domingo, 24 de abril de 2011

MIS LÍMITES SON MI RIQUEZA (1)

1



La primera impresión que tuvo de la ciudad fue que era sucia pero acogedora, dinámica y a la vez deprimente, como si una pátina gris, neblinosa, mugrienta, recubriera las fachadas. Pasó bajo las vías de un tren elevado a la altura de Beresford Place en el mismo momento en que el convoy pasaba con un estrépito de hierros castigados. Caía una fina llovizna, a pesar de los tímidos intentos del sol por abrirse paso entre un mar de nubes del color de escamas de pescado. Al otro lado de la gran rotonda recubierta de césped había un edificio enorme, macizo, dieciochesco, del que días después averiguaría el nombre: The Custom House, o la Casa de la Aduana. El río Liffey, con su salobre olor a limo y aguas oscuras, gélidas, corría cerca de allí, ensanchándose a la altura del puente Butt, desde donde podían divisarse las inmensas grúas y edificios del puerto. En la orilla opuesta del río, los rayos de aquel sol errático arrancaban lanzazos de luz de las fachadas de cristal de una torre rematada en una especie de pirámide verdosa.
Cruzó el Butt Bridge con la mirada perdida en el agua oscura del río, sin mirar a los transeúntes. Cuando se había bajado del autobús que lo había traído del aeropuerto, le había parecido que mucha gente iba sucia, pobremente vestida; le había parecido ver rostros congestionados por el alcohol, gente que fumaba nerviosamente en ceniceros abarrotados junto a la puertas correderas de la estación, con un paraguas en la mano, rostros de drogadictos cubiertos de eccemas, señoras mayores con papada y cabello rubio entrecano mirando en torno con una expresión de repugnancia en el rostro, como si vinieran de algún condado lejano, de algún plácido lugar del interior de Irlanda, y no estuvieran acostumbradas a la mugre y el tráfago de la gran ciudad. Vio a un hombre de barba larguísima, blanca, con boina negra y abrigo negro, liando un cigarrillo bajo la marquesina de los autobuses, que eran de color verde claro y tenían dos pisos. Vio a una mujer de tez oscura y mediana edad pidiendo con gesto lastimero unas monedas a los transeúntes mejor vestidos, y casi tuvo la impresión de no haber viajado en su vida, de no haber visto jamás una estación de autobuses. Más tarde, se daría cuenta de algo más que evidente: estaba solo en Dublín, no conocía absolutamente a nadie, llevaba el equipaje justo para no andar lastrado por las calles, incluyendo la guitarra, y tal vez fuese que la luz encenizada de aquel cielo del norte acentuara aún más la sensación de soledad.
Piensas demasiado, Paco. Deja de darle al tarro y disfruta, hombre, que lo mejor de las ciudades son los primeros días, cuando uno se deja llevar y callejea y se pierde y todo es una novedad y un reto y en cualquier esquina te puedes encontrar lo mejor o lo peor. Mira esa rubia del gorro de lana negra que viene en dirección contraria por el puente: lleva los pantalones vaqueros tan ajustados que se le debe estar cortando la circulación
Entró en lo que parecía un bar restaurante –no tenía nada de pub tradicional irlandés- en la otra orilla del río, a la altura del Burgh Quay, y pidió un pinta de Guinness. El local era moderno, con mesas de cristal y suave iluminación indirecta, un tanto fría, y estaba casi vacío: un hombre ante una taza de café leyendo el periódico y un camarero de rasgos mestizos, casi orientales, tan impersonal e insulso como los cuadros que adornaban la pared que quedaba al fondo a la izquierda. Pintura abstracta, supuso. No entendía un carajo de pintura abstracta. Si con eso se gana dinero, tal vez debería dedicarme también a pintar monigotes y manchurrones: interioridades del alma del artista. Vaya mierda. Pero seguro que saco más que tocando la guitarra por las calles. El camarero filipino –supuso que era filipino- le sirvió la pinta de cerveza con una parsimonia rayana en la condescendencia del que ha sido interrumpido en el inigualable deleite de tocarse los cojones. Le pidió también un chupito de whisky. Eran las tres y media de la tarde. Preguntó si todavía servían comida: al fin y al cabo, aquello era Irlanda. No estaba muy seguro de los horarios, pero sí de que los anglosajones, o los celtas, tendían a almorzar mucho más temprano que los españoles. Al menos, los ingleses y los americanos lo hacían.
El filipino con cara de perdonavidas budista dijo:
-I´m sorry, sir, but the kitchen is closed.
-De puta madre, colega.
-I´m sorry, sir, but I don´t understand you. I don´t speak Spanish.
-Never mind. I guess it´s a little late.


Gilipollas, pensó.
¿No es un poco temprano para que te entre uno de tus ataques de misantropía? Si acabas de llegar, hombre. Relax. En estos momentos no sabrías ni donde encontrar una habitación para esta noche, ni un sitio para cortarte el pelo, o comprar cuerdas de guitarra, o un bocadillo de salchichas con mostaza, ni donde está el barrio de Ballsbridge y la embajada española por si la cosa se pone fea, por si te roban el pasaporte y el poco dinero que llevas encima. Deja tranquilo al filipino de los cojones: igual su novio le ha puesto los cuernos con un nigeriano. Cuernos globales, ya sabes. Relax, y a organizarse.
Tenía el chupito en la mano, la vista perdida en el oro mínimo del whisky; era el mismo color, la misma tonalidad entredorada de los ojos de Gemma. Se lo bebió de un trago. Los ojos de Gemma aún lo perseguían, irradiando en su conciencia las llamas escalofriantes, la radiación invisible y gélida de la culpa. La última vez que había visto esos ojos, una semana antes, lo miraban fijamente, Gemma tumbada en el sofá con la cara ensangrentada y suplicando que no le pegara más, que por favor no le pegara más, que haría lo que él quisiera pero que por favor no volviese a pegarle que iba a matarla que los niños estaban a punto de volver del colegio. En ese momento se hubiera tirado por la ventana del cuarto piso del bloque donde habían estado compartiendo sus vidas durante los últimos ocho meses.
Recordaba la ventana enrejada del dormitorio. La ventana enrejada de un dormitorio de pesadilla que solamente él utilizaba, porque a Gemma –no hacían falta largas, sesudas, previsibles explicaciones ni excusas en diez párrafos para estar plenamente seguro de ello- le daba asco dormir con él. Le daba asco el sexo; entre lágrimas, le había explicado que un tío suyo la había violado a los ocho años, en la casa familiar de Premià de Mar. Eso después de llevar cinco meses acostándose con él. Con el entusiasmo de un saco de patatas, pero al fin y al cabo acostándose con él, con los nervios rotos después de todo el día bregando con los cuatro niños. Ella jamás había tenido un orgasmo; él había terminado por conformarse, con el paso del tiempo, con encerrarse en el cuarto de baño con una revista porno que guardaba cuidadosamente en una carpeta con el resto de sus papeles para poder aliviarse con lo que ya consideraba, no sin cierta socarronería, mujeres de verdad. O pensando en la hija mayor de Gemma, Meritxell, que tenía quince años y una perfecta actitud de pasividad y sumisión y formalidad delante de su madre rápidamente desmentida en cuanto salía a la calle y se convertía en una perfecta calientapollas, rebelde y borracha, que le contaba a todo el mundo, suponía Paco, que su madre solamente se liaba con imbéciles. Cuando la madre no estaba en casa, Mery –así la llamaban por abreviar- era muy aficionada a pasearse en bragas y camiseta por el salón, sobre todo cuando Paco estaba ensayando con la guitarra o tratando de componer una canción. Eso, si no se ponía un biquini y tomaba el sol en la terraza, ofreciéndose, dejándose admirar por la cuadrilla de albañiles que trabajaban justo enfrente, poniendo los primeros ladrillos de un bloque en construcción. Paco intentaba no mirarla; no era fácil, por Dios que no era nada fácil evitar que aquella visión de impudicia adolescente lo distrajera, lo calentara y lo obligara a encerrarse en el cuarto de baño a meneársela hasta que le explotara la polla y regase los azulejos rosa de la pared; luego se imaginaba a la niña lamiendo el semen frío y chorreante mientras lo miraba fijamente a los ojos, con el culo en pompa, las nalgas muy abiertas, las bragas manchadas de humedad presionando la entrepierna adolescente de aquella putilla de colegio de monjas.
Tenía que tener mucho cuidado. Vivir junto a Gemma y sus cuatro hijos –Meritxell, Claudia, Lara y Cesc, el pequeño, que contaba solamente cuatro años- se había ido pareciendo, con el tiempo, a una diabólica partida de ajedrez.
Con los pequeños no había problema; era la quinceañera la que irradiaba peligro. Era la que podía acusarlo ante su madre de haber intentado trajinársela, aunque fuese mentira. Y luego la policía. Y un juicio. Y toda la mierda subsiguiente, aunque saliese absuelto. Y probablemente las ganas de matar a la niñata, pero esta vez después de habérsela follado de verdad, de verdad de la buena, hasta hacerla gritar y correrse y agitarse y babear y luego ponerle las manos en el cuello y apretar y acallar para siempre sus gritos. Y otro músico gilipollas dando con sus huesos en la cárcel, y fin de la historia.
Además, Gemma no sólo odiaba el sexo. Al principio, desde la mañana de verano en que la conoció en la cafetería Pedraza, en el centro de Écija –con un estado de ánimo fluctuante entre el cansancio de haber estado tocando hasta la madrugada en un festival de flamenco en Antequera y la euforia de llevar quinientos euros en el bolsillo-, le había parecido una mujer frágil, apocada, tímida, que sentía terror ante la posibilidad de encontrarse con su ex pareja por la calle. Fumaba nerviosamente, iba impecablemente vestida con un traje de chaqueta ajustado y falda negra, el pelo recogido en una cola de caballo, los ojos dorados de un gato persa, el suave acento catalán, los modales casi exquisitos, impropios de la reata de catetas cabreadas con exceso de decibelios y timbre de voz de verduleras neuróticas que solía encontrarse en aquel bar. Estaba en aquel pueblo porque su ex, un tal Jose, se la había traído allí desde Barcelona, donde solía trabajar –esto lo supo algunos días más tarde- de guardaespaldas para un narcotraficante dueño de varios puticlubs: era experto en kickboxing, en katanas, cuchillos, pistolas, en torturar a mujeres aterrorizadas y en escurrir el bulto cada vez que la policía andaba tras sus pasos. Un chuloputas de lujo, sobrino de uno de los mayores empresarios de Écija, al que Gemma no se había atrevido a denunciar por puro terror; la pobre mujer parecía al borde de la paranoia. Decía que la familia de aquel elemento tenía demasiadas influencias, demasiado dinero, demasiados tentáculos, demasiada amistad con alguno de los jueces que pululaban por la calle de la Marquesa. Decía que lo primero eran sus hijos. Decía que estaba loca por irse del pueblo pero no tenía dinero como para pensar en una mudanza, a pesar de vivir en una casa de dos plantas con terraza y garaje. Luego Paco supo que la mayor parte de sus ingresos provenían de las pensiones de manutención de sus tres ex maridos: el tal Jose había estado a punto de convertirse en el cuarto, pero casi logró estrangularla una noche que llegó completamente borracho y encocado hasta las cejas, en la cocina, ante los ojos aterrorizados de Lara, que tenía entonces once años y debía testificar en el juicio que se celebraría en unos meses. Esa misma mañana, Gemma le había pedido que por favor la acompañara a visitar a su abogada. No se atrevía a ir sola hasta la Plaza de Puerta Cerrada; tenía que pasar por enfrente de la tienda de unos primos del tal Jose y le daba pánico la sola idea de que pudiesen dirigirle la palabra.
-No entiendo por qué no te has ido todavía- dijo Paco.
-El dinero. No tengo dinero. Trabajo en el videoclub de ahí enfrente, a media jornada, y el dueño es un hijo de puta.
-Siempre se ven carteles de Se necesita dependienta.
-Porque casi todas se van. En cuanto el tío les propone lo que ya te puedes imaginar- dijo Gemma.
-Qué cabrón.
-Conmigo no lo ha intentado. Será que soy demasiado vieja, o que desde que trabajo ahí he conseguido subir las ventas de Cedés y películas y las cuentas le cuadran, no lo sé- Gemma dio un breve sorbo a su café y encendió otro cigarrillo. Era demasiado hermosa, tenía demasiada clase, aquellos ojos dorados eran hipnóticos y a Francisco el pacharán se le estaba subiendo a la cabeza. Aquella mujer no pertenecía a aquel pueblo, al igual que Paco, que había nacido en Córdoba aunque se había criado en Madrid, y que vivía en Écija por la sencilla razón de que ya casi no recordaba en qué momento en que su última pareja, Elia Castro, lo había abandonado en el mismo apartamento minúsculo de la Avenida del Genil donde seguía viviendo, aduciendo, después de un año y medio de convivencia casi ideal, que no estaba preparada para tener pareja. Pues si no lo estás con veintiocho años, hija, espérate a cumplir ochenta y dos, cuando seas más famosa que Picasso. Anda y que te follen, le había dicho en su día. Se había quedado en Écija como podía haberse quedado en Astorga, o en Cartagena, o en Madrid. Un músico puede vivir en cualquier parte, y a Francisco rara vez le había faltado el trabajo, entre otras cosas porque mucha gente sabía que había quedado finalista del Premio Nacional de Guitarra Andrés Segovia. Le daba igual tocar en un tablao flamenco de Sevilla o Madrid o Granada que acompañar a algún cantante famoso o irse de gira con un grupo de rock; tocaba todos los palos. Y si la cosa se ponía jodida siempre quedaba la opción de ponerse a servir copas, o meterse en una cocina, o en una fábrica de chimeneas como peón. El padre de Francisco Núñez Barjola había sido un buen maestro: nunca pierdas de vista la próxima curva de la carretera porque no se sabe lo que te vas a encontrar, y tan bueno es saber poner ladrillos o arrancar lechugas como saber hacer un perol o tocar la guitarra con la Orquesta Nacional, hijo mío. Nunca dejes que te domine la soberbia, porque hasta las torres más altas acaban cayendo.
Acompañó a Gemma a ver a su abogada y luego almorzaron en casa de ella. Conoció a las tres niñas y al niño pequeño, y desde aquel momento supo que Gemma vivía absolutamente dominada por sus hijos. La casa era un caos de ropa desordenada, platos sin fregar, videojuegos a toda pastilla y manchurrones de chocolate dondequiera que hubiese un trozo de tela en que limpiarse las manos. Meritxell, la hija quinceañera de Gemma, era la supuesta encargada de corregir en la medida de lo posible aquel desorden; Lara, a sus once años, era un ángel rubio de ojos azules que hacía lo que podía. Los dos pequeños no paraban de pelearse. Paco ayudó a preparar la comida y fregó los platos y les leyó un cuento a los dos pequeños cuando ya estaban acostados para la siesta. Gemma hablaba en catalán con sus hijos.
-¿Te importa?
-En absoluto.
-Es que no quiero que pierdan la costumbre
-No tienen por qué.
Luego encendieron el aire acondicionado –el calor era bestial, el cielo era una manta de fuego sobre la Ciudad de las Torres-, y consiguieron relajarse viendo una película en compañía de Lara, mientras Meritxell se ponía los cascos y escuchaba música en el ordenador. Paco, con la cabeza de Gemma en su regazo –“¿te importa?”, observaba su perfil, las incipientes patas de gallo en torno a aquellos ojos dorados, la larga melena teñida de un rojo cobrizo, sus piernas impecablemente torneadas enfundadas en unos vaqueros azules, y le gustó. Le gustó sentirse protector, el hombre de la casa, aunque fuese un perfecto extraño. Le gustó la manera en que aquella desconocida mujer tan desvalida como hermosa se le había abierto casi desde el primer momento. Y sobre todo, le gustó el hecho de que no fuese uno de los putones ecijanos que solía encontrarse en su cama ciertas mañanas de resaca de las que prefería no acordarse, cuando empezaban a vestirse porque tenían muchísima prisa por recoger a los niños del colegio o volver a casa para tenerle la comida lista al marido que venía deslomado de la obra. O de su despacho de abogado. O de comisaría.
Lo que no le cuadraba era que una mujer como aquella hubiese convivido durante casi tres años con un elemento como aquél.
No; no le cuadraba en absoluto.




2



Encontró alojamiento en la desvencijada casa de huéspedes de la señora O´Neill, en Seville Place, después de interminables horas de vagabundeo. Dublín le parecía la ciudad más laberíntica del mundo después de Córdoba. Habló con músicos callejeros-americanos, rusos, checos, polacos, españoles, italianos- que tocaban por la zona de Temple Bar; fue una chica de Tenerife, violinista, la que finalmente lo puso sobre la pista de aquel sitio. Se llamaba Julieta y era una mezcla de sangre canaria y vasca, rubia y de ojos azules, que tocaba a Vivaldi y a Mendelsohn como los ángeles en medio del maremagnum de turistas borrachos que pululaban por los pubs aledaños como una vomitona humana abriéndose paso por las tuberías de un inodoro. Tocar música clásica en mitad del Temple Bar era como esperar que turistas norteamericanos fueran a París a admirar el Louvre en vez de buscar los lugares que sacaba Dan Brown en sus novelas, algo a medio camino entre una gilipollez y un récord, entre la insensatez y la utopía, pero al fin y al cabo se sacaba algo de dinero.
-Es viuda. A su marido y a su hijo los mataron en Belfast en el 89- dijo Julieta ante una taza de café-. Es un poco excéntrica, pero buena persona. Además, adora a los españoles.
De modo que aquella noche se vio tumbado en la cama, vestido, después de haber pagado una semana de alquiler por adelantado. En las paredes había manchas de humedad con vocación geográfica, como una insinuación de mapas. La señora O´Neill, sexagenaria, robusta, de larga melena peinada en una cola de caballo, le sonrió con sus velados ojos grises cuando Francisco le dijo que era español y músico, y le ofreció una taza de té. Hacía calor en el salón de la casa, con la estufa encendida. Había montones de fotos colgadas de las paredes, un poto con una aspidistra medio mustia junto a la ventana que daba a aquella calle gris, cuadritos con frases en gaélico –tal vez bendiciones- que Paco no entendió. Tampoco el inglés era su fuerte.
Y aquella noche, que pasó casi en vela, se acordó de cómo había sacado a Gemma y sus hijos de Écija y se los había llevado a Ronda, un lugar en el que siempre se había sentido a gusto y en el que conocía a gente. Pagó la mudanza, pagó la fianza y un mes de alquiler en un piso de tres habitaciones en la zona alta de la ciudad, pagó compras en supermercados, se puso caliente hasta la locura viendo pasear a Meritxell en bragas por el salón, tuvo conversaciones filosóficas con Lara y sus inteligentísimos ojos azules, cambió los pañales de Cesc en varias ocasiones mientras Gemma, histérica, no lograba encontrar la presencia de ánimo suficiente para encontrar un trabajo, aterrorizada todavía por el recuerdo de José. Se gastó casi todos sus ahorros en mantener aquella casa. Hizo todo lo que pudo por adaptarse, pero en su fuero interno sabía que era completamente inútil. No estaba hecho para la vida en familia, ni para ser utilizado por una mujer traumatizada que no solamente odiaba el sexo, sino que encima odiaba a los andaluces en general. Los odiaba tanto- aunque no lo dijera directamente, sino que lo dejaba traslucir en pequeños gestos, en detalles nimios- que era inexplicable que no tuviera los ovarios de volverse a Cataluña y no salir nunca más de allí. Paco era músico, pero no precisamente gilipollas. De modo que uno de aquellos días fue cuando le dio dos guantazos a Gemma, que había logrado llevarlo al paroxismo con sus intentos de culpabilizarlo por no buscarse un trabajo “normal”, cogió su guitarra, sus papeles y cuatro cosas y huyó aterrorizado. Ella no debió denunciarlo: de otro modo la policía lo habría detenido al intentar salir del país con destino a Irlanda. Y elegió Dublín como podría haber elegido Vladivostok. En alguna de aquellas noches, cuando le contó lo que le pasaba a un amigo cantaor bastante famoso en Ronda, éste le había dicho: “Tú lo que tiés que haser es salí de naja, pisha. Las mujeres son una trampa pa los artistas, y éza que me cuentas tá loca.”
-Pues déjame mil pavos, que estoy tieso. Encima me ha costado el dinero.
-Qué hija la gran puta, la catalana de los cojone. Toma. Y no te los presto, te los doy, que m´has llenao la nevera un montón de veces, y ni t´acuerdas, Paquito. Anda, pide un par de whiskys.

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