viernes, 30 de abril de 2010

REFLEXIONES DE UN RECEPCIONISTA

To persevere in one `s duty and be silent is the best answer to calumny.
- WASHINGTON IRVING

Mari Luz me la estaba abrillantando en el almacén tras la recepción cuando oí abrirse la puerta de la entrada y tuve que subirme apresuradamente los pantalones; casi me pillo el cimborrio con la cremallera. Esta chica es una verdadera obsesa del nabo, aunque jura y perjura que nunca se la ha chupado a su novio, Martín, porque la tiene demasiado pequeña. Dice que es como chupar un pepinillo. Pero en fin. Me levanté y salí y allí, apoyado en el mostrador de recepción, estaba el hombre. He de confesar que raras veces he visto un rostro tan devastado por la tristeza, ni siquiera el de una de esas modelos de revistas pornográficas baratas. Era como un maremoto; o mejor dicho, como el paisaje después de un maremoto como el de Indonesia. Era como el cadáver desventrado de un perro en mitad de la calle. Debía rondar los cincuenta años y traía una maleta mediana.
-¿Alguna habitación libre, por favor?
Su voz parecía provenir del fondo de una sima.
-Si, claro. ¿Para cuánto tiempo?
-Solo para esta noche.
Tenía el rostro tan arrugado como las tierras de mi tío Pedro cuando aún no ha llegado la época de la siembra. Sus ojos eran de un azul apagado. Le tomé los datos; le acompañé a su habitación. Andaba casi a rastras. Me pregunté si acaso no estaría borracho. Pero no olía a alcohol. Y allí lo dejé. Debían ser las nueve de la tarde; pensé en bajar a la máquina a tomarme un café. Recordé que Mari Luz debía seguir en el almacén, entre cubos, escobas, sábanas y fregonas, esperando todavía que le metiera la polla en la boca. Pero el caso es que de pronto se me habían quitado las ganas. La noche iba a ser muy larga, más aún cuando en este pueblo apenas hay movimiento a finales de septiembre. Tenía que despacharla intentando no discutir con ella. Sólo me faltaba eso. Y el caso es que la niña, decía, pretendía llegar virgen al matrimonio con su Martín, a pesar del pepinillo en vinagre que me ha confesado o que gasta. Creo que jamás entenderé a las mujeres, sobre todo a verdaderas catedráticas de Filosofía como Mari Luz. Pero es que está muy buena, la cabrona. Está de rompe y rasga, de mojar pan, y el caso es que no sé qué está haciendo conmigo; al fin y al cabo sólo soy el recepcionista del Hostal Los Cazadores, y el tal Martín es el hijo del dueño de la armería más próspera del pueblo. Tienen tierras, coches, cortijos, cosas, el bar del Piquirri, son más espléndidamente aficionados a las putas que mi propio jefe a dar por saco, lo cual es todo un récord, creo que el dueño de la armería, Martín padre, está planeando casarse con una colombiana treinta años más joven, una hembra de ésas capaz de hacer que se les levante hasta la boina a los viejos que se sientan en la plaza cuando la cruza para ir a misa, o eso dicen: que es muy de ir a misa. Vaya por Dios. Espero que de verdad se haya retirado y no esté haciendo también negocio con el cura.

Esperaba que esa noche no sonara de pronto un disparo en la 206, la habitación que le di al hombre de la perenne expresión de tristeza. Me tomé un café de la máquina a pesar de que la cafetería de enfrente estaba abierta –tenemos terminantemente prohibido acercarnos allí-, y tuve que decirle a Mari Luz que se marchara porque estaba a punto de venir Ramírez, el jefe. Bastante tengo ya con que haya una cámara en recepción, aunque todos sepamos que su función es puramente disuasoria. No funciona, porque Ramírez no se gasta un duro en arreglarla. Es casi milagroso, de hecho, que nos pague el sueldo a los cuatro gatos que trabajamos aquí. Y eso que dice ser comunista, y amigo del alcalde, que es de Izquierda Unida. Con razón son todos unos fachas. Cuando el jefe habla, Stalin dixit. O como dice mi amigo Beltrán, en este pueblo casi no hay paro porque los empresarios, básicamente, no dejan parara nadie. Abundan los déspotas a mansalva. Yo mismo soy famoso porque mi tío Antonio le pegó un tiro al dueño de la fábrica de ladrillos, que había estado intentando tirarle los tejos a mi tía Luisa. Historia contemporánea de España, que diría Beltrán. Tú trabajas para mí mientras yo me trabajo a tu mujer, y aún has de estarme agradecido por los cuatro mendrugos de pan que te llevas a tu mesa.
Mi tío Antonio tuvo dos cojones, todo hay que decirlo.
Se puso a lloviznar ahí afuera, y Mari Luz se fue a su casa con dignidad de monja ofendida. Menuda monja está hecha. Lo único que me falta es tener una bronca con su novio, Martín. Cómo explicarle a ese cernícalo pichacorta y descerebrado que son ellas las que eligen el nabo que se llevan a la boca, y no al contrario. A mí me dejó Alba hace tres años porque decía que era un hombre sin ambiciones. Decía que cuando quieres de verdad a una mujer como ella tienes que ser capaz incluso de comprarle diamantes. Claro que a lo máximo que yo llegaba era a una sortijita de plata de vez en cuando. A ella siempre le importó, un carajo que yo me vea obligado a trabajar, como el resto de mis hermanos, porque mi padre está prejubilado y mi madre enferma de los nervios desde que tuvieron un accidente de coche en un viaje a Madrid. No; la niña quería un muestrario de joyas. Debía creerse algo así como Marilyn Monroe. Tal vez incluso también una mansión privada donde llevar a sus amantes. Pero en una cosa se equivocaba de medio a medio: en el fondo yo siempre he tenido la ambición de llegar a ser como Diógenes El Cínico.
A quien por supuesto ella no conoce, claro. Pero sigue siendo muy ambiciosa. Ahora creo que trabaja como panadera en un pueblo de Córdoba. Ha prosperado desde que dejó su trabajo de cocinera en El Piquirri. Incluso creo que se casó con un borracho medio maricón. Lo que se dice un diamante en bruto.
El café me ha provocado diarrea, de modo que he tenido que meterme en el servicio con una novela de Stephen King que siempre suelo tener guardada por ahí. Espero que —no le de por aparecer a Ramírez y me despida por cagalera recalcitrante, aunque el muy hijo de puta es capaz de cualquier cosa. Llevo cuatro años trabajando aquí y utiliza el mismo truco del almendruco que todos los empresarios que conozco: me contrata para un mes, me despide, y vuelve a contratarme. Y esos mamahuevos llamados políticos hablan de no abaratar el despido. Qué cojones, si el despido nunca ha estado tan barato. Salvo tal vez en la Edad Media.
Sigo pensando que el retrete, a veces, es el verdadero centro del universo. Qué paz. Qué reconfortante el sonido del agua fluyendo por las cañerías. Uno de los tragaluces del fondo está abierto, y llega el susurro de la lluvia, el olor de la tierra mojada que asciende desde los pinares que circundan el hostal, el aroma de las retamas, los lentiscos, los jarales, el romero.
Me parece que la diarrea y la vida se parecen muchísimo: ambas son igual
de turbias y fluyen a todo trapo. Parece que fue ayer cuando tenía quince años y
el sol brillaba en todo su esplendor. Si supiera poner todo esto por escrito, como
Stephen King... Tengo entendido que trabajaba en una lavandería antes de ser
famoso. Yo soy recepcionista. Mi amigo Beltrán siempre me dice que tengo una
imaginación del carajo; y yo siempre le respondo que apenas tengo tiempo de
nada. Si la Inquisición siguiera existiendo y Ramírez me trincara escribiendo en
recepción, probablemente me denunciaría por hereje. Y por vago. Además, se
cachondearía todo el mundo de mí. No he salido de España en mi vida, y apenas
de Andalucía. ¿De qué iba a hablar yo? ¿Del campo? ¿De este pueblo de locos
en el que vivo? No tengo más estudios que el bachillerato. Cierto que he leído
libros, pero eso es fácil de decir en este país, donde no lee libros ni el Cristo de
los Faroles. Hasta los burros del tío Pedro leen más libros que el español medio.
0 tal vez me equivoque y todo sea cuestión de ponerse; tal vez sólo sea
cuestión de perseverancia; tal vez todo radique en echarle cojones, como el tío
Antonio cuando cogió la escopeta. Lo cierto es —y tuvo que ser Alba quien lo dijera en su día-, que tengo más mala leche que un político en pleno mitin, cuando prometen el oro y el moro a un país donde cada día hay más oro en manos de unos pocos y más moros por la calle. Y eso que no tengo absolutamente nada contra los moros. Al fin y al cabo, según la acepción latina de la palabra, como explicaba en un artículo ese monstruo total que es Arturo Pérez Reverte, moro viene de maurus, es decir, habitante del Norte de África, o Mauritania. No hay nada peyorativo ni execrable en tal expresión. Y encima vienen, a hacer los trabajos que nadie quiere: los españoles de a pie están demasiado ocupados comprándose televisores de plasma y tetas de silicona con el dinero que dicen que no tienen. Sin olvidarse del correspondiente 4x4, por supuesto.

Acabo de salir a recepción y no había nadie. La lluvia ha arreciado. Me disponía a sentarme detrás del mostrador con mi libro de Stephen King –qué habilidad, parece que estás viendo una película en vez de leyendo, y encima todavía hay por ahí imbéciles que dicen que su prosa es pedestre y simplona (ya quisieran ellos)- cuando ha sonado el móvil. Mari Luz. Lo que faltaba.
-Dime.
-Antonio...
-Qué.
-¿Tú me quieres o no me quieres?
-Mari Luz, creo que ya hemos hablado de eso.
-¿De qué?
-De que vas a casarte con otro.
-No- su tono de voz es casi plañidero-. He decidido que lo voy a dejar. Es contigo con quien quiero casarme.
-¿Conmigo?
-Sí.
En ese momento oí el disparo.
-Tengo que colgar, niña.
-¿Por qué?
-Porque tengo que subir a ver qué pasa en la 206. Creo qué un tío acaba de suicidarse, y ahora me toca llamar a la Guardia Civil y todo el rollo. Ya hablaremos. Ya hablaremos un día de éstos. Anda, cuelga.
Y efectivamente, fue una de las noches más largas de mi vida.

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