lunes, 4 de julio de 2011

HOMBRE DE PRINCIPIOS

I wanna get drunk till I´m off my mind

JOHN LEE HOOKER





Bebo, en primer lugar,

porque me da la gana,

porque el futuro viene como una blanda tormenta

de hastío anticipado

en un mundo con menos luces que la tonta de la esquina,

bebo porque el hígado aún no me duele lo suficiente

para claudicar

y perderme en la inane rutina de cafés descafeinados,

licores sin alcohol

y días sin sal

que el común de los mortales llama existencia.

Bebo porque tengo demasiadas neuronas con aristas

pequeños microscópicos cristales de hielo

lúcido aquí dentro,

en esa oscuridad relampagueante de la que algunas mujeres

se enamoran

y que otras desprecian. Bebo

en honor de los que las ven venir

desde muy lejos, sin piedad, sin honor, sin alma

y con hipoteca a cien años,

bebo para adornar la soledad

con vicarios arrebatos de ternura,

bebo como un poseso o un desposeído, bebo

como un imbécil

que no sabe todavía por qué le brotan poemas

de la niebla itinerante que es su alma,

y, porque como dice un viejo blues

me gusta gastar más dinero que un millonario

siendo como soy lo que los entendidos/desentendidos

llaman

una rata letrada con cultura y supuesto

buen corazón, un Robin Hood

de la literatura. No lo sé.

Mis mujeres se asustan a partir del quinto whisky,

y hasta la realidad más sórdida distrae

algún rastro de bondad

cuando bebo. Bebo

por no ver las noticias, por no releer

el Ulises de Joyce

por sexta vez para morirme de envidia, bebo

por no matar

a tanto tocapelotas

y para adquirir la presencia de ánimo que facilita

que el cenutrio al que oigo decir

que la poesía es una mariconada

siga vivo

para poder seguir vomitando sus gilipolleces

ante auditorios propicios. Soy un hombre piadoso.



Bebo porque se me incendian los otoños,

porque noviembre es largo,

porque ciertas mujeres se me aparecen como obras maestras

dentro de la inanidad imperante

y las palabras exactas para bajarles las bragas

-llamadme romántico-

florecen con más facilidad

cuando rugen las hogueras del vino

o fluyen los ríos de whiskey a los que cantaban The Pogues.

Bebo porque me siento acompañado

por Faulkner, Quevedo, Shakespeare, Mozart, Corelli,

Charlie Parker

mi tío Ángel Luis

y toda la bendita nómina de muertos y vivos

con la que transito

por las calles sin alma de la vida.

Bebo porque me sale de la bendita punta de la polla,

porque he dormido en la calle en Roma,

en Londres, en Galway, en Sevilla, en Lanzarote

y un trago ayudaba a no cortarle el cuello

al primer topo autosatisfecho que pasara por allí.



Bebo porque conozco

muy pocas alegrías

y a demasiadas putas

y porque la Biblia puede estar en una canción

de John Lee Hooker, bebo

porque las guitarras de Córdoba

y el whistle de las Islas Aran

suenan mejor, exprimen el corazón

como una esponja de sombras

y a veces saco lo mejor de mí

y las páginas salen solas, aunque aún no alcance

a comprender

por qué escribo. Será que no sirvo

para otra cosa. Y ya que gano

poco dinero

con esto del mester de juglaría

por lo menos -a veces- me harto de follar. Es,

sin duda,

uno de los grandes misterios del Universo.



Bebo por cada cana de mi barba

y por los campos nevados que me acecharán

cualquier día,

sin la dulzura de una piel

o de una página

donde refugiarme.



Anda, bonita, invítame a una copa.

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