lunes, 7 de junio de 2010

DANTE

Una vez más, Verónica Guzmán regresaba a su casa pensando que era una idiota empecinada en hacer el idiota, como si aún tuviera veinticinco o treinta años y no fuese consciente no de que no estuviese fuera del mercado, sino de que en realidad nunca había estado en el mercado, porque a sus treinta y seis años no había conocido otro hombre que a su Agustín, y le repugnaba la vulgaridad con que la gente hablaba de aquellas cosas. Parecía como si hablaran de ganado en vez de personas. Los tacones de sus zapatos repiqueteaban en la soledad de las aceras de la Calle Bravo Murillo. Bajo el neón verde de una farmacia, junto a un portal, un hombre negro dormía entre cartones, y a unos metros de distancia, se oían las voces de una pandilla de jóvenes que se acercaban. Verónica apretó su bolso. Eran ocho o nueve, borrachos, rapados, con aire de agresividad. La mujer apretó el paso y bajó la mirada, pegándose a las fachadas de los edificios. Ya estaba muy cerca de su portal. Era irónico, pensó de pronto: había salido a la noche a buscar un hombre, a seducir a un hombre cualquiera, un desconocido, para llevárselo a una habitación de hotel y tratar de conseguir lo que el pobre Agustín no había logrado en todos sus años de matrimonio, lo que su estéril semilla le había negado, lo que más fervientemente deseaba: quedarse embarazada, tener un hijo. ¿Era aquello pecado? ¿Era pecado querer tener un hijo, aunque fuese de un desconocido,? Dios tenía que entenderlo. Dios sabía que ella no tenía medios para hacerlo de otra manera, aunque hubiese clínicas especializadas en aquellos temas. Dios tenía que ser comprensivo.
Pero lo único que le faltaba era que la violasen entre ocho cabezas rapadas. Estaba tan asustada que no se dio cuenta de que, cuando finalmente pasaron de largo, entre toda aquella algarabía amenazante de voces ebrias nadie le había dirigido la palabra. Dobló por la esquina de su calle y se sintió casi a salvo. Estaba buscando en su bolso, a la luz neblinosa de una farola, las llaves de su casa —que resultaron estar debajo de un devocionario encuadernado en piel negra, una piel cuyo lustre recordaba a la piel de un murciélago-, cuando oyó un grito lejano, un grito de terror absoluto, de agonía indescriptible, que resonó de pronto por las calles como una deflagración de muerte fragmentada en ecos en la húmeda oscuridad de la noche. Y entonces se acordó. Lo había visto por el rabillo del ojo, pero se acordó.
Uno de aquellos chicos llevaba en la mano algo muy parecido a una lata de gasolina.
Empezó a temblar, con un regusto a cobre en la boca. Pensó que aquello era una señal. No era correcto salir de noche, como llevaba haciendo los dos últimos meses sin ningún éxito, a buscar hombres con los que pecar. Pecar, sí, pecar, aunque no fuese espoleada por la lujuria, sino con el loable propósito de concebir un hijo, un niño o una niña, a la que educar en el amor a Dios y que le hiciese más llevadera la soledad en la que vivía y a la que parecía estar condenada, y que con el paso del tiempo se le haría cada vez más espesa, más pesada, tan pesada como la lápida bajo la que yacía su difunto Agustín desde hacía más de un año. Verónica se acercaba a los cuarenta y no se hablaba demasiado con sus vecinas, que la tenían por una mujer amable, atenta, siempre dispuesta a echar una mano, que fregaba las escaleras y el portal y barría la azotea del edificio respetando escrupulosamente su turno, iba a misa diariamente y no se metía con nadie. La señora Reverte, la del segundo izquierda, solía regalarle mantecados y mazapanes por Navidad; el resto del año, le traía pastelillos, que compartían regándolos con unas copitas de anís. "Así nos endulzamos un poco la vida, hija." La señora Reverte le insistía en que debía volver a casarse. No era bueno que una mujer de su edad estuviese sola. Era todavía muy joven. Verónica insistía en que no estaba preparada, en que tenía a Dios, en que no había mejor compañía que la del Señor que por todos vela, y en que aún guardaba luto por su Agustín, mientras se decía, en el fondo, que no estaba dispuesta a soportar a otro hombre en su vida, que eran todos unos bestias, lujuriosos, guarros, insensibles y egoístas sin temor de Dios, y en el caso de su difunto, infiel además de estéril. Verónica Guzmán no era tonta. Podía ser pobre, pero no tonta.
Estaba junto al portal; aún le temblaban las manos. Sacó la llave;
no quería ni imaginarse lo que aquellos demonios rapados le habrían hecho al hombre que dormía junto a la farmacia; el grito la había estremecido hasta el tuétano; era el aullido de un animal desesperado que va a morir sin posibilidad de escapatoria. Qué salvajes. Qué hijos de mala madre. Qué ciudad. Qué país. Qué mundo. Tenía razón mamá, que era una santa: con Franco aquellas cosas no pasaban, porque el Caudillo era un buen cristiano, un santo varón católico, apostólico y romano que salvaguardaba el bienestar de todos los españoles.
Verónica nunca llegó a entender del todo por qué su padre gruñía al oír aquello, dejaba el periódico y se iba al bar de Domingo. A jugar al mus, decía.
-Tu padre siempre ha sido un descreído. No le hagas caso.
Ahora, papá estaba en un asilo en Carabanchel. En el mismo barrio, según decía, donde Franco salvaguardaba a muchos españoles. Pero eso Verónica no lo entendía, a sus doce años de entonces, como no entendía la sonrisa torcida que aparecía en el rostro sanguíneo y bonachón de Don Ramiro.
Cerró tras de sí la pesada puerta de la calle, y se disponía a subir por las desvencijadas escaleras hasta su piso, el tercero derecha, cuando oyó el gemido, y se sobresaltó. Venía del hueco bajo las escaleras. Dios mío, pensó, y ahora, ¿qué? ¿No había tenido bastante por aquella noche? Iba a volverse loca.
Había un capacho blanco en el rincón. Y dentro del capacho, un bebé.
Verónica Guzmán sintió que se le paraba el corazón. ¿Quién habría tenido el valor de dejar allí a aquella criatura, en la fría oscuridad de un portal que olía a humedad retestinada? ¿Quién habría sido la desalmada, o el desalmado? No se lo creía. Pero no lo dudó más allá de unos instantes.
Una hora más tarde, el bebé dormía junto a Verónica Guzmán, que se pasó la noche rezando y dándole gracias a Dios.
Habían pasado nueve años, y Verónica era la mujer más feliz del mundo a pesar de todo.
Ya no tenía que preocuparse como en aquellos primeros años sombríos, en que tuvo que justificar ante los vecinos el hecho de que de la noche a la mañana hubiera aparecido en su vida un bebé. Les 'dijo que era un sobrino, hijo de su hermana Laura, que se había quedado huérfano al morir ella y su marido en un accidente de coche cerca de Palamós, en la Costa Brava. Hubo quien se convenció ante sus argumentos; hubo quien no, como la señora Reverte, que además era una cotilla redomada a la que el diablo acabaría condenando cosiéndole la boca para toda la eternidad, se sorprendió pensando Verónica, que raras veces incurría en el pecado de desearle el mal a nadie, y que prefería callarse a mentir.
Había habido demasiadas sorpresas, sí. Don Ramiro, su padre, había fallecido a los noventa y dos años en el asilo de Carabanchel. El hombre ya era mayor cuando Verónica nació. Su hermana Laura, que por supuesto no había muerto en ningún accidente, pero que gracias a Dios vivía en Málaga con su marido y sus hijos y nunca aparecía por Madrid desde aquella discusión espantosa que tuvo con mamá hacía muchos años, había ido al funeral como quien lleva a cabo un mero trámite, una pura formalidad engorrosa. Pero eso sí, totalmente forrada de pieles de la cabeza a los pies, y con un turbante negro –única señal de luto- que la hacía parecer todavía más estrambótica. El resto de la familia –tío Ernesto, tía Herminia, sus hijos, sobrinos de papá, familiares a los que Verónica a duras penas pudo reconocer- había murmurado por lo bajo sobre el inadecuado, por no decir indecente, atavío de Laura, de la que opinaban que el dinero la había perdido. Su marido, César Ximénez Larios, trabajaba en la banca y tenía negocios en la costa; restaurantes, casas, tiendas de ropa. Nadaban en una abundancia que según ellos había trastornado a Laura. Verónica pensaba que había algo pecaminoso en tanta ostentación; también era evidente que muchos de ellos, sobre todo tío Ernesto, que había sido bodeguero en Asturias y se había arruinado, destilaban envidia por cada poro de su piel. Una envidia malsana, impía. Pero ella era feliz. Estaba mal decirlo, mientras enterraban a su padre y el sacerdote salmodiaba unas palabras rutinarias bajo el cielo insultantemente azul de aquel día de primavera en el cementerio de La Almudena, pero Verónica no pensaba en otra cosa que en volver a casa para estar con su niño, al que había bautizado con el nombre del mejor poeta de todos los tiempos, incluso por encima de José María Pemán –que le encantaba-, o de Amado Nervo, o de Góngora: Dante. El divino Dante. Porque había habido algo de divino en la forma en que aquel bebé había aparecido en su vida. Agustín, del que ya casi no se acordaba –aunque muchas noches aparecía en sus sueños, y ella se sentía de pronto arropada por una cálida sensación de bienestar, como sumergida en agua cálida y suavemente brillante, mientras él la estrechaba entre sus fuertes brazos- había sido un buen hombre, en el fondo; a pesar de su inconfesa lujuria, que lo había llevado a los brazos de otras mujeres de las que ella nunca había querido saber el nombre, de las que incluso había negado la existencia a fuerza de engañarse a sí misma mientras rezaba, en tardes y noches tediosas, amargas, interminables, por el alma extraviada de su marido. Nunca pudo darle un hijo, a pesar de haber sido un hombre joven y fuerte y perfectamente sano –había muerto de un paro cardíaco fulminante, incomprensible, a los treinta y nueve años, a pesar de su salud rebosante, de su vitalidad inagotable, de no haber fumado en su vida y de no beber más que vino en las comidas, que Verónica supiera; pero a pesar de todo, Dios se lo había llevado-. Pero ahora, las ansias de maternidad de Verónica habían quedado perfectamente colmadas. Dante era un niño fuerte, rubio, con los ojos de un azul cobalto profundos como una laguna de montaña y facciones amplias, angulosas hasta la perfección, como si fuera un hombre adulto encerrado en un cuerpo de niño; medía casi un metro sesenta, más de la media para su edad; a Verónica le llegaba por la barbilla. El crío imponía; tenía un apetito voraz, y parecía habérselo contagiado a ella, que había engordado ostensiblemente, y a sus cuarenta y cinco anos había adquirido el aire de una matrona como de otro tiempo que siempre había tenido su madre. Verónica, que se había quedado sola cuando después de morir su madre su padre había decidido irse a vivir a un asilo ("No soy más que un carcamal, un estorbo para ti, hija, y para tu marido, de modo que me voy, allí estaré bien atendido, vosotros sois todavía muy jóvenes para hipotecaron limpiándole la mierda a un viejo"), había tenido la inmensa suerte de heredar la casa familiar, y solía ganarse la vida limpiando escaleras y casas o atendiendo a personas mayores. Podría haberse hecho cargo de su padre, que era lo que cualquier buena cristiana habría hecho. Pero el hombre era de una terquedad irreductible. Y encima lo decía con aquella sorna malpensada que era su divisa:
-Pero hija, ¡si además está de moda esto de los asilos! Como diría la gente joven, ¡hay cantidad de ambiente! ¡Están superpoblados! Igual hasta vuelvo a casarme con una enfermera treinta años más joven...
-Papá, por Dios, no digas tonterías.
Pero la gran sorpresa vino un par de meses después, cuando recibió una carta de un notario en la que se la citaba en una oficina de la Carrera de San Jerónimo, a dos pasos del Congreso de los Diputados.
Su padre debía haberlo ocultado durante años. Había sido ingeniero, y la vida siempre les había ido bastante bien, había sido una buena vida, más que acomodada a pesar de la aparente humildad del barrio donde siempre habían vivido. Pero el notario no le dio detalles, no más de lo imprescindible: había heredado un fondo de inversiones. Más de doscientos cincuenta mil euros. Cuando se recuperó del desmayo –una secretaria muy rubia y muy delgada de pechos enormes le sujetaba la cabeza al tiempo que le ofrecía un vaso de agua ante la circunspecta mirada de don Narciso-, tardó horas en reaccionar, mientras le daba a Dante su segundo biberón de la tarde.
Soy rica. Dios bendito, soy rica.
Pero entonces empezaron las pesadillas, como con aquella súbita abundancia hubiera entrado en su vida algo corrompido, innominado, turbio. Dante era un niño muy callado, con algo de pétreo en su infantil circunspección; tampoco parecía muy espabilado. Sus notas del colegio no pasaban de aceptables, salvo en Matemáticas, donde no bajaba del sobresaliente. No tenía, que ella supiera, muchos amigos. Era un niño grandullón y solitario, poco sociable, al que le encantaban las películas de terror, cuanto más sangrientas mejor. Y con un apetito por la carne –muy poco hecha-, casi cruda, que llegaba a sorprender, cuando no a asustar a una Verónica que, en los malos tiempos, había llegado a estrecharse el cinturón hasta lo impensable para que el niño pudiera comer a gusto, en cantidad, con el apetito de dos adultos que regresaran de trabajar a destajo en la obra. Cuando la herencia de su padre se hizo efectiva, Verónica pudo permitirse comprarle a su niño un chuletón de ternera de un kilo y medio tres o cuatro veces por semana, sin darle demasiada importancia a la posibilidad, como en cierta ocasión le apuntó otra vecina de toda la vida, Remedios, de que aquella dieta básicamente carnívoro no fuese demasiado sana. "A ver si va a acabar con gota, oyes."
Las pesadillas, que empezaron casi de la noche a la mañana, admitían pocas variantes. Ella caminaba por un pasillo semioscuro que parecía ser el de su propia casa y distinguía en la penumbra una luz titilante que provenía de lo que parecía ser la habitación de Dante. Se asomaba a escondidas y entonces solía llegar la sorpresa, porque donde debían estar los muebles y cómodas y sillas de habitación, los dibujos que pintaba el niño –en los que parecía predominar una fuerte inclinación al uso de tonos color sangre, rojos brillantes, bermejos oscuros-, o la ventana que daba al patio común del bloque, había esqueletos descarnados, calaveras de mueca grotesca que parecían gritar en silencio, cadáveres de animales en carne viva. Y en el centro de todo aquello, Dante, desnudo, completamente desnudo y embadurnado de sangre y vísceras, arrancándole la carne a un animal que aullaba de terror o a una niña rubia de más o menos su misma edad, eviscerándola con unos colmillos del tamaño del abrecartas curvo, al estilo de una daga turca, que siempre había habido en el despacho de su padre. El niño mostraba una expresión de voracidad feroz, imperturbable, y masticaba. Masticaba la carne desollada de un perro que se parecía a Paquito, el perro de Cuca, aquella chica del segundo derecha que vivía sola y vestía de aquella forma tan rara. Masticaba con fruición mientras ella notaba que el corazón se le paralizaba y los chillidos de agonía del pobre animal, que aún vivía, resonaban por toda la casa, una casa que ya no era una casa, porque de pronto el pasillo se había convertido en un túnel excavado en roca viva y la habitación de Dante en una cueva de los horrores: el suelo empapado en sangre, una hoguera que había surgido de la nada donde debía estar la lámpara de pie, algo parecido a un altar de piedra negra en el lugar donde estaba la cama, huecos de tiniebla oscilante por donde de pronto rodaba una calavera. Y de pronto Dante dejaba de masticar y la miraba fijamente y Verónica, paralizada, oía estas palabras, cavernosas, espesas:
-Ahora voy a por ti, mamá ... Tengo que comerte, mamáá... Necesito
más canne... Más canne... Mássss cannne...
Y de pronto se despertaba, empapada en sudor frío y con mal sabor de boca, y se llevaba las manos a la pequeña cruz de plata que pendía entre sus senos caídos, y el amanecer solía sorprenderla rezando con fervor, como si la luminosidad de las palabras tuviese el poder de ahuyentar a la oscuridad. Y se descubría a sí misma con un sordo remordimiento de conciencia aleteando en su interior; las pesadillas tenían que ser cosa del demonio. Algo había hecho mal. Sólo quien vivía en pecado tenía pesadillas: eran manifestaciones del poder de Satanás, la señal inequívoca de que se estaba alejando de la gracia de Dios. Pero, ¿por qué 1 salía Dante en aquellos sueños? ¿Por qué, si no era más que un crío, se le presentaba en aquellas imágenes diabólicas, dantescas, nunca mejor dicho?
Y pensaba en lo que había de cruel ironía al haberlo bautizado como Dante.
Luego, cuando despertaba al niño y le preparaba la ropa para el colegio, iba olvidándose, no sin dificultad, de aquellos malos sueños. ¿Qué podía haber de malo en aquella expresión de mansa inocencia del niño que la había convertido en la madre más feliz del mundo, aunque fuese una madre soltera? –o solterona, como sabía que decía la víbora ésa de los pelos tiesos que se había mudado hacía poco, la tal Cuca, que era una borracha drogadicta y promiscua, como toda la juventud de hoy en día (cuando salía en el ABC, es que tenía que ser verdad; al fin y al cabo era el única periódico decente, el único que publicaba las encíclicas de Su Santidad el Papa, a pesar de las abundantes páginas de anuncios decididamente guarros que traía, algunos incluso con fotos de mujeres ligeras de ropa)-. ¿Había cometido un error al adoptar a Dante, al criarlo en la soledad de aquella vieja casa? Pero, ¿qué podía haber de pecaminoso en querer darle una educación correcta, en apartarlo todo lo posible de los horrores de la vida, en hacer de madre y padre y tía y abuela de un niño al que alguien había abandonado en un portal como un bulto, un desecho, un fardo inútil?
-Eres una buena cristiana, hija- le decía el padre Sosa, que la conocía de toda la vida y estaba ya a punto de jubilarse de la parroquia del barrio-. Adoptando a ese niño como lo has hecho no demuestra sino la pureza de tu corazón rebosante de amor. Otra persona se hubiera limitado a entregarlo a los Servicios Sociales de la Comunidad de Madrid; e imagínate lo que hubiera podido ser la vida de Dante en el seno de otra familia. Puede que hubiera tenido la suerte de dar con unas buenas personas, pero puede que no... Mejor no imaginárselo. Ve en paz, hija mía. Ve en paz y sin remordimientos, porque has hecho lo correcto.





Cuca estaba cabreadísima aquella mañana de invierno; cabreada, inquieta y con resaca. El tío que roncaba como un cerdo empapado en ron junto a ella en la cama estaba buenísimo, pero no se acordaba ni de dónde lo había conocido ni cómo se llamaba. Pero no era eso lo que más la preocupaba; lo que la tenía de los nervios era que el perro había desaparecido, y la noche anterior, al bajarse del taxi que los había traído a casa, se había encontrado entornada la puerta del piso. Casi cerrada, sí, pero no del todo. Claro que llevaba un pedo tal que no acababa de aclararse. Pero Paquito no había salido a recibirla con ladridos de alegría como solía hacer; y ella, confusamente, había pensado que igual se había quedado encerrado en la terraza, o en la cocina, donde solía ponerle su cuenco con pienso. Luego el tío se le había echado encima y la había follado como un salvaje y los dos se habían quedado sopas; ella arrastraba, además, el cansancio de toda una jornada de trabajo en la tienda de la calle Fuencarral donde hacía poco que la habían admitido. Y ahora tenía que levantarse casi sin tiempo de tomarse un café, darse una ducha y poco de maquillaje, despachar al colega que seguía roncando a pierna suelta bajo las mantas revueltas –la verdad, un tío recién levantado, por muy bueno que estuviese, tenía mucho de despojo humano, aunque luego bastaba con mirarse al espejo para comprobar que en aquel aspecto, al menos, la tan cacareada igualdad entre hombres y mujeres estaba asegurada-.
-¡Paquito!- llamó, mientras se envolvía en una bata.
El extraño que roncaba en la cama se despertó sobresaltado.
-Hostias, qué voces, tía.
-Estaba llamando al perro, que no aparece.
-Ya decía yo- gruñó el hombre.
Cuca abrió la puerta del dormitorio e insistió:
-¿Paquito?
Nada. El perro no aparecía. ¿Y si se había escapado a la calle? ¿Y si lo tenía una vecina? Pero las probabilidades de que lo tuviera alguna vecina eran más bien escasas; que ella supiera, ni la beata del tercero derecha, doña Verónica, ni las cotillas de doña Ana María Reverte o de Mercedes Rubio le tenían mucho aprecio a los animales domésticos. Tal vez incluso le hubieran dado una patada al perro de habérselo encontrado en las escaleras. Aquellas cotillas hijas de puta eran capaces hasta de envenenar a sus maridos, como decían que había hecho la del tercero derecha, la que vivía con aquel niño tan raro.
-Tiene cojones la cosa- dijo.
-¿Qué pasa?- dijo el hombre, que había empezado a vestirse; el malhumor de ella era más que perceptible.
-Nada. Que hay que largarse. Tengo que irme a currar y el perro no aparece y voy a llegar tarde y tengo una resaca del copón- se inclinó sobre él y le dio un rápido beso en los labios; los dos apestaban a alcohol y tabaco-. Anda, date prisa.
-¿Puedo llamarte?
Cuca esbozó una media sonrisa torcida.
-Si por lo menos me acordara de tu nombre...
El hombre no pareció molesto por aquel detalle.
-Óscar.
-Ah.
-Creía que me estabas llamando Paquito. No sabía que tuvieras un perro.
-Me parece que se ha escapado.
-Pues como se haya ido a la calle, a ése no lo ves más.
-Eso, encima dame ánimos, guapo. Anda, que tengo prisa.
Él cogió un taxi en Bravo Murillo y se ofreció a llevarla. Aunque había decidido no darle su teléfono, aquel gesto de caballerosidad la hizo sopesar la idea contraria. Era guapísimo; un poco zote, quizás, pero era guapísimo. Claro que Cuca ya ni se acordaba de la cantidad de hombres guapísimos que habían desfilado por su cama, por su vida, y por la docena de ciudades donde había vivido, desde Tarifa hasta Edimburgo. Era trashumante por naturaleza, aunque al final había acabado volviendo a Madrid, aunque ahora viviese en un barrio muy alejado del Villaverde Alto donde se había criado. Tenía treinta años y el sueño de ser diseñadora de moda, pero aquellos trabajos que encontraba -camarera, dependienta, azafata, traductora de inglés-, siempre esporádicos y más o menos bien o mal pagados, no le dejaban tiempo para dedicarse a lo que más le gustaba. Y su única compañía fija había sido su perro, Paquito, que ya, tenía nueve anos y se parecía vagamente a un fox terrier con cara de golfillo.
El día se le hizo interminable. Antes de volver a casa en un Metro atestado donde un yonqui acabó por echarle la poca encima a una niña de unos doce años con uniforme del colegio de las Damas Negras de la Asunción de Nuestra Señora de la Concepción –una secta católica como cualquier otra-, recordó que tenía que ir al supermercado a comprarle pienso al perro y algo para cenar, porque tenía la nevera in albis; y fue entonces cuando recordó la catástrofe, la putada inmensa en todo su esplendor. Había estado pensando con angustia durante todo el día, mientras despachaba ropa de marca en aquella tienda para pijos alternativos, punkies de La Moraleja, grunges de Puerta de Hierro o Serrano y góticos de Somosaguas, mientras Mamen, su compañera, le contaba sus hipótesis sobre la supuesta homosexualidad no declarada aunque para ella perfectamente manifiesta del último chico con el que salía, que además de casado tenía tres hijos —era un periodista muy conocido-, y la resaca que la tenía atenazada desde por la mañana se iba deslavazando en el trasiego cotidiano del comercio. Llegar a casa y no escuchar los ladridos de su perro recibiéndola fue como un mazazo. Se puso histérica; interrogó a doña Ana María, a doña Mercedes, a doña Verónica, la beata solterona del tercero —fue el niño, Dante, el que le abrió la puerta con una cara que le pareció de muy pocos amigos-; incluso le preguntó a los cinco senegaleses del entresuelo si habían visto u oído a su perro por las escaleras o en la calle. Nadie había visto nada. Nadie sabía nada. Nadie había oído nada. Así que salió a la calle a dar una vuelta y de paso tomarse unas cañas en el bar de la esquina para tranquilizarse; la otra opción era encerrarse en casa y tomarse un Valium para dormirse frente al televisor mientras rumiaba el disgusto.
Era como haber perdido a un niño pequeño.
Era una putada con mayúsculas.
Verónica Guzmán se mató el 6 de marzo del 2009, a los cincuenta y seis años de edad. Las pesadillas no la habían abandonado en todos aquellos años; se habían acentuado hasta lo insoportable, hasta el punto de hacerla creer que en aquellos sueños de canibalismo retorcido de los que Dante era el protagonista podía llegar a percibir el olor de la sangre, de las vísceras desparramadas, de la bilis amarillenta de las vesículas, de los intestinos, de los testículos que aquel monstruo masticaba con la parsimonia de un espantoso ritual pagano. Dante era ya un hombre de veinte años y más de un metro ochenta de estatura con el que ya apenas se entendía y que, para más INRI, había decidido irse a vivir solo después de encontrar trabajo en una obra por la zona de Chueca y ahorrar lo suficiente como para poder alquilarse un piso. No había querido ir a la Universidad, como ella había proyectado desde que recibió aquella herencia inesperada de su padre. No la escuchaba cuando le decía que no hacerle caso iba a conducirlo a la perdición, a una vida extraviada, desordenada, inmoral. El mundo era muy grande, muy peligroso, tentador, cruel, lleno de pobre gente desamparada e indefensa que vivía en el pecado, del pecado, para el pecado y por el pecado. Ya no reconocía, primero en el adolescente un tanto hosco y luego en el hombre joven de músculos como rocas y estatura acongojante, de mandíbula cuadrada y firme y ojos azul oscuro tan expresivos que rozaban lo hipnótico, al niño manso, obediente y comilón que ella había criado sin confesarle jamás que lo había encontrado en el portal; al niño al que los números se le daban extraordinariamente bien y con el que nadie se propasaba en el colegio de los Maristas donde había acabado por meterlo cuando tuvo la ocasión; al niño que la acompañaba a misa de ocho todas las tardes y al que reiteradamente se había negado a enviar con su tía Laura a Málaga por vacaciones so pretexto –aunque jamás se lo hubiera confesado a su hermana- de que aquello podía ser una mala influencia. Los primeros años de felicidad, en aquel pequeño mundo privado donde cada cosa estaba en su sitio y la vida no enturbiaba demasiado la tranquilidad de Verónica Guzmán, habían acabado para siempre.
Las vecinas habían acabado por decir que se había vuelto loca. Las vecinas decían que en Dante había algo que no les gustaba, que no les cuadraba, algo siniestro. Algo oculto. Cuando se lo cruzaban por las escaleras, se apartaban mirando hacia otra parte y no le dirigían la palabra. A medida que había ido creciendo, el niño se había vuelto más insociable. Miraba a la gente con una fría distancia que no tenía nada de impostada; como a trozos de carne que estuviera calculando si comerse o no. Había empezado a fumar y a salir por las noches los fines de semana; ella podía percibir el olor del alcohol y el tabaco cuando, derrotada por el sueño y el disgusto, desvelada, se asomaba a su habitación para echarle un vistazo, sin atreverse a decirle nada. Era su madre; había sido su madre durante muchos años. Lo había alimentado, vestido, educado; había procurado darle lo mejor mientras trataba de protegerlo de las insidias del mundo; había llorado de felicidad al verlo en la iglesia en el día de su Primer Comunión; había contemplado con felicidad y asombro siempre renovado cómo un día Dante daba buena cuenta de dos chuletones de ternera casi cruda que ella no habría podido comerse ni en cuatro días; había pensado que aquella fuerza sobrehumana que animaba a su hijo era un don del. Señor por haberlo criado con tanta devoción, abnegación y desprendimiento. Y ahora se daba cuenta de que convivía con un perfecto extraño con el que no parecía tener nada en común y que para colmo había incluso dejado de ir a misa. ¿Qué error había cometido? Tal vez debería haberse vuelto a casar; tal vez había pecado de egoísmo al privar a Dante de una figura paterna. Recordaba con vergüenza aquellas salidas nocturnas, casi recién enviudada, en busca de un hombre que pudiera dejarla embarazada, su obsesión rayana en la locura por concebir desesperadamente el hijo que su marido no había podido darle en tantos años de matrimonio.
-Está decidido, mamá.
-Por el amor de Dios, hijo. Por lo que más quieras. Te lo suplico.
-Que no. Que me voy.
-¿Es que no quieres a tu madre? ¿Vas a dejar sola a tu madre?
¿No ves que me estoy haciendo vieja y que dentro de poco igual no puedo valerme sola? ¿No tienes aquí todo lo que necesitas? ¿Para qué quieres trabajar en la construcción e irte a vivir solo? –la voz se le trababa en la garganta; estaba a punto de romper a llorar-. No te entiendo, hijo mío. Te juro que no te entiendo.
Y entonces fue cuando él hizo aquel comentario cruel, despectivo, inesperado:
-Me aburres, mamá. Me aburres. No puedes ni imaginarte lo que me aburres. Y ahora me voy.
Ya tenía las maletas preparadas. Así, sin más. Verónica tuvo que reprimir las ganas de abofetearlo. Jamás lo había tocado, pero algo en su interior pareció estallar en una llamarada de furia.
Sabía que podía romperse la mano si se la estampaba en la cara. Además, algo en el rostro de él, aquella firme determinación de irse, acabó por convertir la ola candente de su furia en un torrente de agua helada rompiendo contra un muro de oscuridad.
Dante podía matarla. Podía hacer realidad en ella aquellas pesadillas que la habían atormentado durante años y habían acabado por convertirla en una adicta al Lorazepam que tomaba a escondidas tratando de mitigar la espantosa sensación de realismo que vivía en aquellos sueños. En muchas ocasiones, se veía sí misma en brazos de Dante, con la columna vertebral rota, paralizada, gritando como una posesa a la luz de una extraña hoguera de llamas verdeazuladas mientras su hijo abría una boca inmensa llena de colmillos enormes, afilados, negruzcos de sangre y restos de vísceras y se disponía a masticar, masticar, masticar, con los ojos en blanco mientras el corazón se le disparaba y gritaba en el sueño hasta despertarse con taquicardia, empapada en sudor... y con el cuchillo bajo la almohada que llevaba seis años ocultando vergonzosamente como el peor de los pecados.
Una semana después, Ibrahim, un senegalés que vivía en el entresuelo junto a cinco o seis compatriotas y regresaba del trabajo a las diez de la noche, se encontró el cadáver de Verónica Guzmán frente a la puerta del bloque, con la cabeza destrozada, abierta contra el adoquinado de la acera, como una gruesa muñeca desgualdrajada al pie de una acacia. Todos los ocupantes del piso huyeron antes de que llegara la policía, y el forense dictaminó un posible caso de suicidio después de interrogar, uno por uno, a todos los vecinos de aquella señora.

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