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martes, 14 de junio de 2011

LA NIEBLA DE DUBLÍN

Las gaviotas entienden mucho de barcos

y desperdicios,

como el respetable ciudadano de grandes almacenes

donde quemar sus sueños con tarjeta,

como el desposeído de cubos de basura

y cajeros automáticos propicios

mientras nieva sobre los tejados

de la buena gente que duerme o rumia sus cuitas

con la calefacción a tope.

Los poetas escriben sobre la inmisericordia de los espejos

y la trascendencia metafísica del ombligo.



Este Dublín infame del insomnio

velado por la Garda,

esta noche sin fin de hospitales y llovizna

y petaca en el bolsillo

y hambre y desconsuelo, este Dublín

de noches cerradas con apóstrofes de niebla

y parques tenebrosos tras las verjas de hierro

y nadie

donde chillan las gaviotas y el tiempo se detiene en cada bostezo

y la sangre que corre por las venas

es un rumor de sombras sin propósito.



Ni el recuerdo de tus manos me calienta.

Grafton Street es un desierto helado

de pubs cerrados y navajeros en cada esquina

que ofrecen cigarrillos

a la luz temulenta de farolas solitarias.

No hay esperanza, baldosa tras baldosa,

no hay esperanza ni refugio,

la noche es un folio en blanco quemado por la lluvia

mientras las gaviotas, que entienden mucho

de barcos

aguardan que amanezca entre las grúas del puerto

y el cadáver de una mujer flota Liffey abajo.

martes, 7 de junio de 2011

SO FAR AWAY FROM EVERYTHING

In memoriam Brendan Behan







Crepúsculos de sangre y plata huidiza, lentos fuegos,

bosques de violines encendidos,

venas llenas de niebla, alguien que canta

una vieja balada de amor

en gaélico, marineros muertos

en una noche de olas y relámpagos

y mujeres que esperan

en oscuras escolleras

donde rompe el Atlántico

con la piedad meticulosa

de los hijos de puta. Suenan flautas,

guitarras, un bodhrán.

Los hijos de Inismór

comparten los primeros

tragos de whisky, afuera

la lluvia tabalea

en su secreto idioma de húmedas soledades

por callejas de piedra.

El fuego de la chimenea

arranca oro del oro líquido de mi vaso.

Una camarera me sonríe.

Estoy tan lejos de casa

que nunca me he sentido más en casa

que aquí, entre estas gentes

rudas, parsimoniosas, amables

y capaces también

de ataques de furia tan sinceros

como los del Atlántico.

Es el confín occidental de Europa,

el confín de mí mismo, un viaje

que debí emprender hace

mucho tiempo. Las Islas Aran.

Aquí es donde un hombre

toma la medida de su soledad,

cara al viento que azota el rostro

en un estallido, una miríada

de rocío salvaje, de espuma marina

traída por un aire

como no he vuelto a sentir

en mi vida, afilado,

puro como un cuchillo, reluciente

como escamas de salmón fresco.

El viento canta en los brezales y turberas.

La costa de Connemara,

ribeteada de colinas verdes

más allá de la bahía de Galway

se pierde entre la bruma.

Aquí

un hombre se halla al filo

de sí mismo, al borde

de todos sus acantilados

interiores. Muy lejos

del omnipresente sol de la memez

que impera en el país de catetos crispados

del que provengo

y en cuya lengua escribo

sobre la vieja madera oscura

de esta mesa, acompañado

por las miradas curiosas

de los lugareños

y la sonrisa rubia de las camareras.



Podría ser feliz aquí,

como un marino errante.

No soy dado a nostalgias de ningún sur lejano

y siempre me he sentido como en casa

dentro de mi piel, con un

whisky al alcance de la mano, sin familia,

con la madera crepitante en la chimenea cercana

como una tumultuosa flor de fuego

en mi corazón, ya más cansado que perplejo.

Hace mucho que perdí

-como perdí la juventud-

a quien pudo ser el amor de mi vida.

Mis pasos me han llevado

mucho más lejos de lo que planeé.

Mucho más allá

de las lágrimas.

Recuerdos entrañables

volando como chispas, como humo,

por el cañón de la chimenea

y afuera sopla un viento que se lo lleva todo

en un turbión de niebla y lluvia amarga.



El gaélico suena tan dulce y cadencioso

como una flauta perdida en la espesura. Hay

aplausos

cuando el cantante de mediana edad

que sostiene una jarra de stout

en la mano

da las gracias y se sienta

en la barra. Why don´t you

join us?,

me preguntan desde una mesa

cercana.

Está cayendo la noche sobre la isla,

hay unos ojos verdes como un bosque de Kerry

que me miran sonrientes, plácidos,

puros como esmeraldas,

y de pronto me invade la emoción

nítida como una ola en una noche de relámpagos

y océanos tormentosos

del hombre al que le ofrecen, solitario en un rincón

del pub,

la pura lumbre de la compañía humana

hombres que saben

lo que es estar lejos de su tierra,

en la amargura del exilio o la persecución

o el hambre que fuerza a buscar

nuevos, remotos horizontes.



Todos mis exilios son más bien interiores.

Pero sonrío, me levanto,

me uno a ellos, pido

una ronda para todos

y brindo a la salud

de los recios hijos de Irlanda

con una rosa de fuego en el corazón,

con una rosa de hielo en el corazón,

con una rosa de lágrimas

en el corazón.





Islas Aran, agosto de 2007

martes, 12 de abril de 2011

HAVE YOU EVER SEEN THE RAIN?

Pero ellos y yo sabemos
que el cielo tiene el color de la infancia muerta.

-ALEJANDRA PIZARNIK-






Paralizado.
Con los ojos hinchados como el vientre
de una muerta embarazada
mientras afuera la lluvia cae y se arremolina
y golpea los cristales
como las letanías del fracaso.
Paralizado mientras las manos tiemblan
hasta el punto de no poder asir
el bolígrafo, el dolor es
lento como ginebra destilada
gota a gota,
la locura acecha como una sonrisa
y el cielo es el osario gris
de todos los porqués, de todos los cuándos,
de todos los cómos.

Paralizado
al borde de la página
y su blancura burlona
a las ocho de la mañana, el asco
como un lago inundado de peces muertos.

La vida es un quedarse sin tabaco,
una mujer que no llama
porque anda chupando pollas
las sórdidas sombras de algún club,
la sierra oxidada del ladrido de los perros
trizándote los nervios
cuando estás débil hasta para mirarte al espejo,
el coraje que falla a la hora de las hogueras,
una biblioteca cerrada por reformas.
Paralizado en una agonía de ropas
semimugrientas, en un desfile
de sonetos absurdos, en el dejá vu
del mañana. Y a esto hay

cretinos
que lo llaman romanticismo, o
malditismo. Mierda.
(Cómo no comprender a Roger Wolfe
cuando estrella botellas de cerveza
contra las paredes)

La niebla cubriendo el secarral
campos que rodean
este pueblo de locos, metáfora o resumen
de España.
(Tenía razón Luis Cernuda.
Tenía razón Lorca. Y Luis Rosales también.
Dylan Thomas era un profeta.
Scott Fitgerald hubiera suscrito
punto por punto
que el asco es una laguna inundada de peces muertos
y el cielo el osario de todos
los porqués, de todos los cómos,
de todos los cuándos.
Leopoldo Mª Panero aullando en una
calle solitaria bajo farolas de luz pálida, soñando con
infinitas cocacolas,
José Hierro ciego de anís,
tosiendo, fumando, tosiendo.
Quevedo irreverente y lameculos.
Borges y sus matemáticas del delirio.

Todo ya por escrito, pero el miedo es
el tuyo,
la soledad la tuya, el asco el tuyo,
la lluvia en las ventanas
con su legado de diamantes muertos,
las campanas lejanas del pasado,
la hiedra de la infancia
y los gusanos de la adolescencia.

Desvaríos, dicen los críticos
abonados por el estiércol y con el culo en pompa.
Pero qué cojones me importan a mí
los críticos.
Qué cojones me importa a mí nada
en un momento dado,
salvo la luz milagrosa de unos ojos negros
o una cabellera rubia como el trigo de Kent
o la pedrería inenarrable
de los ojos azulverdosos de esa musa
a la que hoy se folla cualquiera
a cambio de unos mendrugos
de tranquilidad.

La vida es un quedarse sin tabaco,
no saber qué hacer cuando la fatiga
venza a esta mano que escribe
sin rumbo entre la niebla,
el coraje que falla a la hora de incendiarlo todo.
La vida son esputos de ginebra barata
en el rostro
de una esperanza
hace tiempo vendida en almoneda.

Paralizado.
Como un loco en batín
jugando a demiurgo desde hace años.

Pero eso es lo que eres.
Lo que no eres es aún peor,
peor que peces pudriéndose en un lago
bajo la niebla
o la ginebra sorda de la lluvia
golpeando las ventanas,
erosionando las torres de pasado,
deshojando las rosas de la infancia,
desventrando con sus lentos cuchillos
aquella luz lejana de unos ojos
mientras el viento aúlla entre árboles quemados
y alguien corta la calle
para que puedan circular
las procesiones.

Paralizado.
El subconsciente excretando diarrea.
(Y ginebra escupida
contra el rostro venal de la esperanza)

Écija, marzo de 2007

viernes, 8 de abril de 2011

TALBOT STREET

A qué puerto he venido a dar con mis huesos;
esta niebla solemne como un sacerdote
levantando un copón de plata repujada
en calles de tranvías y rostros esquinados,
con la llovizna lenta como el violín tañido
por el músico de boina de negra de la esquina,
insistente, insistente como el viento
y las sirenas distantes de los ferries.

Dublín. Estoy solo como una jarra de stout
sobre la barra del pub
en honor del amigo ausente
al que se dio sepultura hace dos días.
Frente al Café Kylemore
la estatua de James Joyce, criando moho
como sus obras en las bibliotecas.
Dicen que aquí el verano es corto
como las entendederas de un campesino
del condado de Kerry.
Pero qué sabrán ellos.
Voy a tocar la guitarra en esa esquina
mientras las multitudes se apresuran,
sin esperar piedad.
Y ojalá que el sol brille en mis monedas.

viernes, 11 de junio de 2010

DUBLÍN

Apurada sea la noche de las botellas en el alto maderamen de la tentación

- PAUL CELAN-



Ships that pass in the night, and speak each other in passing;
Only a signal shown, and a distant voice in the darkness.
So on the ocean of life, we pass and speak one another;
Only a look and a voice, the darkness again, and silence

-HENRY W. LONGFELLOW-




1


Las sirenas de los barcos atronaban desde el puerto
y las luces a lo lejos eran como las luces
de un oasis inalcanzable
el cielo era como el ojo de una tormenta
las flores en los parques trasudaban
el licor negro del insomnio
y el Liffey era como el Leteo partiendo mi alma en dos

yo era una sombra andrajosa que se moría de sueño
errando por Eccles Street Dorset Street Lower
Temple Street Hill Street Parnell Street
entre casa bajas de piedra rojiza y jardines agostados
o viviendas de un estilo georgiano pretencioso
y no sabía donde estaba la biblioteca pública
después de pasar la noche en una silla de ruedas en la sala de observación
del Mater Misericordiae Hospital
oyendo gritar a una vieja enganchada a una bombona de oxígeno
que quería un cigarrillo un cigarrillo un cigarrillo por favor

fuera de la sala de espera por la que tuve que pasar
había un cenicero abarrotado
del que yo recogía colillas a medio fumar
en una especie de patio rodeado de lúgubres edificios de oficinas
mientras un drogadicto en pleno mono le gritaba a los guardias de seguridad
y una mujer de rostro abotargado que olía a queso rancio
dormitaba en las sillas de plástico
aquellas sillas de plástico
que tenían mucho de potro de tortura
con una incomodidad estudiada
como si el horror de estar en un hospital
de arquitectura diabólica
no fuese suficiente

las noches más largas del mundo
en la ciudad de Brendan Behan y Joyce
Dublín norte
no había habitaciones libres en ninguna parte
las calles eran un hervidero
la sinfonía chirriante de las gaviotas sobre los altos edificios
del Burgh Quay
el traqueteo del tren elevado sobre el río
todas las entradas de las casas tenían verjas con punta de lanza
casitas blancas inmaculadas de estilo georgiano
junto al río ondeaban las banderas multicolores
de todos los condados de Irlanda
y yo me lavaba la cabeza cagaba me peinaba
en los sótanos de la estación de autobuses de Store Street
a cuyas puertas siempre había gente pidiendo
pidiendo algo de cambio
pidiendo cigarrillos
pidiendo milagros
pidiendo cualquier cosa
Talbot Street era un hervidero de bares polacos
y en un pequeño pub de Sean MacDermott Street
junto a la tumba del Venerable Matt Talbot
pedí una cerveza y me la sirvieron a regañadientes
(había unos músicos tocando el fiddle)
porque tal vez pensaron que yo era norirlandés

vivía en un estado de estupor permanente
y con un puñado de poemas escritos en inglés en el bolsillo
aunque encontré gente amistosa

en un pub llamado Kate´s Cottage
un calvo bizco con gafas que olía a sudor
llamado Michael
me ofreció su casa para dormir (“sólo por una noche”, dijo)
y caminamos hasta Poplar Row
un grupo de apartamentuchos frente a Fairwiew Park
cruzando el Royal Canal de aguas limosas
y hablamos durante horas en su apartamento
barato
tenía un perro al que debí caerle bien
(“eso no es muy usual”, dijo Michael)
y bebimos té y dormí en su sofá
y afuera quedó la noche de un Dublín enigmático
bajo las estrellas nórdicas de Irlanda

al día siguiente sacamos al perro a pasear por Fairwiew Park
y me empapé de barro los zapatos en el césped inundado de rocío
más verde que he visto en mi vida

luego nos despedimos y nunca volví a saber nada
de aquel hombre generoso feo calvo bizco y
solitario
que me salvó la vida

yo apenas tenía dinero en metálico
pero llevaba una Visa sin fondos
que funcionaba en los datáfonos de algunos sitios y en otros no
pedía cambio en algunos sitios para tabaco
y decía que me pasaran la tarjeta
y de vez en cuando yendo de un sitio a otro obtenía bastantes monedas
una vez me junté con más de doscientos cincuenta euros en calderilla
nunca me faltó la comida
en sitios como Doyle´s (Fleet Street)
y cada día era como un viaje de exploración

no tenía donde darme una ducha
pero en un restaurante libanés de Parliament Street
que hallé por casualidad
me comí los langostinos más grandes que he visto en mi vida
mientras una chica rubia de ojos azules
una auténtica jaquetona irlandesa de tetas enormes
me ofrecía el espectáculo de la danza del vientre
en un revuelo de sedas y lentejuelas

yo bebía dobles de Jameson y comía langostinos
y fue cliente asiduo durante bastantes días
era un refugio tranquilo donde mi tarjeta funcionaba
casi estuve a punto de pedir trabajo allí
al fin y al cabo mi idea había sido
quedarme en Irlanda una buena temporada
Junto al puente de O´Connell le regalé un paquete
de tabaco a un mendigo barbudo
que no hablaba pero al menos me dio las gracias
con una inclinación de cabeza
me interné por las callejuelas de Temple Bar y estuve escuchando a una chica que tocaba a Vivaldi en su violín
y cuando me acerqué para darle un billete de diez euros
descubrí que era de Tenerife
y los dos nos reímos
y quise invitarla a tomar algo pero me dijo
que no que tenía que irse

lástima

pero el Temple Bar siempre estaba lleno de españoles
e invité y fui invitado a muchas cervezas
encontré a unos estudiantes de Cádiz con los que acabé la noche
en un night club bastante canalla de Crown Alley cercano al río
pero allí mi tarjeta no funcionaba y tuvieron
que pagar ellos. Yo ya había pagado tres o cuatro o cinco rondas
en otro sitio
y me dijeron
no te preocupes pisha
creo que estudiaban en el Trinity College
unos chavales simpáticos
y como dicen algunos ingleses de los españoles
con todo el sol del mundo
en la mirada

pero no creo que hubieran entendido mi situación
porque al fin y al cabo ni yo mismo la entendía
Dublín no es un buen lugar para andar solo
y sin dinero
y en toda gran ciudad hay calles peligrosas de noche
barrios sin esperanza ni misericordia
como en cualquier otro lugar
barrios donde cada sombra oculta una amenaza

pero lo peor era el insomnio
un insomnio tenaz
espeso como la tierra húmeda de los cementerios
rugiente como el mar de Irlanda
sólo el whisky me mantenía despierto
FUCK OFF GOD
REMEMBER 1916
Rezaban los grafittis en calles recónditas
y en un pub que no recuerdo un viejo con
boina me dijo
Si el odio pudiera embotellarse y venderse
(a su hijo lo mató un soldado británico en una calle de Belfast)
Irlanda sería el país más rico de Europa
y ríete tú de la familia Guinness

el insomnio me hacía ver las flores de la muerte
creciendo entre la espesa niebla que me rodeaba
una noche me crucé con un chaval llamado Paul Robb
yo iba con la mochila a cuestas por una de las calles cercanas al Liffey
y nos paramos a hablar, fumamos
le conté lo que me pasaba
y me invitó a su casa en Blackrock
un interminable trayecto en taxi por calles
borrosas
y luego una casa confortable aunque desordenada
con jardín trasero (llovía esa noche)
y nos dedicamos a oír música y
a beber cerveza
me dijo que era músico
yo le dije soy escritor
y congeniamos y nos reímos y al amanecer
nos fuimos a ver el mar desde la rocosa playa
cercana a su casa
al otro lado del horizonte debía estar la costa de Gales
cerca de nosotros había una estación del DART
completamente desierta
con las vías del tren perdiéndose en la oscuridad
crecientemente desleída por la luz ensangrentada del amanecer

cuando volvimos a casa muertos de sueño
me preguntó “¿no serás gay?”
y con una sonrisa floja le respondí “no, hombre,
a mí lo que me gusta son las mujeres.”
de modo que se fue a su habitación
(llevándose su ordenador portátil)
y yo me fabriqué una cama con los cojines
del sofá
en el suelo
y caí en un sueño de plomo

al día siguiente me desperté, dudé,
cogí una cerveza de la nevera
y el resto de mi petaca de whisky
y me senté en el jardín húmedo de lluvia en una pequeña mesita de hierro
había un abeto enorme junto a un muro
de hiedra, flores
y, como se dice en inglés “I got fixed”
mientras disfrutaba de unos momentos de paz
melancólica
tan sólo comparables a ciertos pasajes de
música celta
que he tenido el privilegio de oír

(no echaba de menos España
de hecho casi nunca pensaba en España
siempre preferí la lluvia y la tranquilidad
al sol y la crispación
en Irlanda puede que la gente acabe a hostia limpia
pero al menos no grita en los bares
sólo por el gusto de ver quién tiene más
carácter
o más mala leche
allí la gente va a los pubs a comunicarse y a escuchar o tocar música
y no a porfiar por imponer sus opiniones baratas a su interlocutor)





2


Yo tenía un amigo de Burnley, Lancashire
llamado Andy
era profesor de inglés en Écija
(ese agujero infecto)
pero sobre todo era un hombre
al que la bebida
le había destrozado la existencia
perdió a su mujer y perdió trabajos
lo acogí en mi casa como a un hermano
nos bebimos juntos media España
nos follamos incluso a la misma mujer
en Capileira
-una inglesa de nombre Jessica que trabajaba de guía turística-
en dos noches consecutivas
(yo fui el primero)
y un año después
soslayando otras muchas anécdotas
dignas de mayor enjundia literaria
acabó diciendo que todos los españoles
éramos unos cabrones

confieso que ese día casi se me necrosó
la anglofilia hacia la que siempre
me he sentido inclinado

puede que España en conjunto sea una puta mierda
pero es mi país
y lo amo con toda mi mala leche

cuando regresé de Irlanda
hecho un despojo humano
y con caspa de un mes en la cabeza
me dijo: “Ya veo que has triunfado.”

Es el único inglés que he conocido
que hablaba un español perfecto
compartíamos la pasión por los libros
-Orwell, Dylan Thomas-
y la música
y la cerveza
íntimamente se consideraba un fracasado
y en ocasiones no tenía ni la presencia de
ánimo
para hablar con su padre por teléfono
aunque iba a verlo a Burnley por navidad
era un cínico alegre con cara de tristeza
que odiaba a muerte aquel agujero de catetos
donde solían llamarlo “El Inglé”
(en ningún otro sitio he podido verificar personalmente
aquel aserto de Thomas Bernhard
de que los pueblos son la estupidez en mangas de camisa)
pero tampoco hacía nada por salir de allí

a mí me ponía verde
a mis espaldas
pero luego decía que era la única persona
con la que podía hablar

puro pragmatismo anglosajón

era propenso a pegar puñetazos en las paredes
para calmar los nervios
y claro
acababa poniéndonos a todos nerviosos

también daba largos paseos por los alrededores
parecidos a desmontes sembrados de basura
que circundan Écija

ponía música a toda hostia a las 4 de la mañana
y nuestra vecina de abajo era sorda
pero nosotros no

así que una noche
tras insultarnos a mi padre y a mí
la policía lo conminó la largarse
y eso después de tener que decirle que
al menos
se pusiera los pantalones

“¿Todos los sevillanos son igual de hipócritas?”,
le espetó a unos de los policías
con pretendida ironía inglesa

y no le partieron la cara de milagro



3


pero yo andaba por Dublín como por una galería de espejos rotos
de sótanos sucios atiborrados de latas de sidra y cerveza y basura
de grandes almacenes –Dunne´s, Jervis, Ilac Shopping Center,
Stephen´s Green Shopping Center, Moore Street Mall-
abarrotados de gente entrando y saliendo
de vendedores callejeros
pubs
barberías
en la gozosa vorágine de perderse en una ciudad desconocida
sin saber a qué calle te conducirá esa calle
o ésa otra
leyendo los letreros en inglés y gaélico
(Capel Street/ Capel Sráid)
en algún momento de aquellos días me agencié un mapa
que aún conservo
y seguía nadando en océanos de Guinness y whisky Jameson
en los pubs donde mi tarjeta era aceptada

leyendo en alguna parte el Irish Independent
supe de escándalos de abuso de menores en una colegio de curas del condado de Cork
de modelos anoréxicas que contaban su testimonio
y echaban de menos el estofado irlandés de la abuela
que la compañía Aer Lingus cancelaba todos sus vuelos al aeropuerto de Shannon
y que la Iglesia de Irlanda se oponía tajantemente

supuse que debían ser accionistas

no sé qué clase de iluminación andaba buscando
pero encontré océanos luminosos de inspiración
aunque esos días no recuerdo haber escrito ni una sola palabra
las aguas oscuras del Liffey me daban miedo
como una prefiguración de la muerte

encontré una librería cerca del Trinity College
en Dame Street
(cerca había un bar del que me echaron
cuando pedí el 5º Jameson doble
argumentando “You had enough”, algo
a lo que son muy dados en Dublín,
por lo visto. Curiosa mezcla en un país puritano
donde se bebe a matacaballo desde las once de la mañana)
en la que pregunté por las obras completas
de William Butler Yeats
un tocho adorable. No era caro
pero yo no tenía dinero en metálico para pagarlo
y no me fiaba de la tarjeta

podían habérmela retenido en cualquier momento
y entonces sí que hubiera estado perdido

Dublín era una ciudad hermosa y sórdida
dinámica y solitaria por las noches
laberíntica
calles interminables que llevaban a barrios desconocidos
nunca me alejaba demasiado del centro
por si acaso
el Liffey me servía como punto de referencia
las mujeres no se fijaban mucho en mí
un vagabundo barbudo con mochila al hombro
aunque bien vestido
y siempre o casi siempre con una copa en la mano

si hubiese conocido a alguna tal vez mi
suerte
hubiese sido otra
al fin y al cabo Irlanda ama a los poetas
o eso dicen
y yo no era un turista típico
ni siquiera era un turista
era más bien como una sombra fugitiva de sí misma
con los pies destrozados
de tanto andar

el Dublín que vi era muy diferente al de los prospectos
para turistas
se parecía más al que debió ver Brendan Behan
o Joyce cuando se arrastraba por estas calles
pobre como una rata
y resentido contra una ciudad de tenderos hipócritas
y católicos miserables
bajo la férula inglesa

nunca vi el famoso Dublin´s Castle
ni la catedral de San Patricio
pero sí a jóvenes furiosos
bebiendo latas de cerveza por la calle
en una ciudad donde está prohibido beber en público
y fumar en los pubs

qué obsesión con el tabaco

las calles estaban alfombradas de colillas
eran un auténtico mosaico de colillas
había montañas de colillas en los ceniceros públicos
(y gente recogiéndolas; yo mismo lo hice)

pero los jardines eran tan hermosos
Phoenix Park (el más grande de Europa)
era como un bosque

luego supe que allí tiene su residencia
el presidente de la República

madrugadas de vidrio neblinoso y llovizna
peleas de borrachos en Temple Bar
calderilla en los bolsillos del pantalón
despedidas de soltero
de gente que venía desde Inglaterra
para desmadrarse allí

y nunca volví a ver a la joven violinista de Tenerife
que tocaba a Vivaldi
como
los
ángeles

miércoles, 9 de junio de 2010

AFTERHOURS AFTERGLOW AFTER ALL

Tantos años después, y aún hay noches asperjadas con el fulgor distante de la estrellas que me recuerdan la música infinita de tus ojos tan negros muy abiertos mirándome arrebolada aún por el placer en aquellas tardes de pensión por el centro de Madrid en una luz de sábanas revueltas bragas olvidadas y cigarrillos fumados a medias y espejos sobre el lavabo donde nos contemplábamos desnudos como el futuro,



tanta lluvia caída años arrastrados como eslabones de lenta miseria y peleas contra la estupidez circunstante y ahora se me aparecen de pronto los otoños de seda de tu piel bajo mis labios el manantial cobrizo de tu melena despeinada días como una eternidad húmeda de lenguas dedos sexos semen frío el tráfico enloquecido por aquellas calles que apenas sí veíamos cuando íbamos en busca de algún bar donde comprar tabaco,



tantos años, y qué extraño es el amor. Cómo se vuelve intransitivo, conservado en la memoria como una gema preciosa con un brillo afilado de celos irresueltos,



guitarras papeles viejos poemas salpicados de citas de Shakespeare y Neruda,



de Robert Browning y Hölderlin viento mío



íntima brisa insomne que agita estas cortinas en la tarde







Qué extraño es el amor tras tanto tiempo a pesar del cansancio de los mil platos rotos de la vida de tantos desastres con nombre de mujer que nunca suplantaron la definitiva catástrofe el puro caos de tu inteligencia viva y un tanto perversa el recuerdo de tu cuerpo y su perfecto insulto a la mediocridad dónde



estarás ahora



en este tiempo de tormentas de puro tedio



en este soledad cuajada de guitarras en la que de pronto te rescata de entre las olas una balada de Joaquín Sabina



como un puñal de hielo o de ternura







Entretanto aquí sigo



tratando de que no me sodomicen al margen de los márgenes y arrancándole al mundo tres monedas que me defiendan del ruido y la furia de la necedad globalizada de prebostes profetas marionetas líricos de pesebre



y críticos de comedero perruno Sobreviviendo



al cabo



entre lápidas de amigos



bajo la lluvia insana que tabalea en las sombras



u oscurece agrisa como ceniza húmeda la luz de las mañanas con su sonrisa herida de huérfano irredento Aquí sigo



cincelando palabras en el sórdido mármol de las madrugadas con mi mano derecha El mundo sangra mierda enlagrimada



y pasan gilipollas con moto a escape libre y vendedores de jamón robado y curas sodomitas -qué novedad Mon Dieu



Con murallas de hielo



en una luz de plata estremecida



con chorizo y garbanzos y la humildad de un tinto con olivas aquí sigo



deseando que la vida no devore hasta el hueso a la mujer magnífica que fuiste



Laura



que no te empoce la existencia en una espesura de neurosis y que sea clemente en tus cabellos la flor de los almendros de los valles



de la mediana edad hacia la que vamos







Sigue maravillosa sigue siendo tú misma a pesar de la nieve y del barro y las huellas y los chantajes tristes



y el conformismo con hedor a derrota



dondequiera que estés.



Te amaré siempre.



Te amaré en el recuerdo como lentísima ola que renace y deja en las arenas testimonio y su eco espumeante muerte y vida dolor viejo



y música discreta



como gorjeo de pájaros nocturnos



Te amaré siempre



porque nunca he sabido amarte de otro modo



porque el olvido es una casa vieja en la que hace ya años que no habito porque no sé querer de otra manera



y los años me han hecho solamente reafianzarme en el fuego en las perspectivas



en la cercanía de tu voz el olor de tu piel



que aviva los recuerdos de aquella juventud enloquecida gloriosa insomne



ahíta de kilómetros y de whisky barato



en la que tal vez ambos fuimos lo mejor que hemos sido

lunes, 25 de enero de 2010

LENTAS SE VAN LAS LUCES

Para Kela y Amelia




Lentas se van las luces; es demasiado tarde
para una última copa a la salud del sol,
hundido entre grisalla en un cielo que arde,
eterno ejecutante de un monótono rol.

Se van lentas las luces como sangra la herida
en el brazo yaciente de un guerrero postrado,
lentas como metralla en senda retorcida,
lentas como la vida cuando el vals se ha acabado.

Lentas sobre espadañas donde tanta cigüeña
tiene su nido al viento que arrulla a la ciudad
se derraman las luces sobre el risco y la peña,
sobre el río que fluye en sombra y soledad.

Lentas como hojarasca al pie de ese viajero
que cruza los otoños lentamente incendiados
por la soflama insomne del verano postrero
donde ríe la muerte mientras juega a los dados.

Se van las luces sobre las curvas callejuelas,
arrancando oro póstumo a las paredes blancas
de las casas en cuyas puertas barren abuelas
que vieron a los suyos "paseados" por barrancas.

Sobre el mar y sus rocas y sus acantilados
donde rugen las olas y chillan las gaviotas
se van las luces lentas, íntimas como fados,
o como una sonata que se derrama en notas.

Se van sobre las playas solitarias hoy día
donde en noches de luna tú y yo nos desvelamos,
se van sobre los sueños y la melancolía,
se van como nos fuimos todos los que te amamos.

Se van de los salones de escarcha y pedrería
donde no se oyen danzas y sólo las arañas
polvorientas y tristes como bisutería
muestran su decadencia de colgantes entrañas.

Se van en un incendio atrapado en tus ojos,
en la melancolía caliente de tu piel,
en la deflagración de añiles y de rojos
que atrapará en su nube la tarde dulce y cruel.

Se van como la niebla entre torres de piedra
a orillas de algún lago de plata detenida;
fluyen sobre el tapiz húmedo de la hiedra,
sobre el césped dormido como un arpa dormida.

Se van como las notas de anónimas guitarras
que enlazan lentamente una voz de mujer;
se van como la nieve sobre las Alpujarras,
se van como se fueron las sendas del ayer.

Se van pero regresan del reino de la noche
como el amor retorna de su peregrinaje;
regresan, sí, las luces, como un vital derroche
para iniciar de nuevo su circular viaje.


Capileira, septiembre de 2005

viernes, 22 de enero de 2010

NO HAY MÚSICA

Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece,
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía

-FRANCISCO DE QUEVEDO-




Yo no sé
por qué no has dejado
ninguna huella dolorosa
en mis páginas,
ninguna oda nostálgica
al ruiseñor de esquina que sin duda eres
-con perdón de Keats-
o un soneto de amor nada oscuro
-con la venia de Lorca y de mi cuenta nada corriente-.
No hay música.
No hay nada.
No hay incendios de otoño en estos bosques
ni líricos riachuelos
de ginebra o de plata.

No sé
qué cualidad difusa
tienen las sombras o las oquedades
donde tal vez otro
hubiera rendido unas palabras
al vacío de tu ausencia.
A mí me suda la polla, 
la vida sigue siendo
tendenciosamente mediocre
de piel para afuera, y el vacío, en el mejor
de los casos,
tiene un regusto como de náusea cumplida. Es lo que hay.

No hay música.
No hay nada,
no hay escarcha invernal en los jardines
ni líricos riachuelos
de ginebra o de plata.


Ni siquiera el dolor
como un rescoldo;
sólo facturas viejas y cansancio
y una aburrida sensación de estafa.

 









 

domingo, 20 de diciembre de 2009

HAVE YOU EVER SEEN THE RAIN?

Pero ellos y yo sabemos
que el cielo tiene el color de la infancia muerta.

-ALEJANDRA PIZARNIK- 






Paralizado.
Con los ojos hinchados como el vientre
de una muerta embarazada
mientras afuera la lluvia cae y se arremolina
y golpea los cristales
como las letanías del fracaso.
Paralizado mientras las manos tiemblan
hasta el punto de no poder asir
el bolígrafo, el dolor es
lento como ginebra destilada
gota a gota, 
la locura acecha como una sonrisa
y el cielo es el osario gris
de todos los porqués, de todos los cuándos,
de todos los cómos.

                                    Paralizado
al borde de la página
y su blancura burlona
a las ocho de la mañana, el asco
como un lago inundado de peces muertos.

La vida es un quedarse sin tabaco, 
una mujer que no llama
porque anda chupando pollas
las sórdidas sombras de algún club,
la sierra oxidada del ladrido de los perros
trizándote los nervios
cuando estás débil hasta para mirarte al espejo,
el coraje que falla a la hora de las hogueras,
una biblioteca cerrada por reformas.
Paralizado en una agonía de ropas
semimugrientas, en un desfile
de sonetos absurdos, en el dejá vu
del mañana. Y a esto hay

cretinos
que lo llaman romanticismo, o
malditismo. Mierda.
(Cómo no comprender a Roger Wolfe
cuando estrella botellas de cerveza
contra las paredes)

La niebla cubriendo el secarral
campos que rodean
este pueblo de locos, metáfora o resumen
de España.
                     (Tenía razón Luis Cernuda.
Tenía razón Lorca. Y Luis Rosales también.
Dylan Thomas era un profeta.
Scott Fitgerald hubiera suscrito
punto por punto
que el asco es una laguna inundada de peces muertos
y el cielo el osario de todos
los porqués, de todos los cómos,
de todos los cuándos.
Leopoldo Mª Panero aullando en una
calle solitaria bajo farolas de luz pálida, soñando con
infinitas cocacolas,
                                  José Hierro ciego de anís,
tosiendo, fumando, tosiendo.
Quevedo irreverente y lameculos.
Borges y sus matemáticas del delirio.

Todo ya por escrito, pero el miedo es
el tuyo,
la soledad la tuya, el asco el tuyo,
la lluvia en las ventanas
con su legado de diamantes muertos,
las campanas lejanas del pasado,
la hiedra de la infancia
y los gusanos de la adolescencia.

Desvaríos, dicen los críticos
abonados por el estiércol y con el culo en pompa.
Pero qué cojones me importan a mí
los críticos.
Qué cojones me importa a mí nada
en un momento dado,
salvo la luz milagrosa de unos ojos negros
o una cabellera rubia como el trigo de Kent
o la pedrería inenarrable
de los ojos azulverdosos de esa musa
a la que hoy se folla cualquiera
a cambio de unos mendrugos
de tranquilidad.

La vida es un quedarse sin tabaco,
no saber qué hacer cuando la fatiga
venza a esta mano que escribe
sin rumbo entre la niebla,
el coraje que falla a la hora de incendiarlo todo.
La vida son esputos de ginebra barata
en el rostro
de una esperanza
hace tiempo vendida en almoneda.

Paralizado.
Como un loco en batín
jugando a demiurgo desde hace años.

Pero eso es lo que eres.
Lo que no eres es aún peor,
peor que peces pudriéndose en un lago
bajo la niebla
o la ginebra sorda de la lluvia
golpeando las ventanas,
erosionando las torres de pasado,
deshojando las rosas de la infancia,
desventrando con sus lentos cuchillos
aquella luz lejana de unos ojos
mientras el viento aúlla entre árboles quemados
y alguien corta la calle
para que puedan circular
las procesiones.

Paralizado.
                    El subconsciente excretando diarrea.
(Y ginebra escupida
contra el rostro venal de la esperanza)

                              Écija, marzo de 2007
  

viernes, 11 de diciembre de 2009

TRISTEZA Y GLORIA DEL MAR



This is the sadness of the sea

-WILLIAM CARLOS WILLIAMS-





En la luz ancestral, en roca viva,
bajo el plomo feraz del horizonte
donde se alza una torre desolada
y anidan las gaviotas, donde el viento
impone sus arpegios de metralla filosa
y el mar escupe algún que otro esqueleto
entre algas de sombra,

en el amanecer de nieve y sangre
sobre el bosque dormido,
con un sol ofuscado por el acero blando
y errante de las nubes, en el amanecer
gorjeante de frondas y rocío,
en la niebla y los ecos del silencio,
en la ceniza lenta de la aurora,
en la plata versátil del insomnio,

en el fuego como un interrogante
se pasean mis manos por tu cuerpo,
territorio de luz reconcentrada, de deslizan
mis dedos por tus nalgas sonrientes,
tu entrepierna de helechos empapados,
por la curva feroz de tu cintura,
por tus pechos de vid inacabable,
mientras lentas se abren las rosas del océano.

¿No eres acaso hija de la niebla,
no estás hecha de lluvia en soledad
sobre los prados verdes que derrotan
en los negros guijarros de la playa
donde restos de botes destrozados
sumisos al embate de las olas
muestran su pedrería de moluscos y algas?

Ninfa rubia de los acantilados,
misterio de esmeraldas sonrientes,
dame tus pies menudos y tu boca,
déjame derramarme hasta el delirio
mientras crepita el fuego en el hogar
en tu vientre desnudo, bésame
mientras la fusta del placer me azota
con relámpagos mudos de lujuria,

concédeme la gracia de tus besos
mientras el viento aúlla en los brezales,
mientras los ruiseñores enmudecen,
mientras el mundo arde sin mesura,
hija de Irlanda lluviosa y agreste;
concédele la gracia de tus besos
a este hijo del sur enamorado
mientras allá en la playa solitaria,
crepitantes de sal y de tiniebla
se consumen las rosas del océano.


Galway, agosto de 2007

sábado, 28 de noviembre de 2009

TAN LEJOS DE TODO



In memoriam Brendan Behan




Crepúsculos de sangre y plata huidiza, lentos fuegos
bosques de violines encendidos,
venas llenas de niebla, alguien que canta
una vieja canción de amor
en gaélico, marineros muertos
en una noche de olas y relámpagos
y mujeres que esperan
en oscuras escolleras
donde rompe el Atlántico
con la piedad meticulosa
de los hijos de puta. Suenan flautas,
guitarras, un bodhrán.
Los hijos de Inismór
comparten los primeros
tragos de whisky, afuera
la lluvia tabalea
en su secreto idioma de húmedas soledades
por callejas de piedra.
El fuego de la chimenea
arranca oro del oro líquido de mi vaso.
Una camarera me sonríe.
Estoy tan lejos de casa
que nunca me he sentido más en casa
que aquí, entre estas gentes
rudas, parsimoniosas, amables
y capaces también
de ataques de furia tan sinceros
como los del Atlántico.
Es el confín occidental de Europa,
el confín de mí mismo, un viaje
que debí emprender hace
mucho tiempo. Las Islas Aran.
Aquí es donde un hombre
toma la medida de su soledad,
cara al viento que azota el rostro
en un estallido, una miríada
de rocío salvaje, de espuma marina
traída por un aire
como no he vuelto a sentir
en mi vida, afilado,
puro como un cuchillo, reluciente
como escamas de salmón fresco.
El viento canta en los brezales y turberas.
La costa de Connemara
ribeteada de colinas verdes
se pierde entre la bruma.
Aquí
un hombre se halla al filo
de sí mismo, al borde
de todos sus acantilados
interiores. Muy lejos
del omnipresente sol
de la memez
que impera en el país de catetos crispados
del que provengo
y en cuya lengua escribo
sobre la vieja madera oscura
de esta mesa, acompañado
por las miradas curiosas
de los lugareños
y la sonrisa rubia de las camareras.

Podría ser feliz aquí,
como un marino errante.
No soy dado a nostalgias de ningún sur lejano
y siempre me he sentido como en casa
dentro de mi piel, con un
whisky al alcance de la mano, sin familia,
con la madera crepitante en la chimenea cercana
como una tumultuosa flor de fuego
en mi corazón, ya más cansado que perplejo.

Hace mucho que perdí
-como perdí la juventud-
a quien pudo ser el amor de mi vida.
Mis pasos me han llevado
mucho más lejos de lo que pensé.
Mucho más allá
de las lágrimas.
Recuerdos entrañables
volando como chispas, como humo
por el cañón de la chimenea,
y afuera sopla un viento que se lo lleva todo
en un turbión de niebla y lluvia amarga.

El gaélico suena tan dulce y cadencioso
como una flauta perdida
en la espesura, hay
aplausos
cuando el cantante de mediana edad
que sostiene una jarra de stout
en la mano
da las gracias entre aplausos y se sienta
en la barra. Why don´t you join
us?,

me preguntan desde una mesa
cercana.

Está cayendo la noche sobre la isla,
hay unos ojos verdes como un bosque de Kerry
que me miran sonrientes, plácidos,
puros como esmeraldas,
y de pronto me invade la emoción
nítida como una ola en una noche de relámpagos
y océanos tormentosos
del hombre al que le ofrecen, solitario en un rincón
de pub,
la pura lumbre de la compañía humana
hombres que saben
lo que es estar lejos de su tierra,
en la amargura del exilio o la persecución
o el hambre que fuerza a buscar
nuevos, remotos horizontes.

Todos mis exilios son más bien interiores.
Pero sonrío, me levanto,
me uno a ellos, pido
una ronda para todos
y brindo a la salud
de los recios hijos de Irlanda
con una rosa de fuego en el corazón,
con una rosa de hielo en el corazón,
con una rosa de lágrimas
en el corazón.


Islas Aran, agosto de 2007
NOTAS A PIE DE PÁGINA



The basic fact about human existence is not that it is a tragedy,
but that it is a bore.

-HENRY MENCKEN-




He
dejado el trago duro
como se deja a una amante conflictiva
con la que cada orgasmo -y fueron muchos, y brutales-
era la antesala del infierno.
Ya no profano los neones idiotas de la noche
con sonetos a lo Baudelaire;
no me gusta lo que muestran los espejos
de los tigres
(en los que Borges no podía verse)
ni me atrae ya la dialéctica de las zorras con minifalda
a las que perseguía con la devoción
del que persigue a sus musas.
Qué novedad:
me estoy haciendo viejo.
Pero he cambiado el whisky por un búnker con grietas
por donde se me cuela la guardia civil, la realidad
con su tufo a juzgados, a dinero,
carnets de conducir, parientes gilipollas,
catetos que me señalan por la calle
diciendo
ahí va el Escritor, el Poeta,
como si esto de cagarse en Dios en cuatro idiomas
(mas uno que me invento sobre la marcha)
fuese un acontecimiento.

Mientras tanto,
ellos siguen recogiendo verdura en sus parcelas.
vendiendo muebles, revistas, cerveza, ladrillos, pintura,
accesorios, camisas a rayas, ideología barata,
bisutería,
follándose a una puta cada sábado en el pueblo de al lado
y desollando vivos a todos los vecinos
a sus espaldas.

C´est la vie.

Pero no hay libros de Cioran en la biblioteca.
Y es un hecho que añoro la vorágine,
que me la chupen a dúo en un hotel de Madrid,
los caminos rurales de las Alpujarras,
el fuego en la chimenea donde asábamos carne
y freíamos huevos y patatas a las
seis de la mañana mientras el vino
circulaba
como circula la sangre de la buena amistad,
Juanjo, Santiago, Christian, Francisco Blanco, toda
la rueda humana
que gira en mi memoria negra de bombardeos.
Nunca estuvimos tan vivos como entonces,
y a veces me pregunto
-pues no tengo constancia-
a qué casas de putas los habrán llevado sus pasos,
qué hipotecas, qué hijos, qué mujeres, qué sueños rotos
-y sospecho que son muchos-
los afligen.

Yo hace ya mucho tiempo
que decidí ser huérfano de hijos
en mi vejez, que decidí
no sacarme el carnet de conducir
ni volver a trabajar en hostelería
ni en nada que no fuese este campo de niebla
tan gratamente mío que es la literatura.
Veremos a dónde me lleva
este oficio de vagos perdularios y antisociales,
que decía mi abuela
y algún que otro fascista escribidor de discursos.
De momento, soy el referente literario
de mis perros,
la mancha humana de una familia
que nunca tuvo huevos de dormir bajo las estrellas
más que nada por una cuestión
de incomodidad. La calle
no es lo suyo. La calle
es para lucir modelitos
y coche nuevo, probidad social,
novios para las niñas
y la fachada de la casa.
Sobre todo la fachada de la casa.
Estos son los chupapollas que lo sancionan todo,
como cretinos de pueblo,
pero con estudios.

Ah, los estudios.

Mi hermana licenciada en sociología
teniendo que buscarse la vida como camarera.
Mi amigo Christian,
licenciado en Derecho,
trabajando a los cuarenta años como chico de los recados
para una caja de ahorros.
Dani Fernández,
licenciado en Arquitectura,
pelando cebollas en la cocina de un restaurante
de Palma de Mallorca.
Carolina, la dulce Carolina,
licenciada en Informática y capaz
de reventar la base de datos
del Banco Central Europeo,
pariendo hijos, bebiendo ginebra
a escondidas
y estrellada contra las paredes
de su casa
por un cabrón ex miembro del Opus Dei.
Y yo vigilado por la policía agropecuaria
del lugar donde resido:
igual se creen que soy traficante de drogas
porque trabajo desde casa
y tenemos Canal Plus.

Qué bonito.

Menos mal que, aunque en invierno
me duelan las rodillas,
aunque todo sea tedio fuera de estas paredes
y eche de menos los bosques de Irlanda,
las tabernas de Galway y Dublín
y el Pirineo navarro,
las noches de Madrid y de Sevilla
y hasta la Muy Excelentísima y Soplapollesca Universidad
de Granada,
me sobra material para escribir
y el azar aún no lo ha abolido todo
con un golpe de dados.

viernes, 27 de noviembre de 2009

TALBOT STREET





A qué puerto he venido a dar con mis huesos;
esta niebla solemne como un sacerdote
levantando un copón de plata repujada
en calles de tranvías y rostros esquinados,
con la llovizna lenta como el violín tañido
por el músico de boina de negra de la esquina,
insistente, insistente como el viento
y las sirenas distantes de los ferries.

Dublín. Estoy solo como una jarra de stout
sobre la barra del pub
en honor del amigo ausente
al que se dio sepultura hace dos días.
Frente al Café Kylemore
la estatua de James Joyce, criando moho
como sus obras en las bibliotecas.
Dicen que aquí el verano es corto
como las entendederas de un campesino
del condado de Kerry.
Pero qué sabrán ellos.
Voy a tocar la guitarra en esa esquina
mientras las multitudes se apresuran,
sin esperar piedad.
Y ojalá que el sol brille en mis monedas.