la terraza,

con el Chivas rebosándoles por las orejas,

hastiados y cornudos, posando

de respetables ciudadanos sensatos

pagadores de impuestos

y padres de familia,

psiquiatras, abogados, arquitectos o putas consentidas.



Ahora todo eso se la suda.

La joven posa despreocupadamente bajo el sol del Mediterráneo,

y esta noche posará, ya sin lienzos,

en su cama.

El ron centellea en la botella semienterrada en la arena

mientras el viejo pintor se fuma un porro,

sabedor

de que la dicha tiene muchos rostros.

Casi todos yacen ya bajo tierra,

con su dinero incluido en el lote

de lo que Tibor Fischer llamó la industria de alimentación de gusanos.

Qué más da ya todo,

excepto esta luz, ese cuerpo, el sabor del ron

en los labios

y la certeza de haber ganado

contra todo pronóstico

cada apuesta que planteó la vida.

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