martes, 7 de junio de 2011

SO FAR AWAY FROM EVERYTHING

In memoriam Brendan Behan







Crepúsculos de sangre y plata huidiza, lentos fuegos,

bosques de violines encendidos,

venas llenas de niebla, alguien que canta

una vieja balada de amor

en gaélico, marineros muertos

en una noche de olas y relámpagos

y mujeres que esperan

en oscuras escolleras

donde rompe el Atlántico

con la piedad meticulosa

de los hijos de puta. Suenan flautas,

guitarras, un bodhrán.

Los hijos de Inismór

comparten los primeros

tragos de whisky, afuera

la lluvia tabalea

en su secreto idioma de húmedas soledades

por callejas de piedra.

El fuego de la chimenea

arranca oro del oro líquido de mi vaso.

Una camarera me sonríe.

Estoy tan lejos de casa

que nunca me he sentido más en casa

que aquí, entre estas gentes

rudas, parsimoniosas, amables

y capaces también

de ataques de furia tan sinceros

como los del Atlántico.

Es el confín occidental de Europa,

el confín de mí mismo, un viaje

que debí emprender hace

mucho tiempo. Las Islas Aran.

Aquí es donde un hombre

toma la medida de su soledad,

cara al viento que azota el rostro

en un estallido, una miríada

de rocío salvaje, de espuma marina

traída por un aire

como no he vuelto a sentir

en mi vida, afilado,

puro como un cuchillo, reluciente

como escamas de salmón fresco.

El viento canta en los brezales y turberas.

La costa de Connemara,

ribeteada de colinas verdes

más allá de la bahía de Galway

se pierde entre la bruma.

Aquí

un hombre se halla al filo

de sí mismo, al borde

de todos sus acantilados

interiores. Muy lejos

del omnipresente sol de la memez

que impera en el país de catetos crispados

del que provengo

y en cuya lengua escribo

sobre la vieja madera oscura

de esta mesa, acompañado

por las miradas curiosas

de los lugareños

y la sonrisa rubia de las camareras.



Podría ser feliz aquí,

como un marino errante.

No soy dado a nostalgias de ningún sur lejano

y siempre me he sentido como en casa

dentro de mi piel, con un

whisky al alcance de la mano, sin familia,

con la madera crepitante en la chimenea cercana

como una tumultuosa flor de fuego

en mi corazón, ya más cansado que perplejo.

Hace mucho que perdí

-como perdí la juventud-

a quien pudo ser el amor de mi vida.

Mis pasos me han llevado

mucho más lejos de lo que planeé.

Mucho más allá

de las lágrimas.

Recuerdos entrañables

volando como chispas, como humo,

por el cañón de la chimenea

y afuera sopla un viento que se lo lleva todo

en un turbión de niebla y lluvia amarga.



El gaélico suena tan dulce y cadencioso

como una flauta perdida en la espesura. Hay

aplausos

cuando el cantante de mediana edad

que sostiene una jarra de stout

en la mano

da las gracias y se sienta

en la barra. Why don´t you

join us?,

me preguntan desde una mesa

cercana.

Está cayendo la noche sobre la isla,

hay unos ojos verdes como un bosque de Kerry

que me miran sonrientes, plácidos,

puros como esmeraldas,

y de pronto me invade la emoción

nítida como una ola en una noche de relámpagos

y océanos tormentosos

del hombre al que le ofrecen, solitario en un rincón

del pub,

la pura lumbre de la compañía humana

hombres que saben

lo que es estar lejos de su tierra,

en la amargura del exilio o la persecución

o el hambre que fuerza a buscar

nuevos, remotos horizontes.



Todos mis exilios son más bien interiores.

Pero sonrío, me levanto,

me uno a ellos, pido

una ronda para todos

y brindo a la salud

de los recios hijos de Irlanda

con una rosa de fuego en el corazón,

con una rosa de hielo en el corazón,

con una rosa de lágrimas

en el corazón.





Islas Aran, agosto de 2007

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