miércoles, 28 de abril de 2010

SIESTA

Diáspora de muertos, se puede decir o pensar, diáspora de absolutos desconocidos, de tíos alcohólicos y geniales, de locos carlistas dueños de armerías, de ninfómanas sexagenarias, qué importa. Uno no tiene memoria a estas alturas, uno no es dueño de nada, uno puede seguir sacándose tautologías de la manga y conejos de la chistera, que en mi caso es ese sombrero del se que se sacan los chistes, las ironías, los paralelismos más o menos amargos. Lo realmente heroico es estar aquí tumbado en la litera, en esta especie de cuchitril, intentando creer que uno tiene una memoria y una identidad y un pasado, en realidad sólo se tienen los ronquidos de Alberto y un walkman casi sin pilas, Vivaldi es algo patético cuando se lo escucha de esta manera, le añade aún más irrealidad al asunto, falta una hora y media para subir a trabajar, previo afeitado, previo uniforme y pajarita: una hora y media para volver a verle la cara al maître y a la gallina furiosa y al ceremonioso gilipollas de Carrasco, para empezar otra vez a bregar. Qué lenta pesadilla., llevo aquí cinco días y sólo para recordar, a la mierda el walkman, sólo esforzándome consigo re¬cordar que allí afuera, lejos de este sitio y de estas urbanizaciones sembradas entre colinas y árboles, de este paisaje de chalés para millonarios con el mar al fondo, está el mundo real el mío, del que no sé si he desertado temporalmente, para ahorrar dinero, acaso haya sido el propio mundo, la propia vida, la que me ha desterrado. Gilipolleces. Tiene usted que poner más interés en su trabajo, decía el maître el otro día, me dijo la otra tarde en el cuarto de la bruñidora, no le veo a usted rindiendo lo suficiente, Estrada, con esa cara de maricona discipliente, de imbecilidad patológi¬ca, supina. Dios... Y qué calor, y enterarme anoche de que estamos durmiendo a menos de cuatro metros de la bodega del restaurante, ahí si que hay de todo, quién tuviera la llave, todo el vino y el whisky y la ginebra del mundo; durmiendo y afeitán¬donos y cambiándonos de ropa y roncando en este cuartucho de paredes húmedas, el suelo lleno de colillas y polvo, con telarañas bajo las literas y dentro de las taquillas y la mosquitera destrozada. El granadino quería limpiar esto el otro día, Para qué, le dije. Si esto es de auténtica vergüenza, hombre. Mira el cuarto que nos han dado, cuatro tíos en una pocilga., cualquiera diría que ahí arriba hay un restaurante de lujo, ni que fuésemos yo que se qué. Pero en fin, el chaval es así., tiene ilusión, le gusta trabajar, hay ciertas cosas que no entenderá nunca, o a. lo mejor con el tiempo sí, al fin y al cabo tiene veinte años› le sobra tiempo para comparar la vida que llevamos encerrados aquí abajo, en este sótano sin apenas luz que apesta a pies, a sudor, a tabaco, a humedad, a cloacas, cualquiera podría decir que en las habitaciones perso¬nal de los hoteles y restaurantes viven camareros y arañas, jefes de rango y cucarachas, ayudantes de cocina y mosquitos, toda la fauna currante y subterránea del mundo, dedicada a servir a esa otra fauna que viene a cenar cada día, esa otra fauna que se gasta alegremente en una sola noche la mitad del sueldo que cualquiera de nosotros, incluidos el maître y el jefe de cocina, gana en un mes. Esto hay que vivirlo para saber de qué se habla, aquí nadie está escribiendo un cuento ni nada por el estilo ni yo soy un personaje de novela ni esto es un monólogo ni el calor que hace es una metáfora ni los ronquidos de Alberto son ficticios. Estoy sudando como un cerdo, cualquiera se ducha aquí tal y corno están las duchas, seguro que las duchas de gas de Auswichtz estaban más limpias que las de aquí, por lo menos allí recogerían los fiambres para arrojarlos a las fosas de cal o para incinerarlos o para arrancarles la piel y hacerse tulipas de lámpara o carteras o bolsos para las mujeres de los altos mandos, aquí nadie limpia nada y todo está sembrado de colillas y papeles mojados y mierda de todas las clases Imaginables, como ducha es ideal para las ratas de alcantarilla, al fin y al cabo los que aquí estamos y curramos y blasfemamos no nos diferenciamos mucho de las ratas de alcantarilla, vivimos bajo tierra., en sitios sucios y húmedos y con poca luz, y además de recoger las sobras y aprovecharlas nos peleamos entre nosotros, aunque sea más con palabras que con las manos o garras o colmillos, para ver quién trinca más dinero del bote, quién cobra más, quién come mejor: todo orquestado, en apariencia. de manera civilizada, por la empresa, por esa mojama insufrible y pedantesca de madame Schiff, por el maître -qué voca¬ción de lameculos, dios-, por el jefe de cocina y por ese otro deshecho humano de Carrasco, qué pedazo de mantón fascistoide, de soplapollas racista. Decirle a Mbaye lo que le dijo la otra tarde, lo que, Montse me dijo que le había dicho a M'baye la otra tarde, que si estaba quitándole el trabajo a los españoles, que si es que en Gabón no hay trabajo para un pinche de cocina. Y yo diciéndole a Montse que claro que sí, todo el mundo sabe que Gabón es un país donde hay cantidad de restaurantes de, lujo, donde el trabajo y el dinero y la comida y el confort y la democracia sobran como aquí, menudo soplapollas, Carrasco, con tus medallas de la Virgen y tu cruci¬fijo de oro con cadenita y tus insignias de la Legión. Qué coño sabrás tú de la vida, de la gente como M'baye o Montse, de lo que es huir de la miseria para ir a caer en esta otra miseria de teléfonos portátiles y chorizos y gobiernos de derechas y Europas únicas que tanto parecen gustarte. Orgulloso que debe estar el muy gilipollas. Qué forma de ceguera, el orgullo. Que se lo cuenten a medio mundo, la otra mitad está muerta de hambre y de rabia y de asco, en realidad el cristal del coche del Papa no es cristal antibalas, sino antimuertos de hambre, antidesesperados, antimiserables, antiexplotados hasta el delirio, antiparias: bienaventurados los mansos, bienaventu¬rados los muertos de hambre, porque de ellos serán las migajas del festín; bienaventurados los pobres, porque de ellos no serán las facturas, siempre pueden pagar dando con sus huesos en la cárcel o como carne de cañón: bienaventurados todos, urbi et orbe et per saecula saeculorum, que os den por el culo a todos per saecula saeculorum, que siga la fiesta, Manolo. Más de un amigo me ha dicho alguna vez que las cosas están como para echarse al monte, curiosa frase ésta, echarse al monte, yo mismo lo habré pensado más de una vez, estoy seguro; y no por el trasfondo supuestamente romántico de la idea, precisamente: se trata ya más bien de una cues¬tión de supervivencia, no queda ya dignidad humana que preservar o por la que luchar, el optimismo histórico de algunos no es más que una composición de lugar ante la propia desesperación, excusa o coartada, por la sencilla razón de que todos, absolutamente todos, estamos jugando al mismo juego, el juego de las jerarquías y las conveniencias, de la fe que embrutece hasta el punto de olvidar en lo que se creía o creía creer, el juego de las vidas planificadas, del ahorro: el jueguecito. Y no sabe¬mos ni quienes somos, a veces uno parece acercarse a la verdad o a la supuesta verdad acerca de.uno mismo y el precio suele ser demasiado elevado, la verdad es -dicho sea en términos humanos- una puta muy, muy cara: o más exclusiva que cara. Qué pestazo a pies hay en este sótano, ahora la luz empieza a perder esa agresividad de media tarde, entra tamizada a través del mosquitero medio roto, hará -hace- un calor de la hostia ahí fuera, las mesas y las sillas bajo el sol, las sillas del revés sobre las mesas, sin manteles ni cojines, todo está por montar, una hora para montarlo todo y después la cena y después los primeros clientes, que no se por que siempre suelen ser alemanes. Tanta ceremonia para cenar, el maître acompañándolos con la cere¬monia del que acompaña a una procesión, ofreciéndoles mesa, sonrisa de oreja a oreja, nosotros esperando con la chaquetilla y la pajarita puesta y el lito colgando del brazo, solícitos: con razón me ha dicho Montse ya varias veces que siempre tengo cara de estar descojonándome interiormente de todo. Es que es para descojonarse, es todo tan irreal, puro teatro, todo por el puñado de billetes que vas a sacar a fin de mes, ese puñado de billetes que .cualquiera de los que vienen a cenar aquí se gasta en menos de diez segundos, el alquiler de un mes de piso. Me acuerdo ahora de mis tiempos de okupa: quién iba a decirme algún día acabaría metido en este mundo, media vida riéndonos del dinero y de todo lo que simboliza y significa del dinero y ahora esto, moscas y calor y olor a píes y a sábanas sucias y sudadas y a humedad de sótano y a polvo de años y un restaurante de lujo ahí arriba, La Hacien¬da, bonito nombre, haga exégesis quien quiera; aquí encerrados, cualquiera se va de copas a Marbella por la noche, cómo vuelves luego, no hay autobuses hasta, las siete de la mañana, la Compañía Portillo es de antología, es como una metáfora brutal de este país, una metáfora de eficacia y modernidad, sálvese quien pueda, quien tenga coche o moto, doce kilómetros hasta Marbella, la otra noche que fuimos Paco y el granadino y Salva y yo en el coche de Montse, que tiene la suerte de no tener que vivir aquí, la borrachera fue mayúscula y eso se notaba al día siguiente, el maître estuvo a punto de decir algo pero al final se calló, seguramente le pre¬guntó a Carrasco o al jefe de cocina si es que habíamos ido a Marbella la noche anterior, se nos notaba en la cara, supongo que a Paco menos porque se pasa el día en la cocina y ahí sí que se suda la resaca a. base de bien, qué preocupación, me lo imagino, el maître tan preocupado por el estado de la mano de obra, no es decoroso que un cliente advierta la cara hinchada y las ojeras y el temblor de manos del cama¬rero que le está sirviendo el vino o el agua mineral, qué horror, es para pedir el libro de reclamaciones, en alemán o en francés o en ruso, hay que preocuparse por la mano de obra barata que trae la comida en bandeja de plata, todo ha de estar presentable, impecable, en perfecto orden de revista, todo ha de ser perfecto a cam¬bio de lo que nos pagan, setenta mil pesetas al mes, tela. Más propinas, por supuesto, aunque a saber, ni yo ni el granadino hemos visto todavía un duro de las propinas, la noche, que- nos fuimos a Marbella quisimos saber si podían darnos un vale, un ade¬lanto sobre las propinas que lleváramos hasta entonces, y nos sale esa gallina furiosa que, es la hija de la dueña diciendo que los vales son sólo para. los trabajadores fijos, que nosotros no somos fijos en la empresa y por lo tanto no pueden adelantarnos ni veinte duros de las propinas, a saber quién se quedará con las propinas, y lo que nos corresponderá el día que las repartan, seguramente entre el maître y Carrasco y el otro, cómo se llama, Juan, se harán un apaño y nos dejarán al granadino y a mí y a Montse y a su hermana Raquel las migajas, una cantidad en apariencia decente, no vayamos a sospechar: no vayamos a protestar, aunque la otra noche vimos en una bandejita mas de diez mil pesetas de propina, la misma bandeja que Juan no tardó ni cinco segundos llevarse a la caja, al rincón donde la Schiff tiene montado el chiringuito, la registradora. y el ordenador y todo el puto resto. No ver ni un duro de tus propias propinas porque las normas de la empresa prohíben dar un vale a los gilipollas, léase el menda y compañía, que no somos fijos. Cinco días aquí como cinco meses, el tiempo no cuenta, trabajo y aislamiento, la mitad del día sin hacer nada porque no se empieza a trabajar hasta las seis de la tarde y nunca más allá de las una y media, es raro pasar de esa hora, las mañanas están para dormir o escuchar música o salir a dar un paseo por la urbanización o llegarse hasta la playa si hay ganas o leer o cascársela, los únicos que trabajan de día son los de la cocina, Paco y M`baye y Jordi y Luis y Vicki y el chavalito ése de Málaga y el jefe de cocina, cuando no está tirándose a la hija de la dueña, a esa gallina furiosa, no he visto una tía más seca y más desagradable y que se lo tenga más creído que Cathy, qué habrá visto en ella el jefe de cocina. Está claro: es la hija de la dueña, dinero, posibilidad de verse de la noche al día regentando el restaurante, en no mucho tiempo, está casado y tiene dos hijos pero eso es fácilmente resoluble. Basta con lo de siempre, un poco de cinismo y de ganas de trincar y de frialdad a la hora de meterle, el rabo a Cathy, quien algo quiere algo le cuesta, y quién puede decir que no se prostituye en esta puta vida. Hay que saber lo que es estar currando aquí, , no es como trabajar en un restaurante normal o en una cafetería o en un pub, se vuelve uno loco con tanta pijadita y tanto detalle y tanta ceremonia, hasta servirle pan a un cliente requiere un esfuerzo de concentración, hay que estar pendiente de todo en todo momento, si un cliente se queda sin agua o vino en la copa hay que repasarla, por supuesto el esfuerzo de coger la botella y servirse uno mismo es demasiado para el cliente, para eso está el ceremonioso esclavo de chaquetilla blanca y pajarita bajo la mirada admonitoria del maître, el tío la ha tomado además conmigo, está todo el rato vigilándome a ver si meto la pata o dejo una copa sin repasar o le sirvo a una tía antes que a un tío o le sirvo por la izquierda en vez de por la derecha o me inclino demasiado sobre la mesa o no tiendo el brazo como es debido o no cojo la botella como hay que cogerla o se me olvida poner el lito convenientemente doblado sobre la cubitera o pongo el lito por accidente dentro de la cubitera llena y se moja, como la otra noche me pasó, vaya bronca que me echó el tío en la puerta de la cocina, el cabrón de Carrasco pasaba en ese momento y se me quedó mirando de reojo, muerto de risa el muy hijo de puta, y el maître diciendo mientras tanto: «Es que se le dice a usted que haga una cosa de tal manera y acaba usted haciendo lo que le sale de los cojones. Esto no es una venta, haga usted el favor de hacer las cosas como Dios manda.»,
cualquiera lo diría, el apuesto y delicado maître, el muy diplomático y versado en
toda clase de detallismos y lujos hosteleros y pijadas de rango, el beato del boato del
maître, con su chaqueta negra y su corbata de lameculos eficacísimo, hablando como
una verdulera furiosa. Y eso que he conocido maîtres de todos los colores y formas
y tamaños, por algo siempre me he buscado la vida en hostelería, pero nunca me
había encontrado con un ejemplar semejante, con un tipo tan obsesionado por ese
delirio imposible de detalles, tanta obsequiosidad, qué tendrá en la cabeza este hom
bre cuando no trabaja, supongo que tanta atención a las buenas formas, tanta catego
ría y tanto lujo habrán acabado por embrutecerlo, igual que quieras o no trabajar de
camarero, de simple camarero, acaba embruteciéndolo a uno, haciéndolo olvidarse
de quién es, de su propia vida, el trabajo, este trabajo, acaba por privarte hasta de
esos recuerdos que creías imborrables: todo es una obsesión por hacerlo todo al
milímetro, hasta en esos detalles más estúpidos, que no te cojan metiendo la pata
en cualquier momento, si la sopa mancha el borde del plato, si la salsa del preludio
se derrama fuera de los cuatro centímetros cuadrados de rigor en el centro del plato, si se te ha olvidado el lito en la cocina al lado de las cubiteras, si te cae una botella vacía, catástrofe absoluta. Está claro que el maître me ha cogido manía, esto es un negocio de lujo y por lo tanto hay que responder a las expectativas, a él le dará igual lo que yo sea o haga o diga o cómo haya trabajado fuera de aquí, pero por algo me dijo la otra tarde en el cuarto de la bruñidora Tiene usted que poner más interés en su trabajo, no le veo rindiendo lo suficiente, Estrada, lo tengo encima., se ve. El mismo Alberto me lo dijo el otro día, ándate con cuidado, Ángel. Es como para irse hoy mismo, pedir la cuenta y buscarte la vida en otro sitio, pero de momento no puedo hacerlo, si pido la cuenta ahora me van a dar una mierda, no llegará a quince mil pesetas, y dónde va uno en pleno mes de agosto buscando trabajo con quince mil pesetas en el bolsillo, el dinero vuela, estoy atrapado aquí y tengo que aguantar lo que me echen, carros, carretas; frialdad y suerte, es lo que necesito.

2 comentarios:

  1. Cojonudo, Miguel Angel. Espero tu libro como agua de mayo. He subido tu poema Casa de putas a Hank over. Un abrazo.

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  2. Ufffff eres increíble!!!! Me ha encantadoo!
    besos.

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