lunes, 13 de diciembre de 2010

EL CIELO DE DUBLÍN

El consuetudinario panegírico, la puta píldora surrealista que nos doraban a diario por la televisión y los periódicos y la radio había llegado a tal nivel de pringosa y nauseabunda ubicuidad que acabamos, ya que España iba tan bien, por mudarnos a Irlanda. Concretamente a Dublín, donde teníamos amigos que habían emigrado atraídos por el canto de sirena de la supuesta bonanza económica del tigre celta. Diego y María ganaban unos cinco mil euros entre los dos; sencillamente, más del doble de lo que Merche y yo lográbamos arrancarle a la calle viviendo en Sevilla, yo como oficial de segunda en la obra, ella como camarera en una cafetería de Pagés del Corro. No teníamos hijos. De modo que hicimos las maletas y nos plantamos una mañana de buen tiempo –solamente chispeaba- en el aeropuerto de Dublín. Diego y María nos esperaban.
Recuerdo que nada más salir al vestíbulo, después de los saludos y abrazos de nuestros amigos –Diego tenía aspecto de estar muy cansado y María llevaba lo que me pareció demasiado maquillaje-, Merche dijo que se sentía mal. Tenía ganas de vomitar. No habíamos tomado nada durante el vuelo. De modo que las mujeres se fueron al servicio mientras Diego y yo arrastrábamos el trolley cargado de maletas en dirección al bar, donde pedimos, a pesar de la hora, un par de cervezas Guinness. El que parecía el encargado, un tipo alto de cabello castaño claro y expresión entre torva y expeditiva, como de cabrón frustrado por la flagrante escasez o mediocridad de su vida sexual, estaba despachando de malas maneras a un joven rubio que parecía alterado, como nervioso por un trago.
“You had enough”, decía el encargado.
“Just a beer, please.”
“No. No way. You had enough”
Diego me tradujo: “Que ha bebido demasiado y no le pone ni una más.”
-Qué cabrón.
-Esto no tiene nada que ver con España- dijo Diego después de darle un trago a su media pinta-.Aquí los camareros parecen policías. Te fiscalizan lo que bebes. Te controlan. Sin importarles una mierda el dinero que te gastes. Y esto es caro de cojones. Te lo digo yo.
El chaval, en ese estado infernal entre el mono y la ebriedad que tan bien conocen los alcohólicos, se derrumbó en un asiento al fondo del bar, la mochila al hombro, rodeado de gente que trasegaba sus bebidas con más o menos prisa. Diego pidió, para mi sorpresa, otra cerveza, y cuando se la sirvieron –y cobraron en el acto- se levantó de su taburete y se acercó hasta el chaval, que era alto, fuerte, del tipo eslavo. Se inclinó hacia él y le dio la cerveza, y el chaval le dijo algo, mientras al encargado del bar, que no le quitaba el ojo de encima, le mudaba la expresión de la cara, que pasó de la mala leche al cabreo declarado. Pero yo sabía que Diego era capaz de darle dos hostias a la menor tontería. Si le recriminaba algo, el encargado iba a recibir, aunque luego se nos echase encima toda la puta policía del aeropuerto. Y había policía por todas partes. Cuando volvió y se sentó, dijo:
-Era lo menos que podía hacer, coño. No se puede tratar así a la gente. Y menos a un chaval que acaba de decirme que ha perdido el trabajo y la casa y vuelve a Polonia después de enterarse de que su madre ha muerto. Hay que ser hijo de puta para negarle una cerveza a alguien así. Como abra la boca me lo como- dijo mirando de soslayo al encargado.
Había en Diego –hombre pacífico donde los hubiere; nos conocíamos desde la época del instituto- como un exceso de vehemencia, un superavit de energía, de mala hostia, de nervio, que nunca le había conocido. Tenía el rostro encendido. Tal vez aquel país lo hubiera cambiado. Hacía como un año que no nos veíamos. Tenía más entradas en el pelo de las que yo le recordaba y había engordado. Me había dicho por teléfono que Irlanda era un país duro, pero hermoso, que había mucho trabajo, que Dublín nos iba a gustar a pesar del mal tiempo. La verdad es que en aquella época cualquier cosa era preferible a España, y a Merche y a mí nos daba igual vivir en un sitio que en otro, sin hijos como estábamos –ni ella ni yo éramos muy partidarios de seguir sembrando de mierda este mundo-, y no contaban para nada las inevitables recriminaciones familiares, catilinarias acerca de la necesidad de sentar la cabeza de modo fijo en algún sitio, cuando hasta el más idiota sabía que en España lo único fijo que había era la mala leche, la precariedad, el ahí te las den todas y el cinismo descarado de esos hijos de puta llamados empresarios, políticos, banqueros, que se habían cepillado alegremente a la supuesta gallina de los huevos de oro que hasta entonces había sido la burbuja inmobiliaria. Mi suegro Bartolomé se había pasado años diciéndome que trabajando para otros jamás llegaría a nada. Solía responderle, invariablemente y en tono cansino –era el más pesado del mundo- que por qué no me prestaba él algunas decenas de miles de euros para montar una constructora, ya que lo veía tan fácil. Y entonces era cuando el viejo, que tenía dos restaurantes y varios pisos en Madrid, se callaba como una puta. Al fin y al cabo, hablar le salía gratis. Lo suyo era mucho predicar y no dar ni un puto grano de trigo. Y eso lo tenía claro hasta su hija, que se había casado conmigo –un albañil- y a la que había explotado alegremente desde que cumplió los 16 años en el negocio familiar. El papi de los cojones. El gran magnate de las perdices escabechadas, la caldereta de rape y los cuchitriles en La Latina a precio de oro. Don Bartolomé Garrido, restaurador y rentista y fervoroso putero con preferencia por las “morenitas” en compañía de su gran amigo el comisario Luis López de Haro, a quien nadie tenía huevos de cobrarle el whisky –o los servicios prestados- en ningún puticlub de Madrid, hasta el punto de que decían que una banda de rusos se la tenía jurada.
Merche y María volvieron del servicio, y mi mujer me dijo que debían de haber sido los nervios. Nunca le había gustado volar. Apuramos las cervezas y nos fuimos en busca del coche de Diego bajo la llovizna que caía de un cielo uniformemente gris y plomizo en el que chillaban las gaviotas.



Cuatro meses después, yo regresaba de Blackrock en el Dart, ojeando distraídamente el Irish Independent –leía todo lo que caía en mis manos para intentar mejorar mi mediano nivel de inglés-. Había conseguido trabajo en unas obras en Carysfort Avenue y teníamos alquilada una casita en Pembroke Road, al sur de la ciudad, no lejos del Grand Canal: una calle larga, con edificios de ladrillo rojo y coloridos letreros de comercios y pubs, que se quedaba vacía como un cadáver a partir de las cinco de la tarde. Estábamos en noviembre y llovía y Merche no se acostumbraba al endiablado tiempo irlandés, que a mí me gustaba; tenía algo de exótica la exuberancia de verdes en los jardines, la proliferación de parques de la ciudad, en comparación con España. En casa, con la calefacción a tope, se estaba en la gloria. Ganaba tres mil quinientos euros al mes con la cuadrilla de un tal John Dignam, un campechano rubio, sanguíneo y gordo, natural de Carlow, que desde el primer día no paró de alabarme el buen gusto de los españoles en lo referente a la gastronomía. Se diría que cada vez que iba a España, con su mujer y sus tres hijos, se pasaba el día comiendo paella. Trabajábamos hiciese el tiempo que hiciese, forrados de chubasqueros la mayor parte de los días. En la cuadrilla había dos polacos y un italiano, Pazzi, que tocaba el violín en los pubs en su tiempo libre y echaba mucho de menos la comida italiana casera, a pesar de que Dublín estaba sembrado de restaurantes italianos. Diego y María vivían en Parnell Square, al norte del Liffey. Él seguía en la misma empresa de informática que lo contrató hacía casi tres años y ella daba clases de español en una academia de Grafton Street. Quedábamos los fines de semana para comer y luego nos íbamos a tomar algo en los pubs del barrio. La gente se agolpaba en las puertas, bajo la lluvia, fumando nerviosamente antes de volver a entrar y dedicarse a su bebida. Merche trabajaba en un restaurante de Exchequer Street y ganaba también un buen dinero. Los irlandeses parecían gente seria en lo que se refería al trabajo y los negocios. Eso sí, la vida era carísima. Había marcas de whisky más baratas que el aceite de oliva: todo se guisaba con grasa o aceites vegetales. El pescado era prohibitivo, aunque a veces nos íbamos a comer a Howth o a Sandycove, en la costa.
Comparada con la vida a salto de mata que habíamos llevado en España, con aquellos períodos de paro a los que me veía abocado de vez en cuando, cuando me apañaba haciendo alguna chapuza mientras Merche aguantaba como una loba sirviendo cafés y cervezas y tapas en la cafetería Pasarela y su madre no dejaba de llamar por teléfono –probablemente espoleada por el guasón de mi suegro, que querría informarse puntualmente del grado de ruina que nos atenazaba mientras se fumaba un Montecristo cómodamente arrellanado en el sillón-, Irlanda era una bendición. Llevábamos una existencia tranquila, anodina, en aquella casita de Pembroke Road, con nuestros amigos Diego y María como reconfortantes presencias los fines de semana. Con el tiempo, fuimos conociendo a otros españoles; era asombrosa, en realidad, la cantidad de paisanos que había por allí, desde estudiantes a empresarios. Pepe Barrera, abulense, tenía un restaurante en Parliament Street donde vendía paellas, mariscadas y sangría a precio de oro. El sitio se llamaba Barlovento. Juan Cereceda, poeta –“exiliado voluntario”, decía- daba clases en el Trinity College y se pasaba la vida brujuleando por las librerías, voluntariosamente, y traduciendo toda la poesía irlandesa que caía en sus manos, a pesar de que reconocer que aquello de la traducción era una tarea ímproba, teniendo en cuenta que en España no leía poesía ni Dios. Sonia, una barcelonesa de treinta y dos años, tocaba el arpa en la calle y daba clases particulares y decía que no quería volver a España ni con los pies por delante. “En un país donde una mujer no puede llegar a directora de orquesta por la sencilla razón de que no tiene una polla entre las piernas no tengo nada que hacer, no quiero saber nada, que se vayan a la mierda.” Una noche se emborrachó y tuvimos que llevárnosla a casa a dormir la mona y al día siguiente se levantó, temblorosa, y dijo algo así como que se iba a expiar sus pecados etílicos. Probablemente se metería en el primer pub que encontrase a endiñarse un whisky doble. Era una mujer divertidísima, ocurrente, con un punto de ironía insobornable. “Soy una directora de orquesta sin orquesta. Yo mismo soy mi propia orquesta. Qué cullons, ni yo misma me entiendo.”
Aquella tarde me bajé en la estación de Lansdowne Road y eché a andar por la calle desierta en dirección oeste. Tenía pegotes de yeso en la ropa y la lluvia arreciaba. Había tenido la vaga idea de comprarme un coche de segunda mano, pero la verdad era que nunca me habían gustado los coches, y de hecho, no tenía ni carnet de conducir, lo cual significaba, para mi suegro don Bartolomé Garrido, un síntoma más de que era un perfecto inútil, una nulidad, un despojo, morralla, y por lo tanto la sentencia era que su hija Merche estaba sentenciada a una vida de mierda. Yo no valía nada. Nunca había valido nada. Mi padre, que había muerto como quien dice al pie del andamio, con una pensión medio decente que no podía disfrutar por culpa de la diabetes, siempre me había dicho que mientras uno tenga dos manos y la espalda aguante, no había problema. Trabajaba incluso después de haberse jubilado: tirar un tabique por allí, levantar un tabique por allá, alicatar un cuarto de baño, forrar un tejado de tela asfáltica, lo que fuese. Mi madre siempre había estado orgullosa de él. A mí nadie me reprochó nunca el hecho de que no hubiera estudiado, porque todos en mi familia sabían, sencillamente, que a mí no me gustaba estudiar. No servía, y cuando uno no sirve para algo, sencillamente no sirve.
Cuando llegué a casa me quité la ropa sucia y empapada, me duché y me hice un té con leche. Me tumbé en el sofá, en zapatillas, y puse la tele; captaba bastante de lo que oía. Mi inglés iba mejorando; no me costaba mucho mantener una conversación utilizando frases de más de cuatro palabras. Merche no volvería hasta las once. No teníamos muchas cosas, nunca las habíamos tenido. Algunos libros, revistas, periódicos atrasados, fotos de familiares y amigos. Diego y María con cara de estar bastante más que achispados en una foto que sacamos en un pub de Howth. El salón no era muy grande, pero teníamos chimenea. Era de lo más normal en aquel país; los tejados de Dublín estaban sembrados de chimeneas de piedra, casi como una estampa típica. La lluvia caía con fuerza tras los cristales.
Es curioso el grado de lejanía con que llegan a percibirse las cosas cuando uno vive en otro país. Deja de afectarte el ambiente de crispación típico de ese desastre llamado España, aunque de alguna manera eches de menos ciertas cosas, como las calles llenas de vida durante todo el año, las tapas en los bares, tomar el sol tumbado en el césped junto al Guadalquivir; incluso echaba de menos las gilipolleces que se dedicaban los políticos en el Congreso, esa comedia de capullos encorbatados y señoras trajeadas que se dedican básicamente a no hacer nada, mande quien mande. Dublín era un sitio lluvioso y solitario, lleno de rincones magníficos, de pubs divertidos, de gente de todas partes, que no tenía nada que ver con Madrid o Sevilla. Yo había cumplido los treinta y cinco y no pensaba demasiado en el futuro. Al fin y al cabo, ¿qué es el futuro? ¿Pensar en cuánto dinero va a tener uno en el banco dentro de cinco, diez, quince, treinta años? ¿Calcular lo que te va a quedar de pensión? ¿Hipotecarse voluntariamente? Una de las cosas que más me gustaban de Merche era ese punto anarquista que la llevaba a decir “Se va a hipotecar su puta madre. Yo no trabajo para los bancos.”, a pesar de lo poco práctico que pudiera parecerle a mis suegros o a sus hermanas, que la consideraban un desastre, la oveja negra, la perdida de la familia, por haberse casado con un simple albañil. Claro que ahora el simple albañil ganaba más del doble de lo que sus maridos podían presumir que ganaban, y al fin y al cabo yo tenía la casa de mis padres en Sevilla. Y si alguna vez montaba una constructora por mi cuenta, sabía que me iban a freír a impuestos, que me iban a chupar la sangre hasta dejarme seco, como solía pasarle a todos los pequeños empresarios españoles.
Me quedé dormido antes de terminar mi taza de té, y cuando desperté, sobresaltado por algo que debió ser un trueno lejano sobre la bahía de Dublín, eran más de las diez de la noche. Me había dado una buena siesta; trabajábamos duro, y el cansancio se acumulaba día tras día. Seguía lloviendo, aunque con menos fuerza. Las farolas de Pembroke Road desprendían una luz escasa, fantasmagórica. La calle estaba en una absoluta y húmeda soledad. Merche ya debería haber vuelto. Encendí las luces. En el televisor, sin sonido, estaban dando una película de Will Smith. Llamé a mi mujer al móvil: nadie respondió. La sensación de soledad pareció adensarse de pronto, y tuve un mal presentimiento.
Me senté, tratando de no pensar demasiado, abstrayéndome en las imágenes de la pantalla, en un Will Smith que parecía estar haciendo el papel de un policía, o el de un chulo callejero. Un trueno retumbó en la distancia.
Las once y cuarto.
Insistí con el teléfono una docena de veces, pero nadie respondió. En cierto sentido, eso era más inquietante que comprobar que el teléfono pudiera estar apagado o fuera de cobertura, lo cual hubiera sido lo lógico de haber estado Merche en horas de trabajo. De cualquier modo, ella hubiera avisado si iba a llegar tarde. No era nada normal. Empecé a pensar lo peor: empecé a pensar en una bomba del IRA que hubiese estallado, en el teléfono de Merche tirado en un callejón bajo la lluvia, en un atraco junto a la parada del autobús. Pero el IRA ya no cometía atentados en aquella época, y menos aún en Dublín. Uno no vuela en pedazos a sus propios compatriotas –salvo ETA- cuando el enemigo está en la isla de al lado o en el norte del país.
Las doce menos veinte.
Las doce menos diez.
Las doce.
No tenía sentido –era muy tarde ya- coger un taxi hasta Exchequer Street; el restaurante ya estaría cerrado. No tenía el teléfono del dueño, un libanés, ni el de ninguna de las compañeras de Merche en el trabajo. Pensé en llamar a Diego, que ya estaría acostado, pero tampoco quería sobresaltar a mi amigo y a su mujer. Igual a Merche le había pasado algo en el restaurante, un accidente, una mala caída cargada con platos a la entrada de la cocina o por las escaleras de los servicios, cualquier cosa. Igual estaba en un hospital. El St. James, el Mater Misericordiae. Debía ser eso. Un accidente estúpido, y el teléfono olvidado en cualquier sitio. La cosa más racional del mundo. Pero también cabía la posibilidad de que algún estúpido hijo de puta drogadicto la hubiera asaltado al salir del restaurante para llegar a la parada del autobús y al no llevar ella dinero encima le hubiese endiñado un par de navajazos… No quería ni pensarlo, pero lo pensaba. Lo pensaba mientras la lluvia seguía cayendo tras las ventanas. La noche siempre es peligrosa en cualquier lugar del mundo.
La casa se me estaba viniendo encima. Me temblaban las manos. Una copa me hubiera venido de puta madre en aquel momento. O dos. Una botella entera de whisky, y quedarme dormido, y despertar con el cálido cuerpo de mi mujer al lado, su olor, sus cabellos castaños desparramados sobre la almohada, la luz de la mesita encendida, para comprobar que todo había sido un mal sueño, que en realidad estaba teniendo una pesadilla dormido en el sofá y estaba soñando que Merche no venía y eran ya más de las doce de la noche y me decía a mí mismo, machaconamente, la mirada perdida en las imágenes silenciosas del televisor, que Merche no venía.
Las una menos veinte.
Estaba asomado a la ventana, en un estado de ansiedad que había aniquilado por completo la más remota posibilidad de echarme un rato y quedarme dormido –tal vez la hipótesis del accidente en el restaurante fuese la más sensata al fin y al cabo, y Merche apareciera tarde o temprano con un brazo escayolado o algo así-, cuando vi que un coche de la Garda se detenía frente a nuestra puerta, y dos agentes uniformados de azul, con chubasqueros del mismo color, se bajaban de él.
Llamaron al timbre. Abrí. Preguntaron si yo era míster tal.
Efectivamente, había habido un accidente.
El restaurante donde trabajaba Merche –y media manzana de edificios- había volado en pedazos por culpa de un escape de gas.

1 comentario:

  1. La historia de este relato me ha dejado temblando, es terrible. Tu prosa es tan contundente, que cada palabra se percibe como un chicotazo sobre la realidad, sobre el mundo y sus miserias. Me gusta tu estilo desenfadado, la crítica pertinaz, el lenguaje sin maquillaje, todo. Me quedo en este blog.

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