sábado, 28 de noviembre de 2009

NOTAS A PIE DE PÁGINA



The basic fact about human existence is not that it is a tragedy,
but that it is a bore.

-HENRY MENCKEN-




He
dejado el trago duro
como se deja a una amante conflictiva
con la que cada orgasmo -y fueron muchos, y brutales-
era la antesala del infierno.
Ya no profano los neones idiotas de la noche
con sonetos a lo Baudelaire;
no me gusta lo que muestran los espejos
de los tigres
(en los que Borges no podía verse)
ni me atrae ya la dialéctica de las zorras con minifalda
a las que perseguía con la devoción
del que persigue a sus musas.
Qué novedad:
me estoy haciendo viejo.
Pero he cambiado el whisky por un búnker con grietas
por donde se me cuela la guardia civil, la realidad
con su tufo a juzgados, a dinero,
carnets de conducir, parientes gilipollas,
catetos que me señalan por la calle
diciendo
ahí va el Escritor, el Poeta,
como si esto de cagarse en Dios en cuatro idiomas
(mas uno que me invento sobre la marcha)
fuese un acontecimiento.

Mientras tanto,
ellos siguen recogiendo verdura en sus parcelas.
vendiendo muebles, revistas, cerveza, ladrillos, pintura,
accesorios, camisas a rayas, ideología barata,
bisutería,
follándose a una puta cada sábado en el pueblo de al lado
y desollando vivos a todos los vecinos
a sus espaldas.

C´est la vie.

Pero no hay libros de Cioran en la biblioteca.
Y es un hecho que añoro la vorágine,
que me la chupen a dúo en un hotel de Madrid,
los caminos rurales de las Alpujarras,
el fuego en la chimenea donde asábamos carne
y freíamos huevos y patatas a las
seis de la mañana mientras el vino
circulaba
como circula la sangre de la buena amistad,
Juanjo, Santiago, Christian, Francisco Blanco, toda
la rueda humana
que gira en mi memoria negra de bombardeos.
Nunca estuvimos tan vivos como entonces,
y a veces me pregunto
-pues no tengo constancia-
a qué casas de putas los habrán llevado sus pasos,
qué hipotecas, qué hijos, qué mujeres, qué sueños rotos
-y sospecho que son muchos-
los afligen.

Yo hace ya mucho tiempo
que decidí ser huérfano de hijos
en mi vejez, que decidí
no sacarme el carnet de conducir
ni volver a trabajar en hostelería
ni en nada que no fuese este campo de niebla
tan gratamente mío que es la literatura.
Veremos a dónde me lleva
este oficio de vagos perdularios y antisociales,
que decía mi abuela
y algún que otro fascista escribidor de discursos.
De momento, soy el referente literario
de mis perros,
la mancha humana de una familia
que nunca tuvo huevos de dormir bajo las estrellas
más que nada por una cuestión
de incomodidad. La calle
no es lo suyo. La calle
es para lucir modelitos
y coche nuevo, probidad social,
novios para las niñas
y la fachada de la casa.
Sobre todo la fachada de la casa.
Estos son los chupapollas que lo sancionan todo,
como cretinos de pueblo,
pero con estudios.

Ah, los estudios.

Mi hermana licenciada en sociología
teniendo que buscarse la vida como camarera.
Mi amigo Christian,
licenciado en Derecho,
trabajando a los cuarenta años como chico de los recados
para una caja de ahorros.
Dani Fernández,
licenciado en Arquitectura,
pelando cebollas en la cocina de un restaurante
de Palma de Mallorca.
Carolina, la dulce Carolina,
licenciada en Informática y capaz
de reventar la base de datos
del Banco Central Europeo,
pariendo hijos, bebiendo ginebra
a escondidas
y estrellada contra las paredes
de su casa
por un cabrón ex miembro del Opus Dei.
Y yo vigilado por la policía agropecuaria
del lugar donde resido:
igual se creen que soy traficante de drogas
porque trabajo desde casa
y tenemos Canal Plus.

Qué bonito.

Menos mal que, aunque en invierno
me duelan las rodillas,
aunque todo sea tedio fuera de estas paredes
y eche de menos los bosques de Irlanda,
las tabernas de Galway y Dublín
y el Pirineo navarro,
las noches de Madrid y de Sevilla
y hasta la Muy Excelentísima y Soplapollesca Universidad
de Granada,
me sobra material para escribir
y el azar aún no lo ha abolido todo
con un golpe de dados.

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