jueves, 29 de abril de 2010

EL BAUTIZO

La noche había sido larga, y Zamora entró en aquella iglesia no con ánimo de confesar sus pecados, sino por la sencilla razón de que estaba lloviendo a mares, no llevaba paraguas, soplaba un levante de mil demonios y no recordaba donde había dejado el coche en aquella maraña que era el Barrio de la Viña, y no había visto ningún bar cercano donde refugiarse, lo que ya era raro en una ciudad como Cádiz. Era representante de embutidos y la noche anterior se había gastado un dinerillo curioso en amortizar los encantos de una graciosa morenita cubana a la que había conocido picoteando chipirones a la plancha en un local típico, como sacado de un relato de Fernando Quiñones. “Te pareces a Pol Niuman, mi amol” “Coño, ¿tantos años me echas?” “No, mi amol, digo a Pol Niuman de joven, con esos ojasos asules que tienes, mi amol.” En la atmósfera recalentada del bar, donde había conseguido colocar un lote de ibéricos la tarde anterior, uno no esperaba encontrarse a una morenaza sandunguera y viciosa como aquella vendiendo sus encantos, pero “la crizi” era “la crizi, pisha”, como le decía Facundo, el dueño, colilla de puro en la boca e impenitente copa de manzanilla en mano. De modo que se la había llevado a un hostal cercano y allí había descubierto la floreciente maravilla perfumada que la chica –no tan joven como parecía a primera vista en la luz engañosamente cargada de humo del bar- ofrecía bajo unos vaqueros ajustados más propios de una adolescente de las que llevaban el tanga a la vista que de una treintañera con dos hijos a los que alimentar. De modo que Zamora pudo sentirse un poco Pol Niuman durante una hora y pico sin que su nueva novia, Esther, que aguardaba su llamada sobre las nueve de la noche, lo notase. Todo por el módico precio de sesenta euros.
No era hombre especialmente religioso, aunque como casi todo el mundo, había hecho en sus tiempos la primera comunión, más por la tarta y las cocacolas que venían después de la liturgia que por verdadera devoción. De modo que penetró en la iglesia calladamente, admirando la tenue iluminación de las velas en las capillas laterales, aspirando un leve olor a incienso, y se persignó mecánicamente, por pura costumbre, al ver una imagen de la Virgen en uno de los laterales. Había gente allí, y el sacerdote parecía estar celebrando algo.
Se apostó tras uno de los últimos bancos, deseando haberse fumado un cigarrillo antes de entrar. Pero la lluvia y el viento en las callejuelas no daban tregua, y tal vez fuese demasiado temprano, en aquella mañana de domingo, para tomar un café en algún improbable bar. No conocía bien Cádiz, y pensaba de las ciudades lo mismo que de las mujeres; por mucho que uno crea conocer todos sus rincones, siempre se escapaba algo.
Habría unas veinte personas de aspecto agitanado en los primeros bancos de la iglesia. Resultaba extraño. El cura salmodiaba algo junto a la pila bautismal. Una mujer con chal negro floreado y el pelo rizado recogido en un moño parecía sostener en sus brazos a un bebé. Era un grupo abigarrado, compacto: algunos llevaban sombreros, otros largas melenas rizadas, dos de ellos algo que parecían guitarras; parecían una troupe de flamencos descolocados en mitad de aquella pequeña iglesia, como si de pronto fuesen a subirse al altar a tocar por bulerías.
Uno de ellos se volvió y lo miró: barba desgreñada, pañuelo rojo al cuello, expresión torva. Tenía todo el aire de quien ha conocido durante largo tiempo las delicias de la cárcel. A Zamora se le encogió el estómago. En cierta ocasión, en Córdoba, hacía unos años, un individuo con una catadura similar le había robado el coche a punta de navaja. Doce horas después, la Policía le informó de que lo habían encontrado en el barrio conocido como Los Vikingos: solamente le faltaban las cuatro ruedas, las puertas, el volante, el salpicadero y los asientos. Por lo demás, el coche estaba casi intacto, salvo una abolladura en el capó y un faro roto. Le costó muchísimo dinero aquella broma: tuvo que comprarse un coche nuevo. Y su mujer le afeó el hecho de que no le hubiera dado dos hostias al ladrón; llevaban tanto tiempo juntos, que Zamora no se lo pensó cuando le ofrecieron el trabajo de representante. Era mejor pasarse días viajando, fuera de casa, que aguantando la nube tóxica de hastío que emanaba de aquella casa.
-Es que a veces pareces maricón, hijo- le dijo Julia.
Tres meses después, ella se fue a vivir con su madre. Un año después, llegaba el divorcio.
-A tomar por culo- dijo Zamora, justo antes de firmar los papeles.
-¿Tiene un sigarrito, pisha?
Era el individuo del pañuelo al cuello: tenía cicatrices repartidas por toda la superficie de la cara, el pelo muy negro peinado hacia atrás, la expresión depredadora de quien no hace concesiones. Olía a gomina, a colonia, a sudor retestinado.
-Sí, claro- y se apresuró a ofrecerle un Chesterfield.
-Grasia, maestro.
Y salió a la calle. Zamora temblaba: ese tipo de individuos lo inquietaban. Eran capaces de cualquier cosa, como animales enloquecidos. Creía que no respetaban nada ni a nadie. Ni siquiera había esperado a que terminara el bautizo para fumarse un cigarrillo.
En ese momento, se oyó un grito de mujer:
-¡Pero qué ha hesho usted, so malaje! ¡Hijolagranputa! ¡Mi churumbé!
Al ir a coger al niño, al sacerdote se le había resbalado y lo había dejado caer. Empezó una conmoción: empezaron a alzarse voces airadas, amenazantes, que reverberaban por toda la penumbrosa amplitud de la iglesia. A Zamora se le encogió el corazón más que la polla después de un buen polvo. Allí iba a pasar algo. El clan se abalanzó sobre el sacerdote, que empezó a suplicar con voz trémula. No se oía el llanto del niño. Brillaron filos de navaja. Al fondo del altar, la talla de un Cristo lo contemplaba todo con rostro afligido, cuajado de lágrimas de escayola.
-¡Por favor, hijos míos! ¡No cometáis una… aaaaargh!
Cayeron sobre él como una jauría enloquecida, mientras la madre levantaba el cuerpecillo exánime del bebé y lo sostenía en brazos, sin parar de maldecir, de llorar, de babear. El bebé tenía el cráneo destrozado.
Zamora se dio la vuelta para huir corriendo de la iglesia. El coche. Buscar el coche y arrancar y salir de aquella ciudad como alma que lleva el diablo. Adiós a Cádiz durante una buena temporada. Nada de llamar a la policía. El sacerdote, invisible ahora entre la turbamulta del clan enfurecido, seguía profiriendo gritos de dolor; lo estaban acuchillando a conciencia entre varios. El que parecía el patriarca, un viejo de pelo blanco y rostro de bronce y sombrero, lo golpeaba con saña con su garrota.
Estaba a punto de salir a la calle cuando se tropezó con el individuo patibulario del pañuelo rojo: acababa de tirar la colilla y tenía en la mano una chaira de unos quince centímetros de largo. La lluvia le chorreaba por el rostro cubierto de cicatrices en la luz cenicienta de la mañana.
-Quieto parao, payo. Tira pa dentro. ¡Tira, me cago en tó!
Y Zamora notó cómo empezaba a cagarse en los pantalones.

1 comentario:

  1. Diría que un mal día lo tiene cualquiera.

    Extraordinario, sencillamente extraordinario.

    Todo un placeer leerte.
    Ashia

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